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periodismo

La engañifa (o el insondable misterio de las tetas de pega)
Sònia Valiente 29-06-2012 | 12:01 | 1

El busto femenino está de moda. En concreto, su canalillo. Tanto que, como ya les comentaba el martes, el DRAE incluirá tan sugerente palabra en su vigésimo tercera edición. Porque quien tiene un buen canalillo tiene un tesoro. Que se lo pregunten a los ángeles de Victoria’s Secret, otra vuelta de tuerca a la expresión sin tetas no hay paraíso. Pues casi. Porque en los tiempos en los que le ha tocado vivir hay que tener un canalillo, sí, pero sin pasarse y ser guapa. Sin abusar. No sea que le vaya a pasar a una lo que a Pilar Rubio o a Sara Carbonero. Porque en este país que los demás destaquen por algo se lleva francamente mal. No será ella quien defienda a la Carbonero después de la metedura de pata con Iniesta pero cree que el linchamiento de #graciassara era previo y sin motivo. Muchos celos y poco sentido del humor.

De lo contrario, no entiende cómo la última campaña de Wonderbra en librerías haya desatado las críticas en Facebook. Esta acción de marketing de guerrilla, le parece sencillamente brillante. La agencia Publicis España -  la encargada de encerrar al Pato Willix en Youtube hasta que alcanzara el millón de visitas- colocó libros de autoayuda en diferentes librerías del país.

Éstos abordaban diferentes temáticas para triunfar en el terreno personal y profesional. Pero al abrir el libro de marras, en lugar del habitual coaching, los usuarios se encontraban dentro con un Wonderbra. Hilarante. De todos los libros-caja, se queda con el titulado “Cómo hablar en público con total seguridad”. Un insight redondo.

Porque les guste o no, sentirse guapa, da seguridad. Y no se es más feminista o menos por depilarse, maquillarse o llevar relleno. No hay mujeres trabajando por la igualdad de primera y de segunda. Se consigue en tacones, manoletinas y hasta en pantuflas. Según el día. La quema de sostenes, señoras, ya pasó.

Ella misma, al principio de comenzar a presentar, y aconsejada por su estilista de cabecera, lucía unas tetas de infarto. De quita y pon pero de infarto al fin y al cabo. Aquella balconà de pega le daba el arrojo necesario para enfrentarse al periodismo televisivo, una profesión tan apasionante como cruel con el físico. Y la edad. Finalmente, decidió quitarse las hombreras. Pero no por dignidad, simplemente por respeto a la audiencia. No quería continuar siendo una engañifa.

 

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La chica de la capa
Sònia Valiente 05-10-2011 | 12:01 | 2

@animalitosocial 

La ciencia, la historia y el cine hace mucho que persiguen la invisibilidad. Recientemente asistía atónita a la consecución de todo un hito: la invención de una capa de indectabilidad acústica por parte de unos investigadores valencianos. Aunque, de momento, sólo se trata de una invisibilidad sonora – que para ella y contra el reggeatón de su vecina la  quisiera- ha aconseguido acaparar la atención y, por ende, decenas de titulares. En cambio, otra investigación a su juicio fascinante, ha pasado inadvertida. El Centro de Tecnología de Nanofotónica, también de la UPV, ha conseguido hacer invisibles, de momento, fragmentos de materia de un milímetro. Hay días en los que ella no se siente tan grande.

Ya ven, mientras la ciencia hace denodados intentos por conseguir el maná y sus innumerables aplicaciones –a ella sólo se le ocurren pueriles, lúbricas y orwellianas, aunque no necesariamente en este orden- las mujeres de más de 40 hace años que lo han conseguido. Es entrar en una habitación, atravesar una sala, acudir a una fiesta, le comentan, y es como ser invisible. No existen para ningún hombre. Interesante. Aquellas que estaban acostumbradas a voltear cabezas a su paso y a quebrar cuellos y voluntades, sienten como las miradas ya no se clavan en sus carnes. Ahora las atraviesan, sí. Pero como el fantasma que pasa a través de una para llegar al otro extremo de la estancia. También se siente terror y frío. Y el vello se eriza ante el abismo de la soledad.

Le van a perdonar. Está releyendo estos días a Philip Roth y está un poco sensible con lo aquello del inexorable paso del tiempo, el sexo y la muerte. Un amigo suyo dice que a las novelas de Roth deberían afilarles los cantos para cortarse las venas después de leerlas. Pues qué quieren que les diga. A ella le reconforta ver tanto sufrimiento y autodestrucción como en “La humillación” y regodearse en la felicidad de su pequeña vida.

Pero hay más tipos de invisibilidad. Y ninguno de ellos anhela. Aparte de la de las mujeres maduras, está la de los desheredados. Lo pudo comprobar una colega, una periodista francesa a la que no conoce. Y a quien no le hizo falta recurrir a la invisibilidad de la capa. Sólo se embutió en su mono de periodista a lo Günter Grass -que tanto le impresionó en sus años de estudiante, cuando soñaba en convertirse en una periodista de verdad- para infiltrarse, como una víctima más, en la crisis económica. Florence Aubenas, veterana periodista, se tiñó el pelo, cambió de ciudad y aceptó durante cinco meses los trabajos que nadie quería. Se sintió pequeña, invisible como los fragmentos milimétricos de la Universidad Politécnica. Y no se sentía así por cuarentona sino por haber cambiado la pluma por la mopa. No es una cuestión de respeto sino de hipocresía social. A cambio, ha denunciado lo que todos sabíamos. Y ha vuelto a su empleo de relumbróm como la autora de un libro que estuvo en las entrañas del capitalismo, de la bestia. Más visible, sí, pero con cura de humildad. A pesar de haber escrito para  ‘Libération’ y ‘Le nouvel Observateur’ nadie la reconoció.

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