El movimiento inmóvil

 

Hoy se cumple un año del movimiento 15-M. Un año después siguen igual de indignados. No es de extrañar. Las cosas sólo han cambiado para ir a peor. Pero la gente ya no se calla. No se queda en casa. Toma la calle. Y acampa.

La imagen de Sol del sábado era emocionante. A rebosar, un año después. Al final fueron desalojados, sí. A las cinco de la madrugada. Cuando nadie miraba y la gente de bien dormía. Pero se ganó un pulso. Imperó el sentido común. No nos echáis, nos vamos, parecía decir aquella multitud de 40.000 personas gritando quedamente su disconformidad. Hasta que les invitaron a irse, aquellos indignados no movieron un músculo. Tampoco ahora, en sentido figurado. Son el movimiento inmóvil.

 

Como le dijo el escritor Robert Fornes en Facebook, “las manifestaciones no pueden ser un mensaje en sí mismas. Envían un mensaje claro: no transigimos más. Pero a partir de ahí hay que construir alternativas”. Y es cierto. La gente se cansa de ir a las asambleas, de enfadarse, de debatir sobre el rescate de los bancos, de la corrupción. Quizá por ello, a pesar de su vehemencia, energía, ingenuidad, estén perdiendo fuelle. La asamblea del domingo de la plaza del ayuntamiento fue desoladora. No más de 250 personas a las 18:30h. El centro, por supuesto, colapsado de miles de valencianos que querían ver la procesión de la Patrona. Valencia es así.

Recuerda vívidamente cómo le impactó una de las pancartas del año pasado sobre el resto: “No estás soñando. Esto es Valencia”. Pero el sueño lúcido se ha desvanecido. El movimiento del 15-M, todo un gran contenedor ideológico, no ha sabido pasar de la indignación a la acción. Han fomentado el diálogo, de acuerdo, las asambleas, han conseguido sacar a la gente de sus casas sin que haya ninguna victoria futbolística que celebrar, recuperar la ilusión y, de paso, las plazas como foros de discusión, como la antigua ágora romana. Han conseguido paralizar desahucios, han impulsado una iniciativa legislativa popular. Ya nadie niega que la dación en pago es justa. ¿Para qué continuar, una vez hundida la vida, pagando por una casa que no se tiene? En el germen del 15-M estaba crear un mundo más justo, más transparente, cambiar el sistema. Pero lamentablemente, como pudo comprobar Winston Smith en 1984, la mejor manera de luchar el sistema es hacerlo desde dentro. Ganar las instituciones a través de las urnas es el único modo. Les guste o no. Los políticos les han cogido la medida. Ya se asustaron una vez y esto no es Islandia. Decía Joichi Ito que un día las voces serán más importantes que los votos. Mientras ese momento llega, no le quedará otra que ser electores o elegibles. Y aunque coincide con otro gran claim indignado: “Si hacer el amor cada cuatro años no es tener vida sexual, votar cada cuatro tampoco es democracia”, es lo que hay. En su mano está mover el culo y cambiarlo.

Hubo un accidente, se perdieron las postales


A veces el pasado acaba dándole caza. De un modo u otro. Las redes sociales son un buen caldo de cultivo para toda serie de fantasmas. El narcisismo o, directamente, el impúdico exhibicionismo del que ella hace gala tienen ventajas. A veces no tantas. Son el cordón umbilical con el viejo conocido, la salida de emergencia de lo real, el talón de Aquiles del olvido.

Entre las ventajas: la comunicación, la creación, la generosidad, la búsqueda.  Gracias a ellas, el pasado –que se ha tomado su tiempo en regresar- ha alcanzado a Scott McMurry, un anciano de 71 años, quien ha recibido una postal 54 años después. De su madre. ¿Se imaginan algo así?

 Siempre encontró algo de literario en la pérdida del correo como refleja Sabina en Ruido: “Hubo un accidente, se perdieron las postales…”. Algo de trágico en no tener toda la información que pudo cambiar una vida, un destino.  Las noticias que, como periodista, le enamoran suelen ser cartas perdidas en el transcurso de alguna guerra lejana que, décadas después, llegan a su destinataria. Por defecto, siempre da por sentado que hablan de algo trascendente. Probablemente fueran tontunas. Y aquella anciana se equivocó en guardar ausencias. O tal vez no.

