Las Provincias

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Tiempo que perder
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Sònia Valiente | 09-04-2012 | 12:53

 

“¿Quieres saber cómo lo hice? Nunca guardé fuerzas para la vuelta”, dice Vincent Freeman, Ethan Hawke, en Gattaca. Sucede después de una carrera a nado en el que el lisiado gana con esfuerzo al hermano derrotado a pesar de estar programado genéticamente para ganar. Una versión remozada de la fábula de la liebre y la tortuga y Un mundo Feliz de Huxley. A pesar de datar de 1997, la película dirigida por Andrew Niccole –guionista de El Show de Truman- continúa tan vigente que da miedo. Como lo está In time, una gran película conceptual de ciencia ficción que ha pasado sin pena ni gloria.

No sabe ustedes pero ella está trabajando más que en la vida, a un ritmo delirante, y cobrando menos que nunca. Si compara su sueldo con el de hace años, con los recortes, el nivel de vida, la subida del agua, la luz, por no hablar de la gasolina, siente que se asfixia. Que el tiempo, la vida, la devora. Y aun así, de momento, es una privilegiada. No vivió nunca por encima de sus posibilidades, vive en la periferia, en una casa que no le gusta pero que pudo pagar y ve aterrorizada cómo el estado del bienestar peligra para calmar a los mercados.

 

Cuando vio In Time, película que recomienda fervientemente más por el concepto que por su realización, le dio que pensar. Un mundo futuro que gira alrededor de un tiempo. Que ya no es nuestro. En el que no se vive para trabajar, ni siquiera para pagar, sino para permanecer vivo. Cuenta una historia aterradora en los que más tienen pueden vivir eternamente y los pobres tienen que pedir prestados hasta los minutos que les mantendrán con vida hasta el día siguiente. Y no siempre se les conceden. Un mundo en el que el tiempo no es que sea oro, es que es vida.

Todos nacen, en la ficción, con un cronómetro que va hacia atrás a partir de los 25 años. Los ricos, incrementan su tiempo especulando. Los pobres, mueren jóvenes. Un sistema implacable que muestra sin pudor las desigualdades, los robos, los trasvases de tiempo. Personas que caminan apresuradas ad aeternum, que no viven, obsesionadas por el segundero. Desigualdades entre zonas. Zonas exclusivas, otros mundos, de imposible acceso. Personas con múltiples trabajos para llegar al final del día. O que caen desplomadas porque el precio de las cosas, en minutos, no deja de subir. Donde los cadáveres de los pobres pueblan las calles mientras los ricos en tiempo saborean su juventud, paladean manjares y lucen jóvenes para siempre.

Y ella que se pensaba que sentirse en una película era otra cosa. En la del orwelliano Niccole, hay algo que le inquieta. Prueben a sustituir la palabra tiempo por alimentos y las zonas por continentes. Por fortuna, se dirán, es sólo una película. Y en unos minutos se olvidarán de esto. No tienen tiempo que perder. Llegan tarde. A algún sitio.

 

 

Enviado desde Valencia.