Las Provincias
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Fecha: octubre, 2017
Reflexiones de un ginecólogo inquieto…
Antón Millet 10-10-2017 | 12:10 | 0

… o de cómo una aburrida conferencia puede quitarte el sueño.

Los avances tecnológicos de las últimas décadas son sorprendentes y los que afectan a la radiología no son una excepción. En efecto, la  calidad de las imágenes que usamos los médicos mejora sin cesar. Estas mejoras son percibidas como positivas y sólo nos suscitan una duda:  ¿Dónde está el límite?

La semana pasada asistí a una conferencia sobre los avances que se han producido en el diagnóstico de malformaciones cerebrales fetales. El orador estuvo presentando los resultados de un estudio británico que valoraba la precisión de la resonancia magnética (RM) para  diagnosticar malformaciones cerebrales fetales y la comparaba con la de la ecografía. Los autores del estudio postulaban que, dado que la RM es más precisa que la ecografía, deberían realizarse de forma rutinaria. Ni que decir tiene que las resonancias son muchísimo – ¡pero MUCHÍSIMO!- más caras que las ecografías… El orador comentó que la publicación del estudio había generado multitud de críticas: se cuestionaba la adopción de una técnica radiológica tan cara sin una evidencia clara de que mejorase el pronóstico de las pacientes.

La pregunta con la que finalizó la conferencia quedó sin responder… ¿”Ver más” es siempre mejor? La conferencia me generó una inquietante sensación de “déja vu”.

Como sabéis, en el Hospital Clínico me dedico al tratamiento del cáncer de mama y recuerdo que en patología mamaria se planteó hace unos 10 años algo similar a lo que ahora se plantea con las malformaciones cerebrales. Hasta ese momento, nadie había cuestionado que las mamografías eran la técnica de elección en cáncer de mama. En aquella ocasión se demostró que las RM mamarias detectaban más focos tumorales que las mamografías. Aquello convertía a la RM en una técnica “superior” y se propuso que todas las pacientes con cáncer mamario se sometiesen a una RM.

Parece lógico, ¿no? No es tan fácil…

Como las RM mostraban más lesiones – tumores más grandes- que las mamografías, llevaban a realizar cirugías más amplias  –mastectomías-. Por el contrario, en las pacientes estudiadas con mamografías se veían menos focos tumorales y las cirugías eran más conservadoras… Obviamente, surgió un temor ¿Si no realizábamos RM, estábamos dejando focos tumorales sin operar? ¿El pronóstico de las pacientes estudiadas sólo con mamografías sería peor a largo?

La realidad nos sorprendió a todos: ¡El pronóstico a largo plazo de las pacientes era idéntico sin importar si se había hecho o no una RM!

¿Cómo es posible que dejar enfermedad tumoral en la mama no afecte el pronóstico? La solución al misterio no tardó en llegar: las pacientes sometidas a un tratamiento conservador requieren de radioterapia que es capaz de eliminar los focos tumorales que se ven en las RM pero no en las mamografías.

Actualmente muy pocas mujeres con cáncer mamario son estudiadas con RM. Llegar aquí ha costado mucho esfuerzo y dinero.

Ambos ejemplos separados por 10 años suscitan la misma pregunta: ¿debemos adoptar ciegamente los últimos avances tecnológicos o debemos antes demostrar que son beneficiosos? Estoy firmemente convencido de lo segundo.

Pero cuesta mucho esfuerzo.

 Por un lado, la presión de la industria es enorme para que adoptemos los avances sin cuestionarlos – las nuevas tecnologías son siempre más caras-. Por otro lado, la presión legal lleva a los médicos a pedir todo tipo de pruebas de imagen para evitar denuncias. Finalmente, demostrar los beneficios a largo plazo en una población es difícil y costoso.

¿Por qué escribo estas líneas dirigiéndome a un público no médico?

Todos estamos sometidos a este tipo de dilemas en nuestro día a día cotidiano: ¿La compra del “último grito” en telefonía mejora  nuestra calidad de vida? ¿Y un coche más potente? ¿otra casa? La lista es interminable…

Supongo que esperáis de mí una moraleja para aplicar a vuestra vida. Siento decepcionaros. Mi conclusión no  tiene porqué ser universal: lo que me aporta valor a mí quizás a vosotros os resulte insípido… pero me permito aconsejaros algo.

Deberías analizar fríamente tus decisiones de consumo. Y hacerte una pregunta: a la luz de tus prioridades y valores… ¿te aportan valor?  De este necesario análisis -libre pero muy difícil- nacerán las decisiones que nos contribuirán a nuestra felicidad.

La medicina nos da claros ejemplos de que “el último grito” no siempre es la mejor decisión.

Antón Millet

 

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Sobre el autor Antón Millet
Especialista en Obstetricia y Ginecología desde el año 2000. Trabaja en Hospital Clínico de Valencia desde 2002. Forma parte de la Unidad de Patología Mamaria del Hospital Clínico de Valencia. Es director y ginecólogo en Clínica Millet - Clínica de la mujer, una clínica de salud para mujeres que integra el trabajo de varios especialistas: ginecólogos, pediatras, endocrinólogos, médicos estéticos, deportivos y psicólogos. EN ESTE BLOG DE SALUD TAMBIÉN PARTICIPAN: Maria José Pau, matrona. Ester Furnieles, matrona. María Calpe, psicóloga.