Anoche salí para acudir a una cena. Ebullición de fin de semana. Eso me animó: la gente todavía se lanza a la calle para olvidar el tenebroso mondongo. Trinqué un taxi de modalidad matrimonio unido por la jungla de asfalto. El conductor iba acompañado por su mujer, no pude deducir su edad aproximada. Les di la dirección. No me hablaron. Tampoco intercambiaron palabras entre ellos. ¿Qué vida llevarían? A lo mejor ella le decía de vez en cuando: “Esta noche salgo contigo que me apetece ver lucecitas y gente.”, y luego mutaban en un Taxi Driver de versión doméstica de mesa camilla. Lo ignoro. Él, cada quince segundos, presionaba su labio inferior contra la dentadura, como si quisiese despojarse de un resto de carne mediante ese efecto ventosa. Su ejercicio fructificaba en un chirrido asqueroso que empezó a castigarme. Sentí brotes violentos y me apeteció arrearle una colleja para ver si cesaba su grimoso ruidito de pulpa picada. Me contuve. Reconcentrado, me dediqué a observar la acera para olvidar esa paranoia. Y entonces controlé una pierna apoteósica, perfecta, emergiendo refulgente de una falda larga con abertura lateral. Seguí la pierna con la mirada hasta desembocar en una faz terriblemente atractiva de ojos almendrados de lujo asiático y en una melena lacia negra como mis pulmones. Uf. Cuando llegué a la cena no pude seguir las conversaciones. Sólo pensaba en esa pierna, en esos ojos. Me largué cuando los postres. Recorrí garitos, fumé, bebí, hice el bobo, me tiré al rollo, charlé con unos y con otros. Necesitaba encontrar esa pierna, ese cuerpo, esa mujer. Regresé a casa derrotado a las tantas. Menos mal que, al día siguiente, con la resaca, uno olvida estos enamoramientos repentinos y frustrantes. Cherchez la femme.

