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	<title>Amigos epistolares | iPou 3.0 - Blogs lasprovincias.es</title>
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		<title>Amigos epistolares | iPou 3.0 - Blogs lasprovincias.es</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Aug 2010 07:04:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>María José Pou</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Arsénico por diversión]]></category>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p style="text-align: justify"><a href="/mariajosepou/wp-content/uploads/sites/4/2010/08/syd-5apupryqwtk88usledo_layout.jpeg"><img loading="lazy" class="alignleft size-medium wp-image-417" src="/mariajosepou/wp-content/uploads/sites/4/2010/08/syd-5apupryqwtk88usledo_layout.jpg" alt="" width="300" height="203"></a>Con tanta Blackberry, HTC, iPhone y otros móviles que sirven para escribir en Internet desde la playa, el supermercado, el atasco y hasta el W.C, hay amigos con los que te reúnes para nada. Quedar con ellos es como ir a una rueda de prensa sin preguntas: terminas leyendo lo que está escrito, tal y como pueden hacer cientos de miles por Internet. O sea, si hay que ir se va pero ir ‘pa’ ná’ es tontería.</p>
<p style="text-align: justify">Y el caso es que se les ve venir. Primero, porque no te llaman como toda la vida. No me refiero a pegar dos gritos desde la calle al estilo «¡Joshua!» sino a levantar el auricular. ¿He dicho ‘levantar’? Uy, qué antigua. Quiero decir teclear el número en el móvil. No. Optan por mandarte un SMS.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p style="text-align: justify">Hubo un tiempo en que alguien auguró una nueva Edad de Oro de las Letras Españolas porque Internet y el móvil incitaban a escribir y leer. Lo que desconocían los ilusos que dijeron eso es que no se escribe ni se lee. Se encripta y se traduce porque a mí que no me digan que esto es español: «kdms?! Xk no?? Km m dgs k n, I kll u, xfa xfa xfa!». Pues lo es. Incluso tiene faltas de ortografía. Quién lo diría.</p>
<p style="text-align: justify">Con esto una ha de viajar a Londres para consultar la Piedra Rosetta y acabar averiguando que el tipo pretende quedar a tomar algo. Y quedas. Te sientas, y tu amigo, conforme va dejando caer el trasero en la silla saca su . ¡que nadie se asuste! Es más grande, más duro y más activo. Es su móvil. Lo deja en la mesa, aparentemente, para no aplastarlo con las posaderas pero es un truco. Lo quiere ver. Quieres que lo veas. Y sobre todo, necesita saber si alguien le busca. O él busca a alguien. O alguien busca a alguien. En una palabra, lo necesita allí. Entre los dos.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p style="text-align: justify">A partir de ese momento, suena una música que interrumpe la conversación: un SMS. Otro timbre: una llamada entrante. Un soniquete desconocido: alguien ha comentado su foto en Facebook. Uno más: a alguien le gusta su estado.</p>
<p style="text-align: justify">Mientras tanto estás intentando seguir un hilo argumental pero cada dos frases, él dirige la mirada a la pantalla. Y aún te dice: sigue, sigue. Yo te escucho. Mentira. Te oye de fondo.</p>
<p style="text-align: justify">Cuelas una idea de refilón y suenan soniquetes: uno, dos, tres, cuatro y así hasta 17. Es que son 17 los amigos a quienes les gusta su foto. Y se lo dicen.</p>
<p style="text-align: justify">Y lo peor no es que ellos pretendan que lo sepa sino que él no puede esperar a llegar a casa para saberlo. Al final, te dan ganas de tirarle la leche merengada por la cabeza mientras gritas: «Ahora sí digo ¡Me gusta! Y seguro que a tus 17 amigos, también»</p>
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