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	<title>LA LLUVIA Y EL MILAGRO | Pajuelo: la chispa - Blogs lasprovincias.es</title>
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	<description>Por Carlos Pajuelo</description>
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		<title>LA LLUVIA Y EL MILAGRO | Pajuelo: la chispa - Blogs lasprovincias.es</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Nov 2016 09:19:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Pajuelo</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><strong>LA LLUVIA Y EL MILAGRO</strong></p>
<p><strong>        Ayer llovía y eso que en el Norte gallego, o en otro Norte, no es noticia, a mí me puso contento y mire usted por dónde me fui a la calle, a hacer cosas que tenía que hacer y me fui andando con paraguas; es uno muy grande que parece de portero de hotel acompañando a los viajeros hasta la puerta- (el hotel debe ser como mínimo de 4 estrellas y debe estar en el extranjero, porque aquí ni flores).  Vuelvo a lo mío.</strong></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p><strong>        Como es natural, se sabe desde el Cid, que en Valencia cuando caen tres gotas y media, los imbornales, que sufren lo suyo porque no tienen normalmente agua que llevarse a la boca, se dan una panzada y se indigestan de agua con tropezones y ya no tragan y los charcos acumulados se trabajan las aceras y los bordillos, llegando el charco a media calle.</strong></p>
<p><strong>        Yo tenía sufrido el charco sobre mí, o sea estaba avisado y permanecía pegado a la fachada de la casas frente a los semáforos para esperar el verde peatonal y salir indemne. No señora. Nada, que si quieres arroz, toma tres tazas.</strong></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><strong>         Pese a todo el “cochecito” de los huevos, aprovechando el ámbar, se cuela y me deja un extraordinario manchón de agua sobre pantalón gris. </strong></p>
<p><strong>        No digo nada, pero creo que en la mirada se nota. La señora que está a mi lado enarca las cejas y mueve la cabeza y frunce los labios en un intento de conmiseración; ella, más lista, se había puesto detrás de mí. Saben mucho las amas de casa y debía serlo por la carmela que arrastraba todavía vacía.</strong></p>
<p><strong>        Busco aceras más anchas, pero Ribó no ha llegado a mi barrio. Sorteo mediante juegos de sube y baja paraguil los otros compañeros de acera estrecha, también hago mucho juego de caderas lo que me ahorra la clase de baile, el zumba ese u otro que me dicen que debo tomar para flexibilizarme.</strong></p>
<p><strong>        No quiero cansarles. Lo he pasado bien. Regreso en bus y he cogido una largo de esos que parecen dos, unidos por una goma central y he contemplado el milagro del día. Un joven le cede el asiento a una señora.</strong></p>
<p><strong>        Vuelvo a casa hecho una sopa, pero contento. Ha llovido y he visto un milagro. Seguiré…creo.</strong></p>
</body></html>
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