Es lo que tienen las historias incloncusas. Que jamás acaban. Por eso estas historias de lo que pudo haber sido siempre le arañan el corazón. Y le parece de una maldad insuperable actitudes como la de un cartero de Madrid que, unas Navidades, decidió arrojar a un vertedero 7.100 cartas por diversión. En cada una de ellas, viajaba una historia. Una pregunta. Una esperanza.

Hay noticias que encierran en sí mismas una lírica impresionante. La vida mina el camino con bombas temporizadas. Le aterra que una simple nota, unas palabras, pueden obligar a acceder a una vía muerta, tapiada que, tal vez, ya no se desee recorrer. La postal, que mostraba el acuario Shedd de Chicago, fue enviada en 1948 a una localidad de Georgia. Por causas que se desconocen llegó cinco décadas más tarde a Florida. Alguien le hizo una foto y la subió al Facebook. Su receptor, aún vivo, se había mudado a Virginia. Aun así, la llamada funcionó.

Después de un periplo de 3.229 kilómetros la postal llegó a las manos de su destinatario. 54 años después. Eso sí que es un viaje en el tiempo. A veces, no puede evitar pensar que vive atrapada en un episodio de Fringe. Y en la dimensión equivocada.

El tiempo del asombro



Hay algunos días, pocos, por eso son tan buenos que son para enmarcar. Como un buen cuadro. Aunque sea el de Munch. Le ocurrió el viernes pasado cuando fue al CEU a que los alumnos de Periodismo la entrevistaran con motivo de su tercer libro. Por la tarde, firmaba en la Fira. Todo fue maravilloso desde el comienzo, regresar al lugar donde se había formado, los abrazos con los profesores a quienes no veía desde hacía 15 años. Quiso la casualidad que Toni Segarra, el Dios de la Publicidad actual, autor de slogans épicos de la historia de la Publicidad española como “¿Te gusta conducir?” o “Donde caben dos, caben tres”, recibiera un homenaje y diera una charla en el Aula Magna.

 

Por supuesto que se quedó. Fue catártico. Una lección de vida, de humildad pero, sobre todo, de amor a la profesión. En estos tiempos en los que todo se derrumba y el mundo se acaba, de contradicción, recortes e injusticias, un atisbo de esperanza es el mejor de los regalos. Un tiempo de contradicciones cuyo máximo exponente es “El grito”. La alegoría por antonomasia de la desesperación humana ha alcanzado el precio más elevado que se haya pagado jamás por un cuadro en una subasta: 120 millones de dólares. A pesar de ser uno de los cuatro ensayos antes del grito definitivo. Ya ven. La condición humana. Saca partido y negocia con el horror. Con el vacío existencial.

Jamás se planteó qué motivó a Edvard Munch a retratar ese desasosiego inquietante, aterrador. Ella siempre pensó que se asomaba a su propio interior. Pero no. Aquellos cielos existieron en realidad. El estruendo de la erupción del Krakatoa –entre las islas de Java y Sumatra- se escuchó a miles de kilómetros. Sus cenizas llegaron a los 80 kilómetros de altura. Al menos durante los tres años posteriores a la tragedia de 1883, las crónicas describen crepúsculos sangrientos por el reflejo de la luz en las partículas en suspensión. Un efecto mariposa en toda regla. Estalla un volcán a 10.000 kilómetros de Oslo y esas cenizas son plasmadas en un cuadro que, 129 años después, pondrá cara a la crisis más atroz del siglo XXI. Una crisis que comenzó en Wall Street y que, aquí, años más tarde, impide que millones de personas tengan un motivo para levantarse. Cada mañana.

Y a pesar de todo, va Toni Segarra de *S,C,P,F… y dice que es un tiempo maravilloso. Para los retos, para conseguir cosas, para cambiar el mundo. El tiempo del orgullo, del consumo como decisión ideológica, el tiempo de los jóvenes, de la mujer, de la generosidad, de compartir, de la poesía, del largo plazo.


