Octavio Vicent plantó hace muchos años su Coloso de Rodas en la plaza del Ayuntamiento. Una ráfaga de viento y tal vez un armazón no calculado a la perfección tumbó aquel gigante de treinta metros de altura en el momento en que las grúas ensamblaban las últimas piezas. En segundos quedó destrozado en el suelo. Sólo se salvó intacta la cabeza. Amigos y colaboradores decidieron dar forma a un improvisado monolito de idéntica altura sobre el que se erigió el busto de la mítica escultura. Al menos la más representativa de nuestras fallas tendría su monumento. Al año siguiente el mismo artista construyó un nuevo Coloso, desafiándose a sí mismo, esta vez más grande y más alto. Con un ave fénix a sus pies, resurgiendo de sus propias cenizas. Ése es el espíritu de la plantà.
José Pascual, Pepet, el mago de los fantásticos equilibrios, cada año asombraba con una composición imposible de tenerse en pie. Cuando plantó su demonio en la plaza de
Ni se inmutó Pepet al año siguiente. Continuó con sus equilibrios imposibles y ni uno sólo se vino abajo por más que la ley de la gravedad así lo aconsejara. Eran las seis de la mañana cuando en la plaza del Ayuntamiento terminó de plantar las figuras sobre el rostro de Sorolla. Su hijo le gritaba desde el suelo…
- Pare ya está allà dalt. Ya está arriba!
Él subió al último peldaño de la escalera de bomberos, movió con fuerza las figuras que, crujiendo, pareciendo romperse, se terminaron de acoplar. Bajó lentamente, dio varias vueltas alrededor aegurándose de que aquéllo estaba en pie. Sí, estaba en pie, imposible, pero estaba en pie. Una vez cerciorado se acercó a nosotros, nos susurró al oído, levantó la mano señalando las esculturas igual que mi abuelo cuando me llevaba de pequeño también de noche. Nos dijo como un niño travieso…
- Això ho ha fet un loco. Éso… éso lo ha hecho un loco!
El loco era él y un grupo más de locos vagando por allí. Y tambien nosotros que dos horas después debíamos fichar en
A Manolo Martín le tocó la difícil tarea de inaugurar nuevo emplazamiento tras el traslado de Na Jordana a la plaza del Portal Nou pues era casi (solo casi) imposible ubicar la falla en aquel cruce angosto de callejuelas viejas. Los vientos desconocidos en la nueva plaza destrozaron el guerrero que debía salvar al mundo. Jamás vi un despliegue de amigos artistas tan unánime y emocionante. El guerrero se salvó, se plantó y hasta obtuvo premio. Alguna parte de mundo tuvo que salvar. El globo terráqueo sobre el que daba vueltas la serpiente ya no giraría, el mecanismo no pudo arreglarse, pero no importa, nadie lo supo. El héroe salvó una parte de mundo. Éso sí importa. Es el espíritu de la plantà.
Alfrdo Ruiz Ferrer, mi admirado Alfredo. El gran innovador, el genio que se adelantó varias décadas a su tiempo. Plantó una de sus fallas diferentes, vanguardistas en Quart-Palomar, detrás de mis torres, en la plaza de Santa Úrsula, donde las cotorras saludan a quienes acaban la fiesta en los pubs del Carmen y los murciélagos intentan escalar balcones como romeos enamorados. Era tan diferente aquel pequeño monumento que ni siquiera tenía apenas base que permitise al fuego crecer y consumirse. No es fácil quemarlas. Hasta para quemarlas hay que tener lo que hay que tener. Saltó la valla de seguridad, se metió dentro de su propia falla, sabía que sólo él sería capaz de quemarla. Empezó a destrozarla casi con rabia, amontonando las piezas con sus manos hacia el centro, creando una gran hoguera en la que finalmente el fuego prendió, salvándose un instante antes. Él fue quien la creó y él fue quien la quemó. Nadie más. Nadie más. Es el espíritu de la plantà.
Martínez Mollà luchaba con su dragón de fuego en
El joven Monterrubio, Julio Sergio, se disponía a dar las últimas pinceladas a la última figura de la última pieza de uno de sus modernistas monumentos. Las grúas impacientes. El gentío expectante en la plaza del Pilar. Los primeros rayos de sol asomaban por detrás del campanario de la iglesia. Él continuaba como si nada ocurriera, el tiempo se había detenido en su reloj y en su mente. Y todo lo demás también. No escuchaba ni veía nada más que lo que estaba haciendo. Debía darle las pinceladas a aquellas figuras. Debía hacerlo. Nadie se fijaría en esos pequeños detalles a más de treinta metros de altura…
- Déjalo, nadie lo va a ver!
Él si. Y ni una grúa se movió hasta que finalizó el último retoque. Es el espíritu de la plantá.
Paseo a menudo por las plazoletas donde un día se erigieron esos monumentos y creo atravesar fantasmas porque cada figura está allí.
Allí y en mi memoria.
Nunca muere lo que una vez existió.


