@animalitosocial
El otro día, charlando con Quique Dacosta, uno de los grandes de la cocina española, bromeaba acerca del nombre de su nuevo restaurante en Valencia, “Vuelve Carolina”. Le encanta. ¿Puede ser más evocador? Todos tenemos nuestra propia Carolina. Alguien que deseamos que regrese a nuestra vida. Tarde o temprano. Alguien que dejamos escapar. O simplemente se largó. Y nos dejó, en casa. Solos. Desarmados. Lamiéndonos las heridas. Posiblemente no regrese nunca. Ni piense en nosotros como nosotros lo hacemos. Pero ahí sigue. Perenne. Su imagen continúa congelada en el tiempo. Con su sonrisa. Mirándonos. Con ésa mirada. Pluscuamperfecto. No recordamos por qué la cosa no funcionó. Por qué aquello tan inoperante como la dignidad nos impidió realizar aquella llamada o acudir a la enésima cita en la estación. Y, en cierta manera, no deja de ser un leitmotiv. Patético. Pero leitmotiv al fin y al cabo. Pensar que nos lo podremos encontrar, de nuevo, al volver una esquina. Que el tiempo pondrá a cada cual en su sitio. Que habrá justicia poética. O existencial. Que volverá a por nosotros. Nos llevará rápido, lejos. Y no sabe cuántas majaderías más. Pero no. Resulta que Dacosta ha elegido ese nombre porque sabía que daría qué hablar. Movido por una gran visión comercial. Valiente y perverso sería lo contrario.
Precisamente sobre Carolinas, y de muchas cosas más, va la novela finalista del Premio Planeta “El tiempo mientras tanto”, de la valenciana Carmen Amoraga. Demoledora. Habla de las segundas oportunidades. Que nos negamos a conceder. Y de la dimensión plana que le conferimos a nuestros padres. Ella jamás se ha planteado si sus padres han sido felices en su matrimonio. Si se fueron fieles. Si pensaron en tener deslices. Si pasaron a mayores. Si tuvieron su propia Carolina. Y la perdieron. Y entonces su madre conoció a su padre. Y decidió conformarse. Rendirse. Porque era lo más razonable. Lo más cómodo. Lo pragmático. Lo mejor. Amoraga se enfada cuando se califica su obra de literatura femenina. Pero es que esa novela amarga, redonda y delicada sólo podría haberla escrito una mujer. Su chico le preguntó sobre qué iba, si merecía la pena leerla. Y no supo qué contestar. “Que la vida no resulta ser como la imaginamos, supongo”, dijo al fin. Y él, respondió, “Ah, es una de esas novelas que no van de nada”. Y supone que es así. Con todo, es la novela que a ella le habría encantado escribir. Y no lo hace. Ni esa segunda oportunidad se concede. La flamante ganadora del Cervantes, Ana María Matute, le dijo en una ocasión: “Niña, has elegido la profesión más dura de todas. La de escritora”. Será por ello que de su novela invisible sólo tenga el título: “Volveré a por ti”. Algo es algo.