 
El tiempo del asombro. El tiempo de hacer. Y pone ejemplos. Pequeñas obras de arte. Que le erizan la piel. Y sale de allí como quien sale de un coaching. Feliz. Pensando en todas las grandes cosas que, como vendedora, le quedan por hacer.
 

 

Crash Therapy

 

Salía el otro día de la tele de donde trabaja en uno de esos días para olvidar cuando, de repente, se paró en seco frente a unos folletos publicitarios. No pudo evitar que los ojos se le fueran hacia el nombre del negocio Crash Therapy. Eso sí que es un naming, pensó. Y ella que en ocasiones ve reportajes, se guardó un folleto de inmediato. Es periodista, no lo puede evitar. No sabe hacer otra cosa. A pesar de cómo está la cosita, que desde 2008 cuatro periodistas han perdido su empleo cada día, de la precariedad, de las privatizaciones, de los politicastros que no admiten preguntas, que los medios cierran en cascada como un efecto dominó gigante, inacabable. No lo puede evitar. Ve historias, las busca, las necesita. Y las cuenta. Para compartir. No es generosidad. Es su trabajo. Pero es algo más, es vocación. Un trabajo que no se valora en absoluto. Mal pagado, en la mayoría de los casos. Con horarios imposibles e incómodo para los que tienen miedo. O cosas que ocultar, que viene a ser lo mismo.

Ya no hay dinero para lujos. Sin lectores no hay periódicos. Los índices de lectura rayan los de un país en vías de desarrollo. Pero sin educación, sin una ciudadanía formada, qué nos queda… En eso estaba cuando al sacar las llaves del bolso volvió a ver aquel folleto. Y sonrió, de nuevo. “¿Harto de pagar los platos rotos de otros?” venía a decir aquel texto que parecía leerle la mente. Aquella empresa valenciana ofrecía un sistema antiestrés bizarro: destrozar piezas de una vajilla  placer en una habitación perfectamente acondicionada, casco mediante. De la frustración el folleto, de momento, no dice nada. Con la que está cayendo, 20 euros ya pican pero sale mucho más barato que sacar la recortada. Donde va a parar…

 

Poco que celebrar

 

Hoy es 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores. Un día en el que hay muy poco que celebrar. Un buen día para que, quien aún lo conserve, salga a la calle para salvaguardarlo como un tesoro. Y, para quien lo haya perdido, salir igualmente para hacer bien audible su grito de frustración y de sus ganas de trabajar aquí. O en Laponia. Pero preferiblemente aquí. Porque es aquí donde se ha invertido en su formación. Pero fundamentalmente porque trabajar es un derecho amparado por la Constitución. Como lo es el derecho a una vivienda digna. Y no sigue que se le enciende el pelo. España ya supera, reforma laboral de Rajoy mediante, los 5’6 millones de parados. Y subiendo. Ya nadie se escandaliza de que antes de acabar el año se llegue a los 6. Es lo que hay.  

Y para salir de la crisis, toca adoptar medidas excepcionales: 10.000 millones de recortes en Sanidad y Educación, la privatización de facto de la Sanidad, el copago de los medicamentos –si antes un anciano no los pagaba y ahora paga el 10% eso, amigos,  es copago; si un enfermo ha de cofinanciar una prótesis, es copago- el aumento de tasas universitarias –dificultando el acceso a la educación y la igualdad de oportunidades- aumentando el ratio de los alumnos por aula -que propiciará la destrucción de empleo y la masificación de las aulas- por no hablar de que los mayores de 26 años que no trabajen tendrán que declararse insolventes para tener prestación sanitaria. En un país con la mayor tasa de paro juvenil de Europa donde, de paso, se cercena la inversión en investigación. Sin I+D+I un país no avanza, no sale adelante. Y obliga a sus jóvenes a emigrar. A Laponia.

El presidente tranquilo, con su cara perpetua de sorpresa, mantiene comparecencia tras comparecencia, que los cambios no le gustan. Que no le queda más remedio. Como si este desmantelamiento del Estado del bienestar fuera una herencia inexorable de los socialistas, que también tienen su cuajo. Que no hay otra opción. Pero sí la hay.
 

