Las Provincias
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Fecha: abril, 2015
¿Urbanismo salvaje?
Víctor Soriano 23-04-2015 | 3:38 | 0

Carolina Punset es una maestra en lugares comunes. Claro, que poco le ha costado averiguarlo al genial Ramón Palomar, que la «retrataba» el otro día en Las Provincias a costa del urbanismo salvaje. ¿Quién está en contra de tal abominación?, pregunta Palomar, esperando un sepulcral silencio por respuesta. Eso ocurre con los lugares comunes, que nadie se atreve a abandonarlos.

Dicen urbanismo salvaje, y no es culpa de Ramón y ni siquiera de Carolina; pero no hablarían de medicina salvaje, de derecho salvaje o de física cuántica salvaje. Los urbanistas nos lo hemos ganado a pulso, supongo. Hemos dejado que otros (políticos, promotores, funcionarios) pervirtieran nuestra disciplina. Tenemos la fama, pero no cardamos la lana. Salvaje no es el urbanismo, sino la urbanización. Y si lo ha sido, es porque no se ha dejado al urbanismo ser urbanismo. Los urbanistas ordenamos el territorio con criterios científicos, de sostenibilidad… los planes del salvajismo no eran urbanismo. Pero sobre eso he (y se ha) escrito mucho ya.

Pero más allá de la confusión terminológica, decía Ramón, muy acertadamente, que qué envidia poder escuchar el mar en Altea. Desde un chalet, claro. Con jardín y piscina. Eso es blando, es ‘soft’, no puede ser salvaje. Al contrario. A Carolina no le gustan los apartamentos de cuarta línea ni los pueblos llenos de «chancleteros estrepitosos», que dice Ramón. Y eso es que tiene buen gusto, a mí tampoco me gustan. Ni a nadie, supongo.

¿Pero de verdad que Altea es lo ‘soft’ y Benidorm o Cullera lo salvaje? ¡Al contrario! Benidorm es mucho más sostenible que Altea, sí. Más ecológico, también. Mientras que en Benidorm se ha minimizado el consumo de suelo y se ha levantado una ciudad de alta densidad, con mezcla de usos y donde es viable ir a pie; en Altea se ha recurrido a la urbanización desmedida, al ‘sprawl’ o ‘étalement’ (desparramamiento urbano, en castellano), a la dependencia exclusiva del coche, al consumo masivo de agua…

Que sí, que a todos nos gusta más Altea, pero si Carolina quiere más ser sostenible, debería leer los libros de su padre en un balcón de Benidorm y no en un jardín de Altea. Y ya de paso, no culpar al urbanismo de salvajista y al mismo tiempo presentar un Plan General del pueblo del que es concejal ¡de Urbanismo! en el que se sigue consumiendo suelo para urbanización residencial de baja densidad. Por coherencia con los lugares comunes.

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Los colores de la huerta y las miradas miopes
Víctor Soriano 19-04-2015 | 4:07 | 0

La huerta, cuestión cíclicamente debatida en nuestra ciudad, suscita pasiones encontradas. No por la recurrencia de las discusiones hemos avanzado en el entendimiento social y político sobre la otrora omnipresente y hoy decaída pieza principal de nuestro territorio. Yo mismo me siento, cuando hablo de la necesidad inminente de la preservación -nótese que no digo protección- de la huerta, una de nuestras señas de identidad, que ahora están tan de actualidad, como un extraño animal desubicado en este ecosistema de discursos políticos, que no profesionales ni académicos, que abordan la cuestión denotando una miopía digna del mismísimo Rompetechos de Francisco Ibáñez.

Muchas voces preconizan la caducidad de las ideologías, que no hay rojos y azules. Y tengo la sensación de que, con la huerta, sea más acertado hablar de otra contraposición no menos radical y sin visos de entendimiento: la de verdes y grises. Por una parte está el gris del hormigón, que igual combina con el azul del popular Alfonso Novo que con el rojo de Miguel Chavarría -el alcalde socialista de Alboraya-. Muchas veces es el color de la indiferencia por la huerta, de la especulación, de la urbanización salvaje en búsqueda de ingresos con los que financiar promesas electorales… y otras simplemente es la postura que surge de la tradicionalísima lógica de pensar justo lo contrario que el adversario político. Al otro lado, el verde, sea de la chufa o de la lechuga. Más amigable y sin duda más proteccionista, pero no siempre más preservacionista. El verde, que habla de soberanía alimentaria e incluso -como he visto esta semana en un evento sobre la huerta- de «lucha campesina» (me pregunto en qué siglo vivirán), pero que entiende la huerta como un jardín. Un verde que, normalmente, combina sólo con el rojo y que contribuye, además, a alejar a los que no se sienten cómodos vestidos de rojo de la defensa de la huerta y que, como el gris, no es nada realista.

