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Sònia Valiente

#animalsocial

Recortables


No sabe por qué recuerda ciertas cosas y otras, simplemente, se le olvidan. Es buena para las caras pero fatal para los nombres. Hay una chica en su gimnasio que le cae bien. Apenas han intercambiado unas palabras pero son educadas, se sonríen con la mirada. Llevan apuntadas y sudando juntas, pero no revueltas, más de dos años en la misma sala de spinning. Hace poco, le preguntó su nombre para olvidarlo al nanosegundo posterior. Y le molesta. A ella, a la empática, a la maniática de las buenas maneras. Ahora, cada vez que se cruzan, se le cae la cara de vergüenza porque cae en la cuenta que era la enésima vez que se lo ha preguntado durante todos estos años. En cambio, indeleble, en su mente permanece a fuego una imagen. No puede desprenderse de aquel recuerdo. Claro que tiene que ver con su padre. Uno de los primeros recuerdos que de él conserva. Era pequeña, diminuta, y su padre la llevaba a pasear de la mano al parque los sábados. Mientras él leía el periódico al sol, ella jugaba con sus muñecas recortables. Podía estar un buen rato absorta en el kiosko eligiendo la lámina perfecta de aquellas muñecas cabezonas a las que vestía indefectiblemente con un bolso de color estridente y tacón. Jugando a ser mayor. Independientemente de la profesión de la muñeca o de la estación. Cuando todo era perfecto.

E imaginarse a ella misma en el futuro era saberse segura, casada, con hijos. Bolso y tacón. Con una perfección pluscuamperfecta. Tan frágil y tan sesgada como aquel icono. No sabe por qué les habla de esto. Cuando se ha sentado frente al palpitante cursor varios temas le rondaban la cabeza: Chavela y su no me quieras matar, corazón; Marilyn, tan preciosa como maldita. Ella y cada una de sus curvas. Pero, oh maldición, tuvo que abrir el Facebook, cómo no. Y en el time line de alguien vio una imagen de los recortables que la retrotrajo a su niñez. Ya eran viejos en los 80. Una herencia de otros tiempos que perduró por inercia y economicidad a partes iguales, supone. Porque las mujeres, en cierto modo, para la sociedad no han dejado de ser aquellas muñecas que a su vez perpetuó, décadas atrás, Marilyn con su pestañeo y sus caderas.

 

Leía recientemente que las personas más bellas obtenían los mejores puestos de trabajo. Que era una discriminación silente, tácita pero difícilmente demostrable. Para las feas, viejas y gordas la vida si no es peor es diferente. Hace poco, la comunicadora Lydia Peters, mujer vital y bellísima a rabiar, modelo de tallas grandes para más señas, le comentaba ante su estupor que paseando con la bici por el puerto alguien le llamó gorda. Para su sorpresa, quien resaltaba la obviedad como si fuera un insulto era otra mujer. Por fortuna, no todas estamos cortadas por el mismo patrón. De papel.

Temas

discriminación, gorda, Lydia Peters, mujer, muñecas, papel, recortables

PREMIO AL MEJOR BLOG PERIODÍSTICO DE LA COMUNIDAD VALENCIANA

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