Primero fue el speedating, aquella forma tan patética de ligar que acabó muriendo antes de nacer. Tendrán que torturarla para que confiese cómo conoció una práctica que el entorno virtual ha hecho desaparecer. Porque… ¿quién necesita pagar por conocer gente cuando puede ligar con los amigos de sus amigos en Facebook? Una opción nada descabellada. Mejor que ponerse a pescar un pez en el barril de cualquier discoteca. Porque lejos de lo que le han querido vender los apocalípticos de las nuevas tecnologías, los amigos de nuestros amigos no son desconocidos. Nos llegan muy bien cribaditos. Suelen ser personas de idéntico rango de edad, intereses comunes y un nivel de ingresos similar. Que estén casados o no es lo de menos. Al fin y al cabo, ella sólo les hablaba de entablar una sana amistad…
Así las cosas, de los creadores del speedating, llega el speednetworking. Es decir, hablar de una misma, muchas veces, con muchas personas y muy rápido para encontrar trabajo. El paraíso de cualquier creativo publicitario, vaya. En realidad, de cualquier empresario, de cualquier periodista. Como le dice una amiga suya: “Nena, tú eres tu tema de conversación favorito”. ¿Acaso no se trata de eso? ¿De vendernos, constantemente? ¿De buscar una oportunidad cuando todo se desmorona? En la vida, el amor, los negocios o en las redes sociales. Porque en ellas, o bien todo el mundo es un winner –con un perfil trufado de links y méritos profesionales- o todas las abuelas de nuestros followers murieron en masa. Qué gran pérdida de sabiduría popular.
Pues qué quieren que les diga. Si cada uno de nosotros –ella incluída- invirtiera tanta energía en su trabajo como en la cuidada descripción de Twitter, pronto Alemania dejaría de ser la mayor potencia europea. Por eso, estas iniciativas le parecen una auténtica chorrada. ¿Creen que alguien puede retener algo de información a ritmo de un silbato que obliga a cambiar de silla y, por ende, de interlocutor cada 90 segundos? El pretendido resumen curricular y vital no deja de reducirse a un mero intercambio de sonrisas y de tarjetas. Si el speedating se fue al garete, ¿qué nos hace pensar que el speednetworking funcionará? Está visto que nos gusta perder el tiempo. En los negocios, como en el amor, nos pierde gustar.