 

Como si su digo Diego de la subida del IVA, o la subida del IRPF fueran algo obligado para obtener la anuencia de Merkel. Y ve, pasmado, como a pesar de todo, de asfixiar a los ciudadanos, de estrangular el consumo, los mercados continúan especulando, la prima de riesgo no se relaja y Standard and Poor’s nos rebaja la calificación. De nuevo. Decía Soraya que si fuera socialista, le daría vergüenza salir a la calle. Que han dejado España hecha unos zorros. Cierto. Sus compañeros de partido llevan 16 años gobernando la Comunitat. Y estamos a un milímetro de ser la primera autonomía en ser intervenida. Algunas medidas, dicen, serán reversibles. Otras, son todo un hito sin precedentes en la democracia española. Feliz día del trabajador.
 

El encanto analógico de la fira

 

Ayer comenzó la Fira del Llibre de Valencia. Intuye que va a ser una feria especial. No sabe por qué. Se le hace raro acudir a una feria como autora a la que siempre ha acudido como claca de alguien. Algún amigo o compañero que firmaba, sentada en primera fila en alguna presentación. O simplemente, de paisana, a pasear entre las casetas, disfrutar del sol y de los libros. Pasear entre unas casetas, los fines de semana, a rebosar, es todo un ritual: detenerse, hojear los libros. Dudar, elegir y volver a dudar para finalmente llevarse los dos. O tres. Como mínimo. Tropezarse con los conocidos de siempre, reconocerse, sonreír, y dejarse llevar por la multitud encogiéndose de hombros. Y leerse la mente. “¿Todo bien? Disculpa que no me detenga. La gente, ya sabes. Me alegro de verte”. Todos saben que se reencontrarán unos metros más allá. La Fira es así. Es ocio, alegría y amor por libros. 

La lectura fue un regalo que recibió de su hermana en forma de hábito. Siempre en papel. Aun ahora, y buscando información para documentar estas líneas, ha tenido que imprimirla. No puede escribir, crear, tampoco en Publicidad, si no lo hace sobre un papel, si no garabatea. Llámenla nostálgica. Lo es. Pero también analógica. Aunque se ha adentrado en el mundo digital a la fuerza, no es más que otra inmigrante digital, poca ecológica, que necesita doblar las esquinitas de las páginas. Pintarrajearlos si son de pensar y, oh sacrilegio, llevárselos a la playa. Los libros, como las historias que atesoran, son para vivirlos. Cosa que, de momento, no puede hacer con un ebook. No quiere tirarse piedras sobre su propio tejado. En breve, su criatura saldrá en digital. Pero lo de no poder darles mala vida en su bolso lo lleva francamente mal.

Se abre la veda

 

Muchas personas de su entorno se sorprendieron de que el Rey pidiera disculpas.  Su argumento era raquítico: ¿Por qué el máximo exponente, el Jefe del Estado, ha de disculparse cuando nadie en este país de políticos corruptos lo hace? Muy sencillo: Porque reconocer los errores es de primero de Relaciones Públicas. Y la Corona, como cualquier otra organización, ha de ser responsable de sus actos y, sobre todo, de sus consecuencias. Y aún más teniendo en cuenta que un soberano no es un cargo electo. ¿Que el gesto le honra? Puede. Le quita mérito que no le quedara más remedio. La situación estaba tan crispada después de 10 meses, trufados de escándalos y problemas varios que de no haberlo hecho hubiera supuesto un descrédito aún mayor. Habría perdido su gran baza, la tan manida campechanía del Rey.

Muchos consideran un acierto que las disculpas se hicieran a la salida del hospital 12 de Octubre, ante una sola cámara de TVE y un fotógrafo de la agencia EFE. Después, se distribuirían gratuitamente las imágenes entre el resto de medios. Así se evitaría el mal trago ante un ejército de periodistas. Cierto. Pero el hecho de no admitir preguntas, probablemente la que se le hizo estaba pactada, y soltar a bocajarro: “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir” denotaba un nerviosismo claro de aquel que desea controlar el mensaje, como sea.

