LA OBSCENIDAD DE LA CULTURA
“Culturita, nenes, culturita” Esto es lo que solía decirnos en el instituto mi profesor de Historia del Arte (y de revolución en general), Manolo Ortiz. No sé qué pensará de todos estos estos nuevos (y no últimos) recortes aunque podría hacerme una idea bastante ajustada en la que los argumentos tendrían su fundamento en la propia historia, eso sí, aderezada con algún improperio que otro. ¿Qué les dirá ahora a unos alumnos resentidos por el futuro que les espera?.
La subida del 8% al 21% del impuesto del IVA sobre el precio de las entradas a cines, teatros, conciertos, festivales,… no solo implicará un descenso de espectadores que realmente ya no pueden rascar donde no hay, sino que será el inicio de esa pescadilla que se muerda la cola, de ese dominó vertical que va cayendo pieza a pieza. Y en esas piezas blancas y negras están las salas, las promotoras, los grupos, las empresas de comunicación, las salas de ensayos, los estudios de grabación, las discográficas… y la propia prensa que ahora recibe esta puntada mortal en el coso de Europa.
No hablaremos ya de lo que sucederá con la industria del espectáculo en general a nivel económico, porque en estas últimas semanas se ha dicho de todo. Desde quiebra de empresas a despidos por un porcentaje mayor al que se tributa incluso en UK. El ocio se resentirá, pero más allá de esto, ¿qué sucederá con la cultura? La cultura, por lo visto, no es importante. Es insubstancial y supérflua. El ocio se convierte en una obscenidad y el poder poner en marcha la maquinaria del intelecto en un acto de ostracismo social. Actores, creadores, músicos, artistas,… han sido siempre poco valorados, las más de las veces por sus tintes políticos… Es cierto: la cultura molesta. Molesta a economías moribundas, al espectador que se nutre de sucedáneos culturales, pero sobre todo molesta a dirigentes desorientados…
Y ya que este es un blog de música (aunque quizás dentro de poco tengamos que hablar sobre cualquier otra cosa… o la muerte), nos centraremos en ella y en los efectos que esta subida de impuestos implica de forma directa. La “industria” musical ya venía sufriendo el azote de piraterías desde hace mucho tiempo, de forma que los grupos, las bandas, los solistas, se habían volcado en los conciertos como medio de supervivencia. Algunos acometieron la osadía ¡y el acierto! de pedir vía “crowdfunding” a sus seguidores la financiación de sus discos. Otros simplemente intentan salir adelante combinando su trabajo en franquicias de comida rápida (el caso de María Villalón en Madrid, por ejemplo) sin dejar atrás corcheas y claves de sol… aunque sean ya claves de sombra. Pero todos ellos saben que es de los conciertos de donde pueden sacar dinero para seguir adelante. No hablamos ya de hacerse ricos (aquí es donde todos nuestros amigos músicos habrán lanzado una carcajada al aire), sino de poder vivir de la carretera, de los conciertos, del feedback con la gente y, en definitiva, de su música.
Como ejemplo, las in-ter-mi-na-bles giras de las que en los últimos meses hemos sido testigos: Love of Lesbian a la cabeza, seguidos por unos Vetusta Morla que llevan tatuados sus “Mapas” a fuerza de bolos y coros, un Iván Ferreriro con-sin-piano-con-sin-banda,… Vivir de la música por trabajarla y no por las rentas que un disco pudo darles… Pero ahora eso va a ser casi imposible. Si pocas semanas antes de que el hachazo a la cultura llegara disfrazado de decreto varios festivales tenían que decir adiós antes de que pudieran celebrarse (el ElectricPeople Festival, el Sensations de Barcelona o el ManchaPop, hacia el cual teníamos un especial cariño), ¿qué pasará a partir de ese 1 de septiembre desafinado?
¿Qué pasará con las pocas salas de conciertos que puedan quedar activas en la ciudad? Valencia no ha tenido la “suerte” de contar con un circuito de conciertos amplio, y las propuestas más “ambiciosas” han ido cayendo, como el caso del GreenSpace o la Sala Durango. Las pequeñas salas de conciertos quizás dejen de programar, quizás deban replantear sus pasos en solo un mes. Una entrada de 15 euros se incrementará hasta los 17; una de 42 llegará hasta los 47… Trabas y más trabas para frenar propuestas de ocio y culturales, y un impuesto incrementado que sin duda será el que saque al país de la crisis económ… ¡ah, no! que con eso no se va a solucionar nada. La industria cultural entrará en recesión, se replegará sobre ella misma y creará un vacío que lamentaremos en nuestros descendientes.
Hace unas horas, antes de venir a la redacción, veía en la tele un anuncio de un refresco en el que un padre le decía a su hijo: “Por favor… ¿para qué piensas que te va a servir la música?” frase a la que podría responderle un Platón con su “la música es al alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. Ese padre, como el dirigente, intenta hacer ver que la cultura es un lujo, que no sirve más que para recaudar unos fondos que irán a subsanar los errores económicos de un pasado manirroto.
La cultura incomoda. El arte incomoda. La expresión incomoda… El Gran Hermano de Orwell se deja crecer las ansias de grandeza para poder cuidar un germen sin criterio, sin voluntad y manejable… Todo habría sido bastante más fácil si en lugar de subir el IVA se hubiera decretado ilegal la cultura… Siendo ilegal habría sido igual de incómoda, pero no le habrían arrancado su prestigio mientras la señalaban con el dedo entre risas y carcajadas. ¿Cultura, para qué!
Volveríamos al teatro de batalla, a las salas clandestinas, a las letras subversivas… a los medios de comunicación ácidos, a la irascibilidad cultural luchando contra una impuesta tetraplejia neuronal. Volveríamos a las luchas que quizás quedaron un poco aletargadas por las bonanzas económicas, al anarquismo artístico, al inconformismo, al subsuelo de las heridas… a ser incómodos de verdad, conscientemente y con sarna. Seamos ilegales y enfundémonos de ganas.
Llegará un momento en el que el olor de un libro al abrirlo por primera vez tras comprarlo una lluviosa tarde de otoño sea solo lo que los abuelos cuentan a sus nietos. Llegará el día en el que nadie recuerde qué era una pista de Circo, o en el que emocionarse con “Luces de Bohemia” en escena sea solo un eco de algo que nos contaron. Llegará ese día en el que la música no pueda sentirse en directo… Solo con el inconformismo y con la lucha que siempre ha caracterizado a los más débiles (políticamente hablando) se conseguirá que lo irracional, lo emocional, lo visceral, lo turbador… le ganen la batalla al reino de la ignorancia en el que acabamos de entrar. Un reino en el que el derecho de pernada se ejecuta de la forma más sibilina posible: bajo la máscara de la democracia y la pantomima de una unión socio-política.
¿Hay algo más que añadir? #porlacultura y #laculturanoesunlujo quizás solo sean camisas de una moda digital y hypster en cuanto a sus formas pero mantienen el alegato de lo que queremos para nuestra sociedad y para nuestras almas. Como un presagio de lo que iba a ser, cada entrada de este blog quiso ser un “brick” en ese “wall” al mejor modo de Roger Waters, la única canción que ahora resuena en mi cabeza. Y ahora más que nunca vuelvo a aquellas lecciones no regladas de Historia del Arte: “Culturita, nenes, culturita”.
Pink Floyd: “Another Brick in the Wall” (1979)

ALQUIMIA SONORA
