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periodismo

The newsroom
Sònia Valiente 31-07-2015 | 6:15 | 0

 

Se ha vuelto a enganchar a The newsroom. Una serie de la HBO sobre periodistas que habla de dignidad, orgullo, amor a la profesión. Muy peliculera, muy americana, pero la adrenalina se respira en cada capítulo de sus tres temporadas.

Se le había olvidado lo buena que era, el estrés que respira cada episodio, el amor y mimo por los detalles, la inteligencia y rapidez de los diálogos. Mordaces, ágiles, hirientes.

Por supuesto que existe la típica historia de tensión sexual no resuelta entre los protagonistas que está tardando demasiado en disiparse- va por la segunda temporada y no hay modo de que él se deshaga de su estúpida dignidad- y un ejército de magníficos actores secundarios. Muchos de ellos, estereotipos creíbles con patas.

Pero lo que prevalece sobre todo en The newsroom es el periodismo y la lucha por la verdad. La necesidad de transmitir lo correcto al público.

La serie arranca con la explosión de la plataforma de BP de 2010 en el Golfo de México y es glorioso ver la coreografía perfecta de productores, redactores, editores tratando de danzar al ritmo de la actualidad.

Es un ejercicio práctico, magistral de rutina productiva, de agenda setting y de ruptura de la espiral del silencio. Así todo junto, a la bruto.

Foto: Cortesía HBO

De eso les hablaba precisamente a sus alumnos de Periodismo Español de este curso de verano. Así que predicando con el ejemplo, ha vuelto a iniciarla desde el principio. Al ver de nuevo el primer capítulo no pudo sino sentir una punzada en el corazón. A pesar de que está atravesando uno de los momentos profesionales más felices de su vida, lo sabe. Ha vivido tantas veces esa sensación de caos informativo que es tan difícil quitarse… Ay

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La sombra de Kane
Sònia Valiente 09-05-2015 | 7:48 | 0

“No es tan difícil hacer dinero cuando solo hacer dinero es lo que se pretende.” Es quizá una de sus frases favoritas de Ciudadano Kane. Para muchos, una de las mejores películas de la historia. Orson Welles siempre dijo que su gran aportación al cine con Ciudadano Kane fue la ignorancia. Sencillamente porque no sabía lo que estaba haciendo. Sea como fuere la película de Welles –a quien la Filmoteca de Valencia dedica un ciclo en mayo con motivo del centenario de su nacimiento- es una cinta de culto, irrepetible.

Siempre que tiene ocasión, se la encasqueta a sus alumnos de Mass Media porque enseña muchas cosas. La primera, perdón por la obviedad: que el dinero no puede comprarlo todo. Que hay cosas que nos superan como el amor, la pérdida y, sí, la felicidad. Y la segunda, porque retrata a la perfección a una de las figuras más relevantes del New Journalism, William Randolph Hearst, y la relación más descarnada entre los medios y el poder.

Aunque el cuarto poder ya no es lo que era, la influencia de los medios, sobre todo audiovisuales, en el imaginario colectivo es demoledor. El otro día asistía divertida a una pelea entre su sobrina y un niñato –le permitirán que como buena periodista en esto también sea parcial- en ese gran patio de vecinas que es Facebook.

Como buenos jóvenes se enzarzaron en una discusión entre Podemos y Ciudadanos. El chico, para zanjar la discusión, calificó a la niña de comunista chavista. Probablemente aquel indocumentado no sabe exactamente por dónde queda Caracas pero comprobar cómo el discurso de la caverna mediática ha calado para insultar a lo desconocido da miedito. Pero para miedo de verdad, la adaptación de Welles de El Proceso, de Kafka. El juicio a un hombre que desconoce cuál es el delito por el cual está siendo procesado. Vayan.

 

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La engañifa (o el insondable misterio de las tetas de pega)
Sònia Valiente 29-06-2012 | 12:01 | 1

El busto femenino está de moda. En concreto, su canalillo. Tanto que, como ya les comentaba el martes, el DRAE incluirá tan sugerente palabra en su vigésimo tercera edición. Porque quien tiene un buen canalillo tiene un tesoro. Que se lo pregunten a los ángeles de Victoria’s Secret, otra vuelta de tuerca a la expresión sin tetas no hay paraíso. Pues casi. Porque en los tiempos en los que le ha tocado vivir hay que tener un canalillo, sí, pero sin pasarse y ser guapa. Sin abusar. No sea que le vaya a pasar a una lo que a Pilar Rubio o a Sara Carbonero. Porque en este país que los demás destaquen por algo se lleva francamente mal. No será ella quien defienda a la Carbonero después de la metedura de pata con Iniesta pero cree que el linchamiento de #graciassara era previo y sin motivo. Muchos celos y poco sentido del humor.

