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		<title>La violencia soterrada</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Jun 2013 21:43:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>María José Pou</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><a href="/mariajosepou/wp-content/uploads/sites/4/2013/06/Clement-Meric_54375412926_54374916805_576_694.jpg"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignleft size-medium wp-image-5216" title="Clement-Meric_54375412926_54374916805_576_694" src="/mariajosepou/wp-content/uploads/sites/4/2013/06/Clement-Meric_54375412926_54374916805_576_694.jpg" alt="" width="248" height="300" srcset="https://blogs.lasprovincias.es/mariajosepou/wp-content/uploads/sites/4/2013/06/Clement-Meric_54375412926_54374916805_576_694.jpg 575w, https://blogs.lasprovincias.es/mariajosepou/wp-content/uploads/sites/4/2013/06/Clement-Meric_54375412926_54374916805_576_694-249x300.jpg 249w" sizes="(max-width: 248px) 100vw, 248px" /></a>Acostumbrados, como estamos a ver episodios de violencia en contextos ajenos, nos resulta difícil asimilar que ésta viva cerca. Normalmente esos acontecimientos tienen lugar en sociedades expuestas a situaciones límite. La griega y sus recortes extremos; la birmana y su represión; la iraquí y su guerra perenne, son casos que no nos sorprenden y que vemos con resignación, como si fuera natural que hubiera enfrentamientos, cargas policiales, asesinatos o venganzas.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Sin embargo, cuando lo tenemos al lado y ocurre en nuestras sociedades avanzadas, serenas y maduras, casi no sabemos cómo reaccionar. En estos días hemos asistido a protestas ciudadanas violentas en países del norte de Europa, el ejemplo de democracia, convivencia y ausencia de conflicto social. En Suecia, hubo disturbios graves en un barrio con población musulmana; en Dinamarca, problemas constantes con paquistaníes y somalíes; en Noruega, el atentado terrible de Breivik en la isla de Utoya. Hace un año, sobre la comunidad judía de Toulouse y ayer mismo sobre un joven militante de izquierdas en París.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Ya no es la dura Afganistán ni milicias de las FARC o narcos mexicanos. Es Europa. Es el corazón de un continente que presume de tener controlados a esos grupos extremistas que no saben convivir con “el otro”, sea un judío en Francia, un liberal en Oslo o un musulmán en Amsterdam.</p>
<p>Nuestro continente, que ha visto -no hace tanto- un intento de exterminio sistemático y organizado de un grupo en los campos nazis, queda aturdida ante sacudidas como ésa. El riesgo es no reaccionar adecuadamente y con contundencia frente a lo que parece un incremento de una extrema derecha violenta y excluyente. No basta como mirar las cifras electorales y preocuparse por que un partido como el griego Aurora Dorada llegue al poder y sus “hermanos” europeos estén a punto de hacerlo. Es necesario vigilar y cortar de raíz a estos otros “lobos solitarios”. De lo contrario asistiremos a un constante enfrentamiento social con víctimas inocentes. Y nos quedaremos mirando, horrorizados.</p>
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