{"id":456,"date":"2011-06-17T12:17:03","date_gmt":"2011-06-17T10:17:03","guid":{"rendered":"http:\/\/firmas.lasprovincias.es\/javiermartinez\/?p=456"},"modified":"2011-06-17T12:17:03","modified_gmt":"2011-06-17T10:17:03","slug":"la-chatarra-nuestra-de-cada-dia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.lasprovincias.es\/javiermartinez\/2011\/06\/17\/la-chatarra-nuestra-de-cada-dia\/","title":{"rendered":"La chatarra nuestra de cada d\u00eda"},"content":{"rendered":"<p>La chatarra es su medio de vida. El joven rumano empuja un carro de supermercado cargado de hierros, cable de cobre y enseres viejos. Los ciclistas que circulan por el carril bici tienen que sortearlo para no chocar. Georgeu B. se dirige a un almac\u00e9n de la pedan\u00eda de La Punta para vender los metales.<\/p>\n<p>La escena se repite casi todos los d\u00edas junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Valencia muestra entonces su cara m\u00e1s humilde. Como si de un peque\u00f1o ej\u00e9rcito de pobres se tratara, medio centenar de indigentes, algunos en compa\u00f1\u00eda de ni\u00f1os desali\u00f1ados, caminan con su chatarra para conseguir un pu\u00f1ado de euros. Su pan de cada d\u00eda.<\/p>\n<p>La mayor\u00eda de estas personas son inmigrantes rumanos que malviven en casas abandonadas o asentamientos de chabolas junto a las v\u00edas del tren en San Isidro, Malilla, la Fuente de San Luis y cerca del Oceanogr\u00e1fico.<\/p>\n<p>Sus nombres no aparecen en ning\u00fan padr\u00f3n. Trabajan en la econom\u00eda sumergida, piden limosna de forma organizada o recogen chatarra. Tambi\u00e9n sustraen cable de cobre para luego venderlo en el mercado negro. La polic\u00eda ha desmantelado en los \u00faltimos a\u00f1os varios grupos que robaban el preciado metal. Los ladrones eran chabolistas sin apenas recursos econ\u00f3micos.<\/p>\n<p>Las autoridades no tienen datos precisos sobre el n\u00famero de personas que residen en asentamientos ilegales en la Comunitat Valenciana. Seg\u00fan fuentes de la concejal\u00eda de Bienestar Social del Ayuntamiento de Valencia, unas 200 familias viven en casas y f\u00e1bricas en ruinas, caba\u00f1as construidas con materiales de deshecho y autocaravanas aparcadas en zonas sin urbanizar de la ciudad.<\/p>\n<p>El censo se actualiza cada a\u00f1o, pero no refleja datos reales debido a los continuos cambios de residencia de los clanes. Muchos de estos indigentes rechazan la ayuda de los Servicios Sociales. Aceptarla supone la obligaci\u00f3n de dejar atr\u00e1s su medio de vida: el nomadismo al amparo de la venta de chatarra y trabajos espor\u00e1dicos en el campo.<\/p>\n<p>Intentar que se establezcan en un sitio determinado, donde no causen molestias y tengan al mismo tiempo unas mejores condiciones higi\u00e9nicas, es lo \u00fanico que suelen hacer los ayuntamientos. Seg\u00fan fuentes municipales, perseguirlos al amparo de multas no tiene sentido, ya que son insolventes y no se les puede embargar nada.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, la laguna jur\u00eddica es grande al tratarse de ciudadanos de la Uni\u00f3n Europea con derecho a la libre circulaci\u00f3n por Espa\u00f1a. Sin embargo, el debate sobre la expulsi\u00f3n de los inmigrantes gitanos en Francia se reaviva tambi\u00e9n en algunas ciudades de la Comunitat. \u00abHay quien explota una sensaci\u00f3n de inseguridad en torno a los delitos menores que puedan cometer algunos miembros de los clanes rumanos, pero no podemos aseverar que haya grupos racistas en Valencia\u00bb, sostiene un inspector jefe de la Polic\u00eda Nacional.<\/p>\n<p>Nadia I. ha vivido ese rechazo en sus propias carnes. Lleg\u00f3 a Valencia en 2006 huyendo de la pobreza de Ruman\u00eda y buscando mejoras sociales en nuestro pa\u00eds que nunca llegaron. \u00abMe aconsejaron que no pusiera mi etnia gitana en el curr\u00edculum para encontrar trabajo m\u00e1s pronto, pero nadie me contrata\u00bb, dice la joven.