DIÓGENES Y MIS CDS
-A ver si vas a hacer ahora como el Pít ese, el de la modelo… Mi madre se refería a Pete Doherty, y la modelo era sin duda Kate Moss. Y esta advertencia cargada de amenaza tenía que ver con que me había pillado haciendo fotos con el móvil y con alevosía dentro de las bolsas de basura. Debió pensar que el siguiente paso era, quizás, escribir estas líneas con mi propia sangre a chorretazos de jeringuilla. No iremos tan lejos de momento. ¿Pero cómo le explicas a tu madre que acabas de darte cuenta de que necesitas un último recuerdo gráfico de todo aquello de lo que ibas a desprenderte? Bolsas y bolsas llenas de Cds grabados que no solo ponían punto y final a un material que casi ya no usaba, sino también a toda una historia de aprendizaje sonoro a través de músicas prestadas…
Dios creó los discos duros para acabar con nuestro síndrome de Diógenes, ese que todos hemos sufrido alguna vez en mayor o menor medida. Al séptimo día creó Spotify y después cerró Megauploades varios. Convirtiéndome en la instigadora de un genocidio sonoro con tintes de limpieza étnica acabé con cientos de Cds grabados desde mi adolescencia. Solo los originales tenían el salvoconducto asegurado, incluidas esas ediciones soporíferas que editaban (esperemos que no con fondos desviados ni con inversiones de riesgo) la CAM o Coca-Cola entre otras marcas. El resto acabó, en el fondo de un contenedor de basura que, horas después, había escupido a la calle, quizás, los más indigestos: una sesión del Bora-Bora ibicenco se volvía a “tostar” pero esta vez al sol de las 14h sobre el asfalto.
Es un bonito ejercicio pasar un tiempo siendo conscientes de lo que hemos atesorado durante años. Llamadme narcisista, pero mirar cara a cara a esos Cds, ya fueran originales o no, me devolvió mucho de lo que había dejado de lado, el disfrutar sin tener que analizar o criticar la música y el ejercitar la memoria para hacer flashback emocionales a lomos de Gal Costa, Nirvana, Kid Loco, Los Peter Sellers, Ellos, Herbie Hancock, Damien Rice, Los Planetas, St. Germain o Billie Holiday… Con los originales era sencillo: saber por qué lo compré, quizás no recordar quién me lo regaló, o buscar una excusa para comprender por qué Olé Olé y sus grandes éxitos de gran superficie compartía portada y contraportada, codo con codo, con Edith Piaf y La Barbería del Sur.
Pero el verdadero trabajo de análisis arqueológico musical estaba en saber buscar el hueco histórico de los Cds grabados, de los pirateados durante años. Sí, ¿por qué voy a negarlo? He grabado, he regrabado, para consumo propio, para traficar en los pasillos de la facultad con novedades musicales… ¿Quién no ha sido camello sonoro? ¿Cuántas veces habremos dicho eso de “si quieres te lo dejo y te lo grabas” o aquello de “a ver si mañana te lo grabo”? Cd que acababa en mis manos, Cd que grababa, lo escuchara en el momento o lo dejara para más tarde. Con ese trabajo de escribanía clásica, a dos colores, en el que se detallaba el título de cada corte y su duración. Un trabajo minucioso lejos de las descargas y los “guardar como”, de las portadas escaneadas y de las listas de reproducción en internet… ¡¡Eso es de nenazas!!
