Hay personas con las que da gusto hablar. Que siempre están contentas. De sonrisa fácil, sincera. No abundan, eso sí, por eso son como pequeños tesoritos. El otro día lo comentaba con un compañero de trabajo. “Tú y yo debemos tener un desarreglo químico o algo, Frederic. No es normal, que con la que está cayendo, siempre estemos de buen humor”. Y se encogieron de hombros mientras sonreían. Y resulta que llevaba razón. Recientemente leía un artículo interesantísimo en un suplemento dominical sobre la influencia de la genética en aquello de la felicidad. Venía a ratificar lo que Punset en “El viaje a la Felicidad”: Que por supuesto las circunstancias personales, la vida que ha llevado cada uno, la educación, el nivel de ingresos, la suerte, etc, influyen pero hay algunas personas que, no se sabe por qué, parten con ventaja. Son más felices que la media. La lotería genética, ya saben. Y en eso ella ha sido muy afortunada. jamás le ha tocado un céntimo en los juegos de azas pero h aheredado la mejor de las suertes: las ganas de sonreír de su madre aunque vengan mal dadas. Su escaso talle y la tendencia a ensanchar venían en el lote. No se queja.
Está claro que tiene sus días y esta semana ha sido muy dura en su trabajo. Pero dicen los expertos que el cerebro, aunque no está preparado para ser feliz, se puede entrenar con pensamientos positivos. No sabe bien cómo.
Punset proponía la siguiente fórmula: F= [E•(M+B+P)/(R+C)]. Qué pereza, oigan. Ella, además de rubia, siempre fue de letras. Está por colgar las botas en la UOC y matricularse el próximo semestre en la UPV de unos cuantos créditos de libre eRección. Para desentrañar semejante galimatías, dice. Aunque mejor no. Entiéndanla. Lo hace por ustedes. Con la frecuencia justa y diligentemente satisfecha su buen humor sería del todo inaguantable. Y en medio de un ERE, pues no es plan.