 

Pero ya puestos a preparar se podía haber elegido un fondo diferente, no el de una pared blanca y el quicio de una puerta, sin conferirle ningún tipo de calidez ni profundidad al plano. ¿Y qué se percibió? Un hombre mayor, que miraba a un punto indeterminado con cara de arrepentimiento, deseoso de volver al trabajo y que salía caminando por su propio pie, a pesar de la seria intervención. “Me he equivocado, sí- transmitía-  pero me valgo por mí mismo y no voy a abdicar”.

Su rostro lleno de brillos y un parpadeo incesante –parpadeó 14 veces en tan sólo unos segundos- demostraba a las claras que no fue un momento sencillo para el Rey. Quizá en circunstancias normales, el viaje a Botsuana hubiera pasado desapercibido. Pero en una crisis virulenta, de recortes drásticos en educación y sanidad, el lujoso safari ha sido la gota que ha colmado el vaso. Una gota intolerable que ha abierto la caja de Pandora acerca de la sucesión o, directamente, la instauración de la República.

 Donde Don Juan Carlos es muy consciente que ni siquiera un rey puede vivir de rentas, de su actitud en el golpe de Estado. En octubre de 2011, el barómetro del CIS suspendía a la Monarquía por primera vez en la historia de España. Mucho antes de la imputación de Urdangarín, del accidente de Froilán, del elefante y de los 15 minutos en los que la Reina se cansó de ser profesional. Definitivamente, el pasado 14 de abril se fracturó mucho más que la cadera del rey.

 

 

El dueño de la herida

 
 

La vida nos pone a prueba. Nos hace sudar. A veces pensamos que las casualidades no existen, que todo ocurre por un motivo determinado. Que perdimos aquel tren por algo, que aquella persona que entró en nuestra vida lo hizo por alguna intrincada razón. No puede ser que el dueño de la herida nos posea ad aeternum sólo por diversión, porque una noche nuestras miradas se encontraron. Pero resulta que sí. Que la vida es mucho más fácil que todo eso. Que las cosas suceden y chimpún.

Ella ya hace tiempo que dejó de creer en las casualidades. Es más llevadero así. Explicarse continuamente las señales a una misma le da tanta pereza como desaprender las certezas.

Como mucho, está la genial ley de Murphy. Y su tostada. Precisamente, se estaba leyendo La ley de Murphy, de Arthur Block, cuando el pan cayó del lado de la mantequilla y su novio de la Facultad la dejó. ‘Todo lo que puede salir mal, saldrá mal’, dice Murphy. Es una máxima que le lejos de tranquilizarla la pone en alerta, en guardia, sobre todo en los épocas de cambio. Por si acaso. Pero vivir asustada es tan cansado…

Vuelve al principio. Basta con tener los ojos abiertos y tener cuidado. Y si se va a hacer el mal, tener en los labios la excusa adecuada. Por si acaso. Que se lo digan a unos ladrones de pacotilla que robaron en la Pobla de Farnals 44 palomos de competición. La Policía les atrapó porque su furgoneta decidió dejar de funcionar en mitad de la Alameda. En plena huida. Que los detuvieran poco tuvo que ver con el destino sino más bien con la torpeza. Si nadie duda que un depósito lleno hubiese solventado la situación, por qué en cuestiones más torturadas la lógica se rebela y continuamos anclados en la promesa, en aquel volveré a por ti…

Una proposición indecente

 

Últimamente LinkedIn parece Meetic. O eso le han contado. La red social para establecer relaciones profesionales con más de 150 millones de usuarios en el mundo ha perdido el norte. Como no podía ser de otra manera en España, aquí en lugar de ser un lugar para conocer gente influyente del sector es un ágora más para tirar los trastos disfrazado de excusa profesional. Empiezan agradeciéndole a una que les hayas aceptado. Después otro correo con el móvil para hablar de un supuesto proyecto futuro en el que colaborar que jamás verá la luz pero que sólo una de las dos partes conoce. Siéndoles sincera les ha de decir que le ha pasado pocas veces. Pero le ha pasado. Tres para ser exacta. El ratio no es muy elevado si tenemos en cuenta que supera ampliamente los 550 contactos. Pero le parece de una sinvergonzonería absoluta. De picaresca de libro. Se ve a una chica mona, a juzgar por el avatar, y con la que está cayendo se la testa, a ver cómo anda de tragaderas. Que la cosa está muy achuchá. Definitivamente, se está planteando cambiar su foto de perfil. Y salir fea.