Siempre he sido muy platonista, más que socratiana o que diogenista. Pero en esta ocasión he de reconocer que un síndrome me pudo. Y no es el de Darrin de nuestro compañero Mikel Labastida, sino el de Diógenes. Sí, el de las noticias, el de las montañas de basura. Ese mismo. Un síndrome de Diógenes con el que he seguido conviviendo a base de la entelequia tecnológica del P2P (también al margen de la ley, las cosas como sean), y del que he dejado atrás una parte, la física. En esas bolsas que mi madre me pilló fotografiando cual Jasper Johns no solo se iban grupos, canciones, recopilatorios, errores, aciertos,… sino también un poco de lo aprendido con ellos. Kusturica, Clint Mansell, Sabina, Fat Boy Slim, los Rolling, Cesaria Evora, The Strokes, Belle and Sebastian, Weezer, Streisand, Piratas, Dorantes,…
Y entre todos ellos uno descuidado, con un tachón superlativo que indicaba la rapidez con la que fue rotulado, sin prestar atención a lo que luego contendría aquel trabajo. Un “Stand by for transmission” de unos desaparecidísimos Loise Lane… “Joder, Loise Lane”, pensé mientras intentaba escanear (cual Luz Casal) entre mis recuerdos quién me lo dejó o cómo llegó a mis manos. Como pistas para llegar a mi respuesta, un Cd rotulado con una letra familiar pero que no era la mía… “Creo que este me lo grabó Alfredo… pero ¿y él de dónde los sacó?”. Buscando información sobre los mallorquines no fui capaz de encontrar nada que me llevara a localizarles. Amanda Z. Wray, Toni J. G. Palmer, Pedro Ríus y Biel Mavet Amengual, por lo visto, fueron los responsables de aquella mezcla entre electrónica, rock, metal… Coetáneos del “Chup Chup” de Australian Blonde o del “Devil came to me” de Dover, perecieron casi al igual que todas aquellas bandas de la época. Y, trascendiendo a todo esto de los Cds, de mi diogenismo y demás subtemas sonoros, y tras publicar en redes sociales una foto de ese Cd en concreto, el de Loise Lane, recibo una notificación de “alguien” que me dice “es el primer Cd que me regalaste”… Iván, ¿tendrías unos 10 años cuando te regalé ese Cd también pirateado (claro)?… ¿y aún lo recuerdas?. Ahora, sobrepasadas ya las dos décadas, seguro que él también adolece de ese síndrome de diógenes… quizás por culpa mía… Definitivamente, solo la música es capaz de conseguir esto…
Y después de deshacerme de ese legado bastardo y de repasar aquellos que salvé de la quema, descubrí que me empeñé en confiar en cada trabajo que el inglés Robbie Willams editaba esperando que elevara el nivel del “Sing when you are winning” o del “Escapology”… Pero ni “Rudebox” ni “Intensive Care” lo consiguieron. Me dí cuenta también de que ya en 1998 “Rufus Wainwright” me había conquistado antes incuso que “Poses”, “Want one” o su continuación en “Want two”. Y corroboré que Ismael Serrano había ido yendo a menos en mi pulsión emocional hasta frenarse en ese “Sueños de un hombre despierto” con una “Sesión continua” a ritmo de bossa… Pero lo más inquietante, quizás fue sorprenderme sonriendo al reproducir el “A luz de tieta”, primer corte de la banda sonora de “Tieta do Agreste” (Carlos Diegues, 1996) y recordar de memoria cada verso en portugués… Caetano, Vinicius, Getz, Elias, Jobim, Toquinho o Calcanhoto fueron los culpables de que un día decidiera apuntarme a portugués (sin éxito ninguno, lo reconozco).
Como una señal, al día siguiente de bucear entre esta vorágine pirata, me topé en el patio de la calle con una de las carátulas que escribía a mano. Emir Kusturica and the no smoking orchestra… ¿Cómo había aparecido allí un día después? Me quedé mirando mi letra y pensando en si recogerla o no… Renegué de ella y quedó como que no la conocía de nada… Ni a ella ni a los 4 o 5 Cds que alguien esparció por el suelo cercano al contenedor… Sin embargo en ellos iban años de música… El síndrome de Diógenes en realidad hace referencia a lo contrario que postulaba Diógenes, el cinismo clásico, la búsqueda de la felicidad a través de una vida simple y sin necesidades materiales. Así que en realidad no hay síndrome que valga ni Diógenes que nos guíe. La música en sí misma, es la que marca mi devenir o la que lo ilumina como esa “A luz de Tieta”. Después de todo, creo que mi madre sigue pensando que mi siguiente paso será escribir con mi propia sangre… Quizás tenga razón y sí vaya a hacer ahora como el “Pit” ese de la modelo…
Caetano Veloso y Gal Costa: “A luz de Tieta”
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paquitor
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http://www.alquimiasonora.com Amalia Yusta

ALQUIMIA SONORA