Pero que nadie se equivoque, el color de la preservación racional de la huerta no es el gris ni el verde, ni el rojo ni el azul. Es el marrón de la tierra que trabajan los agricultores, sin los cuales no existiría el paisaje cultural de inmenso valor que es la huerta, sino sólo tierra baldía. Como decía, no basta con proteger la huerta porque no es un espacio natural ni un jardín, sino que hay que dinamizarla para garantizar una rentabilidad agraria y ¡terciaria! (con usos alternativos compatibles con los tradicionales) que haga viable su existencia a largo plazo. Y en este punto es donde se debe exigir la confluencia de rojos y azules, que poniéndose el traje marrón, puedan hacer cambiar de opinión a sus compañeros de filas anclados en el peligroso gris y el irreal verde.

El más dispuesto a lucir el marrón de la preservación, y desde estas líneas le felicito por ello, es el candidato popular a la alcaldía de Almàssera, Emilio Belencoso, que no duda en debatir sobre la huerta sin el tradicional miedo de la derecha a ponerlo sobre la mesa. Sin duda, su postura más que acertada y convencida del valor del paisaje cultural de la huerta y de la importancia de los agricultores le da la facilidad de hablar sin cortapisas de protección y dinamización en un municipio en que todo su suelo no urbanizable está protegido y cuya huerta está catalogada en el máximo nivel de protección, algo que sólo se repite en Alboraya, cuya clase política -con la salvedad de Àngels Belloch (Compromís) y Mamen Peris (Ciudadanos)- merece muchos más reproches que elogios, en su convencimiento de arrasar con la huerta protegida con un plan general que, por cierto, la Generalitat, comandada por otro elogiable marrón, Juan Giner -que podría ser concejal de urbanismo de Valencia en la próxima legislatura-, nunca aprobaría por ser contrario a la ley y a la Estrategia Territorial autonómica.

Pero más allá de nombres y de colores, urge debatir -y para ello las elecciones de mayo son una buena excusa- con serenidad y sin radicalismos del futuro de la huerta, que es el futuro de nuestra ciudad y nuestro territorio, y que está comprometido si no tomamos decisiones con determinación (el 64% de la huerta de Valencia ha desaparecido desde 1956). Hay que aprovechar el tirón de este año tan electoral, en el que la huerta ha reconquistado sorprendentemente páginas en los periódicos, para conseguir compromisos necesarios para no condenar un valor excepcional para Valencia como es tener al final de cada calle lo que, en la inminente Expo de Milán, se va a presentar como un objetivo irrenunciable -pero lejano- de sostenibilidad, que nosotros ya disfrutamos y no valoramos.

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Un 'AVE' flamenco que no llega al Mediterráneo
Víctor Soriano 06-04-2015 | 9:17 | 1

La crisis económica ha hecho que los españoles despierten de muchos sueños colectivos reconvertidos en pesadillas: desde las expos fantasmas a los mamotretos de arquitectos de relumbrón, en dos décadas de vacas gordas en un país embebido en una ola de urbanización sin límites y pingües beneficios para la hacienda pública que habían convertido a España en una suerte de escaparate del despilfarro que –hay que reconocerlo- impresionaba constantemente al mundo por sus obras mastodónticas y sus cifras megalomaníacas. Al despertar nos hemos encontrado lo más variopinto; complejos circenses sin artistas, pistas de esquí sin nieve, un puñado de aeropuertos sin viajeros, autovías sin automovilistas y unas cuantas decenas de miles de kilómetros cuadrados de calles sin edificios… Pero del más caro de todos los sueños no hemos despertado: la alta velocidad ferroviaria sigue siendo uno de los pocos lugares de encuentro de la política y la sociedad española, en la que parece que todo el mundo esté de acuerdo. El AVE es casi algo patrio, folclórico, identitario… incriticable.