De lo contrario, no entiende cómo la última campaña de Wonderbra en librerías haya desatado las críticas en Facebook. Esta acción de marketing de guerrilla, le parece sencillamente brillante. La agencia Publicis España -  la encargada de encerrar al Pato Willix en Youtube hasta que alcanzara el millón de visitas- colocó libros de autoayuda en diferentes librerías del país.

Éstos abordaban diferentes temáticas para triunfar en el terreno personal y profesional. Pero al abrir el libro de marras, en lugar del habitual coaching, los usuarios se encontraban dentro con un Wonderbra. Hilarante. De todos los libros-caja, se queda con el titulado “Cómo hablar en público con total seguridad”. Un insight redondo.

Porque les guste o no, sentirse guapa, da seguridad. Y no se es más feminista o menos por depilarse, maquillarse o llevar relleno. No hay mujeres trabajando por la igualdad de primera y de segunda. Se consigue en tacones, manoletinas y hasta en pantuflas. Según el día. La quema de sostenes, señoras, ya pasó.

Ella misma, al principio de comenzar a presentar, y aconsejada por su estilista de cabecera, lucía unas tetas de infarto. De quita y pon pero de infarto al fin y al cabo. Aquella balconà de pega le daba el arrojo necesario para enfrentarse al periodismo televisivo, una profesión tan apasionante como cruel con el físico. Y la edad. Finalmente, decidió quitarse las hombreras. Pero no por dignidad, simplemente por respeto a la audiencia. No quería continuar siendo una engañifa.

 

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La chica de la capa
Sònia Valiente 05-10-2011 | 12:01 | 2

@animalitosocial 

La ciencia, la historia y el cine hace mucho que persiguen la invisibilidad. Recientemente asistía atónita a la consecución de todo un hito: la invención de una capa de indectabilidad acústica por parte de unos investigadores valencianos. Aunque, de momento, sólo se trata de una invisibilidad sonora – que para ella y contra el reggeatón de su vecina la  quisiera- ha aconseguido acaparar la atención y, por ende, decenas de titulares. En cambio, otra investigación a su juicio fascinante, ha pasado inadvertida. El Centro de Tecnología de Nanofotónica, también de la UPV, ha conseguido hacer invisibles, de momento, fragmentos de materia de un milímetro. Hay días en los que ella no se siente tan grande.

Ya ven, mientras la ciencia hace denodados intentos por conseguir el maná y sus innumerables aplicaciones –a ella sólo se le ocurren pueriles, lúbricas y orwellianas, aunque no necesariamente en este orden- las mujeres de más de 40 hace años que lo han conseguido. Es entrar en una habitación, atravesar una sala, acudir a una fiesta, le comentan, y es como ser invisible. No existen para ningún hombre. Interesante. Aquellas que estaban acostumbradas a voltear cabezas a su paso y a quebrar cuellos y voluntades, sienten como las miradas ya no se clavan en sus carnes. Ahora las atraviesan, sí. Pero como el fantasma que pasa a través de una para llegar al otro extremo de la estancia. También se siente terror y frío. Y el vello se eriza ante el abismo de la soledad.

Le van a perdonar. Está releyendo estos días a Philip Roth y está un poco sensible con lo aquello del inexorable paso del tiempo, el sexo y la muerte. Un amigo suyo dice que a las novelas de Roth deberían afilarles los cantos para cortarse las venas después de leerlas. Pues qué quieren que les diga. A ella le reconforta ver tanto sufrimiento y autodestrucción como en “La humillación” y regodearse en la felicidad de su pequeña vida.

Pero hay más tipos de invisibilidad. Y ninguno de ellos anhela. Aparte de la de las mujeres maduras, está la de los desheredados. Lo pudo comprobar una colega, una periodista francesa a la que no conoce. Y a quien no le hizo falta recurrir a la invisibilidad de la capa. Sólo se embutió en su mono de periodista a lo Günter Grass -que tanto le impresionó en sus años de estudiante, cuando soñaba en convertirse en una periodista de verdad- para infiltrarse, como una víctima más, en la crisis económica. Florence Aubenas, veterana periodista, se tiñó el pelo, cambió de ciudad y aceptó durante cinco meses los trabajos que nadie quería. Se sintió pequeña, invisible como los fragmentos milimétricos de la Universidad Politécnica. Y no se sentía así por cuarentona sino por haber cambiado la pluma por la mopa. No es una cuestión de respeto sino de hipocresía social. A cambio, ha denunciado lo que todos sabíamos. Y ha vuelto a su empleo de relumbróm como la autora de un libro que estuvo en las entrañas del capitalismo, de la bestia. Más visible, sí, pero con cura de humildad. A pesar de haber escrito para  ‘Libération’ y ‘Le nouvel Observateur’ nadie la reconoció.

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