Que en Twitter y en Facebook pase, que también pasa, bueno pero en LinkedIn, la red laboral más importante para intercambiar oportunidades de empleo, le parece sonrojante. Porque en LinkedIn aparece la bío del alma caritativa, su trayectoria, y hasta el teléfono de su trabajo si le apuran, pero sobre todo, aflora el ego inmenso de hombres de mediana edad con una larga trayectoria trufada de méritos dispuestos a deslumbrar a jovencitas del sector. Cuando lo cuenta entre sus amistades del 2.0 no dan crédito. Jamás les ha pasado. Claro, son hombres. Y rezan a diario para que les suceda algo así.

También es cierto que comenzó en LinkedIn muy cauta. Enviando y aceptando solicitudes de amistad a periodistas y creativos con cuentagotas y brincaba de emoción cuando alguien de Ogilvy, Sra. Rushmore, o un editor de una cadena nacional la aceptaba. Después, con la máxima de que los amigos de los amigos son sus amigos, y por aquello de no herir los sentimientos de nadie, decidió dejar de ser tan exigente. “Total, con la que está cayendo, se dijo, con quien más vea mi currículum mejor”. Lo que ocurre es que, cuanta más gente, se deja de impactar en el target deseado y todo se diluye. Porque, vamos a ver, de qué le sirve a ella tener un CEO –todos son jefazos, ¿se han dado cuenta?- de una empresa de camiones de Ávila. Aun así, duda unas fracciones de segundo y lo acepta. Nunca se sabe qué llave abrirá aquella puerta. Ha resultado tener Diógenes digital.

Porque en las redes sociales sigue habiendo una gran brecha digital. Y continúa siendo por desgracia un mundo de hombres. Ni recuerda los meses que lleva en LinkedIn y jamás ha recibido una proposición en firme, interesante. Ha dicho interesante.

Fotos guarras

 

Los móviles son valiosos. Por la información que contienen. Ella es de las que jamás sincroniza el teléfono con el ordenador. Ni guarda los contactos. Ni actualiza el sistema operativo del iPhone. Si la vida es demasiado corta como para extraer el dispositivo USB con seguridad, para actualizar el iOS 5 ni les cuenta. Pero hay personas que cuando extravían su móvil pierden mucho más que números o un smartphone. Pierden su intimidad.

1. Por los SMS o, peor aún, por el contenido de conversaciones inacabables por whatsApp a altas horas y mayor voltaje. Terror y pavor. A más de uno le están entrando sudores fríos.

y 2. Por las fotos. De sus momentos íntimos. Porque hay que ver la querencia que tienen algunos por inmortalizar hasta el rincón más recóndito de su anatomía. O el de su pareja.

 

 

Las fotos del cuarto de baño ya son todo un género es sí mismo. Pero ¿es que esos chulazos y Scarletts de barrio no han oído hablar en su vida de los automáticos? Le flipa que fotos así –con reflejo de flash incluido – pueblen los muros de Facebook a mayor gloria de los posturitas.

 

 

Por no hablar del otro género. El de las fotos guarras. Hay quien se toma aquello de documentarlo todo a fondo muy en serio. ¿De verdad que no vale con grabarlo en la retina, dejar algo al recuerdo, a la imaginación? El hecho de dejar pruebas fehacientes del fragor de la batalla tiene tantos inconvenientes que no le ve la gracia a las ventajas. Que se lo digan a la víctima de una peculiar extorsión en Castellón. Recientemente un hombre ha sido condenado por amenazar con hacer públicas las fotitos cariñosonas del propietario de un móvil robado. Y su novia. Como decía el Sargento Esterhaus, tengan cuidado ahí fuera. Y dentro. Para evitar males mayores, utilicen Photoshop. Por favor.

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