Veinticinco años y cuarenta mil millones de euros después (el doble que el rescate a Bankia) de la primera traviesa colocada por Felipe González, España es el segundo país del mundo con más kilómetros de líneas de alta velocidad, tras China, a pesar de estar treinta puestos por debajo del gigante asiático en población y nada menos que cincuenta en superficie. La famosa ardilla española podría hoy –casi- cruzar España de poste en poste de la catenaria del AVE, eso sí, pasando siempre por Madrid. Y las inversiones continúan en –casi- todas partes, el año próximo ciudades de la talla de Palencia y Zamora podrán añadirse a la selecta lista de urbes mundiales con estación de alta velocidad, en la que hasta hace un par de lustros aparecían solo Tokio, París y poco más. Nadie está dispuesto a renunciar al AVE, que se nos ha machacado que es sinónimo de progreso, a pesar de que la demanda real no justifique unas inversiones milmillonarias que quedarán infrautilizadas, o a pesar de que para muchas de las líneas propuestas haya alternativas de transporte más eficientes –e incluso más rápidas-, que ya existen, y que en vez de costar dinero podrían dar beneficios al erario público. Incluso a pesar de que, como se ha comprobado, el AVE supone para las ciudades pequeñas un efecto de satelización, volviéndolas más dependientes de las grandes metrópolis.

Por mucho que digan los números de Adif, la demanda de transporte no se puede inducir; o existe o no existe, y construir una línea de alta velocidad no va a convertir  Palencia en un polo científico ni Cáceres en un centro industrial. Al contrario, si las inmensas cantidades de dinero que se han despilfarrado en el AVE ‘a todas partes’ se hubiesen focalizado en incentivar el desarrollo, las pequeñas ciudades no tendrían un AVE que las convierte en periferia de Madrid, pero sí un motivo para viajar hasta ellas. Pero claro, eso no se vende tan fácil. Hace unos meses propuse en Twitter suspender las obras del AVE a Asturias e invertir ese dinero en una extensión del CNIO (el centro español líder mundial en investigaciones del cáncer) en Gijón; es decir, quitarles en AVE, pero darles una opción de progreso que, quién sabe, haría que en el futuro el tren tuviese demanda. Huelga decir que aún me pitan los oídos y no de los halagos…

No importa si es problema de planificación –no quiero ser malpensado, pero el hecho de que quienes redacten los planes de infraestructuras sean los mismos que redactan los proyectos de obra inspira desconfianza- o de política de transportes, porque lo innegable es que el desarrollo de la alta velocidad es un problema que nadie se atreve a solventar. En este lado de los Pirineos nos hemos hecho demasiado habituales de invertir la toma de decisiones en el urbanismo o en las infraestructuras; en vez de diagnosticar necesidades y aportar soluciones, lo que queremos es justificar las decisiones que sí o sí deben ejecutarse, y claro, está, eso sale caro.

El AVE a ‘todas las capitales de provincia’ –aún recuerdo los carteles que exigían en Teruel que la línea Madrid-Valencia parase a palmo y medio del torico– que se repetía machaconamente en tiempos de Aznar primero y de Zapatero después está en marcha, materializando una visión radial e irreal de España, que no sólo lo convierte en un caro juguete sin utilidad real, sino que también lo perpetua como una gran oportunidad perdida; porque que de Palencia, Zamora o Cáceres se pueda ir en AVE a Madrid tiene un coste de oportunidad. Si al principio del artículo decía que las inversiones llegan –casi- a todas partes, ese adverbio no es casual. No llegan donde más necesarias son, donde están más que justificadas. Los planificadores del ferrocarril han ignorado, cuando no menospreciado, la geografía, condenando a las regiones más exportadoras y a los puertos más dinámicos a no tener una conexión ferroviaria con el continente europeo.

Los geógrafos de todo el mundo –y aprovecho para reivindicar nuestro papel imprescindible en la planificación del transporte- hace años que hablamos de una ‘banana dorada’ (o arco mediterráneo) como una de las megalópolis mundiales con más potencial. Un espacio geográfico que en España lidera amplísimamente las exportaciones y el tráfico de mercancías. El arco mediterráneo, el eje que desde Venecia y Lyon alcanza el sur de España pasando por Milán, Génova, Marsella, Barcelona o Valencia, vertebrado por un gran corredor ferroviario, encuentra, en su parte española, un desierto de vías condenado al ancho ibérico, encareciendo el transporte y reduciendo la competitividad de las regiones españolas cuyo superávit fiscal sostiene al conjunto del Estado. Pero mientras los coches de la Ford se acumulan en Almussafes, no se preocupe, podrá usted viajar a Palencia en AVE, tardará ¡10 minutos menos! que en el tren convencional y solo pagará el doble.

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Sobre el autor Víctor Soriano
Víctor Soriano i Piqueras es Abogado en una de las principales firmas españolas, urbanista y doctorando en Derecho Administrativo en la Universitat de València. Tras graduarse en Derecho y en Geografía y Medio Ambiente realizó un máster en Derecho Ambiental en la Universidad 'Tor Vergata' de Roma, además de otros estudios de postgrado, y ha publicado el libro "La huerta de Valencia: un paisaje menguante".