“Me encantas pero no sé dónde meterte. No cabes en mi vida”. Y la dejó. Con dos cojones. Era la peor excusa que había oído desde “no eres tú, soy yo”. De eso hace como un millón de años aproximadamente pero la excusa permanece fresca en su memoria. La sacó del congelador esta misma semana cuando quedó a tomar un café con un amigo. Uno de ésos tan ocupados que queda con una como haciéndole un favor.
A pesar de ser un tipo alegre, divertido y dinámico, lo vio un poco apesadumbrado, sin demasiadas ganas de hablar. Además, debía irse pronto. Había quedado. Su día no había acabado a pesar de ser un martes a las 8 de la tarde. Qué pereza de tío, oigan. Le comentó que al fin le había dado puerta a una chica mona, interesante e inteligente porque no tenía tiempo para una relación. Y lo peor de todo es que él se lo creía. Ella le abrió los ojos: “Mira, chato, si no tienes tiempo para quedar con una mujer, por muy caótica que sea tu vida, es que no te interesa tanto como debiera”. El día a día es una espiral que nos absorbe y deja exhaustos de tal modo que, a veces, se nos olvida lo que realmente importa. Ni ella ni él tenían tiempo para nada. Sin embargo, habían hecho un poder para sincronizar agendas. A pesar de que ella se caía del sueño. Los amigos, después de la familia, son lo mejor de esta vida. Pero él parecía no darse cuenta. Aquel hombre estaba tan ocupado en mantenerse ocupado que no tenía tiempo ni de vivir.
La situación en aquel café de Mislata le recordó a ella misma y a una noticia que leyó, de refilón, en el diario. Diversos estudiosos recomendaban a los niños con sobrepeso los juegos activos de determinada consola para mantenerse en forma. Practicar deporte viendo la televisión para que los niños gordos que no tenían tiempo para jugar en la calle se cansaran lo menos posible. La Wii por prescripción médica. El mundo al revés.
En eso estaba, en lo de practicar deporte sin moverse, cuando la obra Non Solum, de Sergi López, irrumpió en su cabeza. Un texto en el que el actor interpreta todos los papeles de un reparto compuesto únicamente por él mismo. De la comedia existencialista representada en el Olympia este fin de semana, sacó dos cosas en claro: 1. Que el paraíso debe de ser un lugar donde no hay sufrimiento y uno nunca está solo. Y 2. El concepto de hombre estático. Aquel que teniendo una pequeña vida no aspira a más, porque en el pequeño espacio que conoce, que domina, se siente seguro. A salvo. Aunque haga ver que se mueve mucho, deprisa, que no tiene tiempo para amar, para vivir, no deja de ser un hombre atemorizado por los cambios. Que se pasa corriendo todo el día para llegar tarde a todas partes. Una huída desesperada. Sobre cinta estática.

