Las Provincias

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El movimiento inmóvil
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Sònia Valiente | 15-05-2012 | 04:21

 

Hoy se cumple un año del movimiento 15-M. Un año después siguen igual de indignados. No es de extrañar. Las cosas sólo han cambiado para ir a peor. Pero la gente ya no se calla. No se queda en casa. Toma la calle. Y acampa.

La imagen de Sol del sábado era emocionante. A rebosar, un año después. Al final fueron desalojados, sí. A las cinco de la madrugada. Cuando nadie miraba y la gente de bien dormía. Pero se ganó un pulso. Imperó el sentido común. No nos echáis, nos vamos, parecía decir aquella multitud de 40.000 personas gritando quedamente su disconformidad. Hasta que les invitaron a irse, aquellos indignados no movieron un músculo. Tampoco ahora, en sentido figurado. Son el movimiento inmóvil.

 

Como le dijo el escritor Robert Fornes en Facebook, “las manifestaciones no pueden ser un mensaje en sí mismas. Envían un mensaje claro: no transigimos más. Pero a partir de ahí hay que construir alternativas”. Y es cierto. La gente se cansa de ir a las asambleas, de enfadarse, de debatir sobre el rescate de los bancos, de la corrupción. Quizá por ello, a pesar de su vehemencia, energía, ingenuidad, estén perdiendo fuelle. La asamblea del domingo de la plaza del ayuntamiento fue desoladora. No más de 250 personas a las 18:30h. El centro, por supuesto, colapsado de miles de valencianos que querían ver la procesión de la Patrona. Valencia es así.

Recuerda vívidamente cómo le impactó una de las pancartas del año pasado sobre el resto: “No estás soñando. Esto es Valencia”. Pero el sueño lúcido se ha desvanecido. El movimiento del 15-M, todo un gran contenedor ideológico, no ha sabido pasar de la indignación a la acción. Han fomentado el diálogo, de acuerdo, las asambleas, han conseguido sacar a la gente de sus casas sin que haya ninguna victoria futbolística que celebrar, recuperar la ilusión y, de paso, las plazas como foros de discusión, como la antigua ágora romana. Han conseguido paralizar desahucios, han impulsado una iniciativa legislativa popular. Ya nadie niega que la dación en pago es justa. ¿Para qué continuar, una vez hundida la vida, pagando por una casa que no se tiene? En el germen del 15-M estaba crear un mundo más justo, más transparente, cambiar el sistema. Pero lamentablemente, como pudo comprobar Winston Smith en 1984, la mejor manera de luchar el sistema es hacerlo desde dentro. Ganar las instituciones a través de las urnas es el único modo. Les guste o no. Los políticos les han cogido la medida. Ya se asustaron una vez y esto no es Islandia. Decía Joichi Ito que un día las voces serán más importantes que los votos. Mientras ese momento llega, no le quedará otra que ser electores o elegibles. Y aunque coincide con otro gran claim indignado: “Si hacer el amor cada cuatro años no es tener vida sexual, votar cada cuatro tampoco es democracia”, es lo que hay. En su mano está mover el culo y cambiarlo.