Lo que le faltaba por oír. Ahora resulta que, en Riba.Roja, las cervezas van acompañadas con una tapa de pechuga incorporada. Al menos en el bar La Campana del polígono El Oliveral, tal día como hoy, además de los miércoles y de los lunes, toca Sexy Show. Se queda muerta. Y con el menú del día entra striptease como el pan. Integral, dice. Ni que decir tiene que el establecimiento está lleno hasta la bandera. Y los viernes, no hay quien meta. El coche en una plaza del parking. Una de las strippers asegura que no es el lugar más inopinado en el que ha trabajado –eso sí que es un pasado en condiciones- pero lo que se le hace raro es la hora. Y sobre todo que la gente esté hincándole el diente. A la carne. Inerte. Debe ser éste el único establecimiento sobre la faz de la tierra donde al cliente no se queje cuando el rancho ande recalentado.
Para que el personal no se acostumbre, el dueño de vez en cuando, organiza peleas de barro entre chicas desnudas en una minipiscina desmontable. Como lo oyen. Y más de una vez, intuye, algún cliente no ha tenido empacho en mojarse. El pie. A riesgo de padecer un corte de digestión, o de respiración, al no haber pasado las dos horas preceptivas entre la ingesta de la vianda y la inmersión. En la humedad viscosa. Del barro. Diversión elevada asegurada, sin duda.
Más difícil de explicar a la santa, en cambio, resulta cómo fue uno a parar, a lo Schettino, a una Toy llena de barro a la hora de la comida en el bar del polígono. Todo sea por la reactivación. De la economía. Y si como bien decía Sampedro en Salvados, “En mi hambre mando yo”, los usuarios han de hacer ver a sus esposas que, por el precio de un menú, ellos deciden domeñar su estómago rugiente en busca de un conejo. Al ajillo. Mientras otro muy vivo retoza con su semejante. En el lodo. Es otra lectura. Hay tanto ingenio, tanta creatividad por explotar en esta buena crisis de tanto imbécil experto en (micro)economía.
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