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ICONOCASCLAS SONOROS, VÍCTIMAS DE STENDHAL

2012 mayo 9
por Amalia Yusta

“No se juzga un libro por su portada”, se suele decir en esos arranques de liberalismo impostado y con la acidez de quien no se cree su significado. Pero todos sabemos de sobra que la realidad es otra, que juzgamos las portadas de los demás antes de saber en qué editorial personal militan. Sería bonito dejarse seducir por las personas tal y como lo hacemos con carátulas de CD’s o con portadas de vinilos. Y es que, ¿quién no ha adquirido un álbum solo por su portada, independientemente del grupo, del estilo, del año de edición o de… la oferta del centro comercial? No seré yo quien tire la primera piedra…

Tampoco lanzará esa piedra mi compañero en la redacción Jose Forés Romero, quien llegó hace unos días con el triple (hay que amortizar la inversión) CD “Made in England”, uno de esos recopilatorios que triunfan en toda fiesta de amigos que se precie. No fue ni por The Farm, ni por Space, ni por Pet Shop Boys; no le llamó la atención el amor conflictivo de Joy Division  o sus admirados The Beatles… Lo que le sedujo fue esa portada con los iconos más representativos de UK: la bandera, una cabina de teléfonos, un autobús de dos plantas, la columna de Nelson,… todas esas cosas que sobrepasan los límites de la música pero que sin embargo se convierten en básicos para entender el por qué de la pasional relación con la música que todos, en mayor o menor medida, tenemos. “…Solo me lo compré por la portada…” confesó con mirada de culpabilidad… pero lo que no sabe es que esa es una de las mejores frases que puedan escucharse y tal vez la que consiguió robarme una sonrisa de complacencia.

Nos convertimos así en una especie de iconoclastas emocionales e impulsivos capaces de trascender con sensaciones y recuerdos a la propia música. Destrozamos lo sagrado del músico y lo sometemos a lo que nos pueda transmitir una portada, un dibujo, una foto, un diseño. Y a partir de ahí el consumo sonoro se convierte en otra cosa… Ese síndrome de Stendhal que sufrimos en el instante en el que nos enamoramos de una portada transforma todo nuestro alrededor en un ritual personal y solitario con el que deseamos morir de placer.

Influenciados por un cover (que no versión), la escucha queda determinada y sentenciada ya de antemano. El “Nevermind” de Nirvana no nos sonaría igual sin ese niño buceando que parece picará el anzuelo del dólar (un niño llamado Spencer Elden que era el hijo del mismo fotógrafo que lo inmortalizó bajo el agua, Rick Elden), y el “Sticky Fingers” de los Rolling Stones, no nos llegaría con esa alta dosis de sexualidad sin esa erección. Los ojos que Sandy Porter fotografió para el “Boy” de U2 nos atrapan incluso antes de saber que se trataba de un álbum de los irlandeses, y ese plátano warholiano del disco de The Velvet Underground se convirtió en un símbolo del pop art más allá del formato en el que fue concebido…

¿Cuántas veces nos habremos comprado un disco solo porque la portada nos estremeció desde la estantería de las novedades o incluso desde la de saldos? Y en ocasiones fueron obras que acompañaron ese sentimiento de extrema belleza, pero otras veces quedaron relegados a ese compartimento de discos que nunca solemos escuchar y en el que también están esos regalos poco acertados de los “amigos” y aquellos prestados que nunca recordamos devolver… aunque yo los devolvía todos, I swear! Así encontré el “Unreleased cutz and live jamz” de The Moldy Peaches o el infantil “Alphabutt” de Kimya Dawson, ambos con portadas dibujadas al más puro estilo de parvulario como las del “Moonwink” de The Spinto Band o el “O” de Damien Rice, tan sencillo y explícito como mortal y catártico… Incluso me hice con un CD solo por la claridad de su título y la cotidianeidad somera de la foto utilizada para su cover: “Casi feliz” de Olivia de Happyland, gato incluído.

En este sentido pienso en que Steve Jobs entendió a la perfección ese carácter visceral destilado del diseño y la música y lo incorporó a los iPod a través del cover flor de forma que los .mp3 comenzaron a tener esa personalidad que su incorporeidad les evitaba tener. Espíritus que vagaban entre descargas, flash drive, cds regrabables,… pero que solo con esos reproductores volvieron a vestirse con sus portadas; eso sí, si es que el dueño adolecía de esa esquizofrenia esclava del orden a la que se le da rienda suelta con las categorías y etiquetas “appleianas”. Así que sin ir más lejos, solo al alcance del pulgar y en un formato reducido, muy reducido (quizás 250×250 píxeles), reconozco entre mi selección portátil portadas como la del homónimo disco de Egon Soda, la del “Metals” de Feist, o el primer trabajo de los zaragozanos Lousiana, 3 paisajes más o menos evocadores de lo que después encontraremos en sus cortes: rincones donde perdernos sedientos de heridas abiertas. Y un clásico del barroquismo en las portadas, tanto como de su propia música: Rufus Wainwright y, por ejemplo, “Want two”… Rufus es, quizás, uno de los inquilinos más veteranos en mi iPod, de esos que pagan renta antigua y a los que nunca podré desahuciar.

Así que pese a la incorporeidad que dan las nuevas tecnologías, las portadas seguirán presentes. Solo hay que aprender a valorarlas o, mucho mejor, a sentirlas. Será entonces cuando ese ritual de escapismo sonoro al que nos encomendamos cobre toda su fuerza y consiga despegarnos del suelo en la mayor de las odiseas emprendidas: la de la música.

Y como si de uno de los periódicos que suelen leerse en Howarts se tratara, Cornershop consiguieron que sus portadas se animaran y pudimos verlos encastrados dentro de ellas tocando en el clip de “Brimful of Asha” de 1997. No fue ni un buen disco, ni tenía un gran diseño, pero en el vídeo se convirtieron en portada, y la portada se convirtió en música. Seguro que Jobs ya pensó en conseguir algo similar… ¿alguien se atreverá a hacerlo?

Cornershop: “Brimful of Asha” (Phil Harder, 1997)