<\/p>\n<p>Sin empleo y sin un techo fijo, la mayor\u00eda de las familias gitanas de los asentamientos de Valencia recurren a la chatarra para sobrevivir. El cobre y los hierros que recogen en la calle se convierten en su pan de cada d\u00eda.<\/p>\n<p>Pero la competencia es dura hasta en la miseria. Algunos clanes se disputan la comida caducada, los hierros de las viejas f\u00e1bricas y los contenedores de ropa. Y por eso hacen guardia a la hora que las tiendas y supermercados tiran los productos perecederos.<\/p>\n<p>Los empujones, las amenazas y las discusiones son frecuentes. Sin miramientos, varones o mujeres, adultos o menores, protagonizan incidentes en plena calle. Los testigos y vecinos llaman a la polic\u00eda para evitar males mayores. Minutos despu\u00e9s, cuando llegan las primeras patrullas, los implicados huyen a la carrera o se niegan a presentar denuncia.<\/p>\n<p>\u00abCada familia solemos tener nuestra zona para recoger chatarra. El problema es que algunos pasan antes que t\u00fa y se llevan todo lo que hab\u00eda servible en el contenedor\u00bb, se queja Nadia. \u00abEso tampoco es justo\u00bb, a\u00f1ade la joven.<\/p>\n<p>Malvive en una chabola<\/p>\n<p>Un viejo toldo de cami\u00f3n atado a varios somi\u00e9res y vallas es el \u00fanico techo que tiene Enrique G., un hombre de etnia gitana que malvive en una chabola junto al moderno complejo de oficinas de la Ciudad Ros Casares.<\/p>\n<p>\u00abHay mucha humedad, pero no me mojo cuando llueve. El agua resbala por la lona y cae fuera\u00bb, explica Enrique. \u00abTengo luz, dos televisores, un v\u00eddeo y una peque\u00f1a cocina de gas butano. Lo \u00fanico que me falta es agua, pero hay una fuente cercana\u00bb, asevera con resignaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Su hermana vive en otra caba\u00f1a contigua de las mismas dimensiones: unos 20 metros cuadrados. \u00abSole es la \u00fanica compa\u00f1\u00eda que tengo. Nuestra madre muri\u00f3 hace seis meses en una residencia de Manises\u00bb, afirma el chabolista.<\/p>\n<p>\u00abSole, \u00bfcu\u00e1ntos hermanos tenemos?\u00bb, pregunta Enrique mientras trata de recordar el n\u00famero de familiares. \u00abCreo que somos seis o siete, pero cada uno va por libre\u00bb, a\u00f1ade.<\/p>\n<p>Sus problemas con las drogas en los a\u00f1os 80 y una grave enfermedad le dejaron secuelas. \u00abAhora llevo ya diez a\u00f1os sin meterme nada malo en el cuerpo. Antes fumaba hero\u00edna y las putas eran mi perdici\u00f3n. Me infect\u00e9 por eso\u00bb, asegura Enrique con el rostro cariacontecido.<\/p>\n<p>De c\u00f3mo se gana la vida prefiere no hablar. \u00abLa verdad es que trabajo poco. Recojo chatarra y recib\u00ed durante un tiempo una pensi\u00f3n contributiva de esas de la Seguridad Social\u00bb, comenta Enrique.<\/p>\n<p>Y se arrepiente de muy pocas cosas. \u00abYo soy feliz con lo que tengo. Quiz\u00e1s podr\u00eda haberme esforzado m\u00e1s para aprender a leer y escribir. Ser analfabeto es como estar ciego, pero es lo que hay\u00bb.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La chatarra es su medio de vida. El joven rumano empuja un carro de supermercado cargado de hierros, cable de cobre y enseres viejos. Los ciclistas que circulan por el carril bici tienen que sortearlo para no chocar. Georgeu B. se dirige a un almac\u00e9n de la pedan\u00eda de La Punta para vender los metales. La escena se repite casi todos los d\u00edas junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Valencia muestra entonces su cara m\u00e1s humilde. 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