El desarrollo de la biotecnología ha traído consigo numerosos avances para la humanidad. El problema viene, como en la mayoría de cuestiones, en no saber distinguir qué nos favorece y qué nos perjudica. Y, en el desarrollo de los transgénicos, me temo que vamos aprendiendo a trompicones.
Si de primeras alguien dice que el alimento que estamos a punto de comer (se lo que sea) ha sido tratado en origen o en alguno de sus procesos, tendemos a sospechar. Si hay gobiernos que no lo quieren plantar en sus campos, yo ya empiezo a mosquearme. Pero si la Unión Europea decide que no es capaz de obligar a nadie a que lo plante (¿complejo de culpabilidad? ¿ataque de responsabilidad?), ya os digo que me costará volver a probar el maíz en un tiempo.
Con los alimentos transgénicos la gente es así que escrupulosa, ya ve usted. Con la cantidad de alimentos que hay en el mercado que contienen organismos modificados genéticamente y la gente se anda con escrúpulos. Así debieron pensar en Monsanto, una multinacional de la biotecnología, con sede en Sant Louis (Estados Unidos) pero con una provechosa filial española, que desarrolló hace unos años una de las variedades de maíz modificado genéticamente más polémicas de cuantas se recuerda, el MON810.
Monsanto (en adelante Los Chicos del Maíz) encontraron en Europa un serio problema a su variedad de maíz cuando algunos gobiernos de la Unión Europea empezaron a ponerle trabas a sus plantaciones. Todo se precipitó cuando Hungría y Austria se negaron a dejar plantar esas variedades en sus campos y cuando Francia prohibió su uso. Fue entonces, cuando Los Chicos del Maíz recurrieron a las directivas europeas, que eran mucho más permisivas, para que les dejaran entrar donde la ley no les dejaba, al tiempo que recurrían en Francia la decisión de su propio gobierno. Hacía falta una decisión firme del Consejo.
El intento en la Unión no fue una pataleta de Los Chicos del Maíz porque, aunque haya prohibición expresa de algunos países sobre el MON810, países como España daban permiso para que se plantara, con el consiguiente cabreo de los ecologistas y la comunidad científica. De hecho, somos líderes de este tipo de cultivos en el mundo… Pues bien, una vez recurrido a la reunión de ministros del ramo de los 27, estos han decidido que la UE no puede obligar a ningún país a plantar en su territorio variedades modificadas genéticamente, lo que supone un varapalo para Los Chicos del Maíz. Varapalo que ha contado con el beneplácito del Gobierno español que, pese a estar de acuerdo con esa variedad, ha dado un giro en su política y se ha alineado con el resto de posiciones contrarias. Un giro, por cierto, aplaudido por la comunidad ecologista.
Pero todo no son palos para Los Chicos del Maíz, hace un par de semanas la Agencia Francesa de Seguridad Sanitaria de los Alimentos publicaba su informe definitivo sobre el MON810 que determinaba que no era un riesgo para la salud humana. Eso sí, el ministerio francés de Medio Ambiente mantendrá la moratoria a ese tipo de maíz, supongo que hasta que las pruebas sean concluyentes o le obliguen. Vence, en este caso, el principio de precaución.
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