Recientemente ha estado en España el sardo, nacido en l’Alguer, Daniel Lumera. En realidad, el autor de “El código de la luz” venía a Barcelona a impartir una conferencia sobre los beneficios del Sol -sí, el astro rey que tan mala prensa cosecha- e hizo parada obligada en Valencia. No, ella tampoco había oído hablar del tal Lumera antes, no se le subleven. Pero tuvo que documentarse a la fuerza y en tiempo récord por trabajo. Maravillas del Periodismo. El arte de saber en profundidad sobre la superficie de las cosas. Además del consabido dossier de prensa de la editorial, encontró algunos artículos por la red y varias charlas en Youtube. Le pareció uno de esos telepredicadores de la nueva era. Con micro rollo Madonna, vehemente y con acento italiano. Le alegró equivocarse. Bueno, a ver, no la malinterpreten. Le encanta llevar razón y que se la den continuamente. Pero con Lumera no fue justa. Lumera. El doctor en Ciencias Naturales que ha acabado estudiando la luz, el Sol. Para que luego digan que los apellidos no condicionan…
El doctor Lumera era un hombre joven, alto, atractivo sin abusar, de ojos grandes y hablar calmo. En lo del charm y el acento italiano no se equivocaba. Lo único que le decepcionó fue que no entendiera valenciano. Él, que había nacido en l’Alguer. Aquel hombre tenía algo en los ojos. Y se lo llegó a transmitir a ella, una pragmática convencida y sin un minuto libre al día. No hay nada como creer en lo que uno hace. En lo que uno vende. De su conversación con el doctor de la luz se queda con dos cosas: que estamos mal iluminados. Y que todos somos pequeños soles.
Mal iluminados porque nosotros, los mediterráneos, hemos equivocado la relación con el Sol. Que pasamos de estar 11 meses confinados con luz artificial a exponernos hasta la saciedad, sin contemplaciones, con la piel virgen y desnuda. Confiesen. Seguro que más de uno se ha abrasado este fin de semana, con esa hambre, esa ansia de Sol tan nuestra, después de meses de tiempo inestable.
Según Lumera no hemos de prescindir del Sol, ni en invierno. Aprendió esa relación quasi mágica de las abuelas sardas: el Sol como alimento, como medicina. Dice que 15 minutos diarios son suficientes y que, obviamente, hay que protegerse si se hace durante más tiempo y evitar las horas centrales del día. Que el Sol nos hace falta y bien. Que nos conecta con la tierra y con nuestro yo interior. Pero que, como en las cosas importantes de la vida, hay que estar presente. Es decir, tomar el Sol siendo conscientes de lo que se hace. Y a ser posible, en silencio. Todos somos pequeños soles. Necesitamos e irradiamos luz. No le negarán que, se lo crean o no, es de lo más bonito que han escuchado últimamente…

