En esta sociedad española nuestra que vive envuelta en el maniqueísmo, hoy hay una culpable, la infanta Cristina; un héroe, el juez Castro, y un malo de la película, el fiscal anticorrupción. Parece que necesitamos estas historias simples planteadas en términos de buenos y malos para sabernos tranquilos.
No seré yo quien deje de exigir que se cumpla la máxima del Rey de que la justicia es igual para todos. Es una pena que provenga del único ciudadano que no responde ante ella pero bien está si consigue que se cumpla para todos los demás. Y es importante porque hay algo en el texto del juez Castro que parece autojustificarse así, aludiendo a que debe cumplirse el mandato real. Es ese momento en que admite que ninguno de los indicios por separado tienen suficiente entidad para imputar a la infanta, no obstante lo hace por la visión de conjunto y casi al final, es decir, en tiempo de descuento. Así parece cuando dice que si se cerrara la instrucción sin este paso se cerraría en falso.
Un poco más adelante se encuentra otro elemento que pone en duda la visión maniquea de las noticias en torno a la imputación de la infanta. Es curioso que el auto de un juez envíe un mensaje a quienes pueden criticarlo. ¿Lo hacen todos los jueces? Una cosa es argumentar para explicar la decisión tomada y otra, para excusarse ante los críticos. Sin embargo lo que encontramos en el auto de Castro es más lo segundo que lo primero.
Solo hay un dato que puede resultar más convincente si bien no parece tan contundente como para citar a alguien en calidad de imputado. Es la pregunta que deja en el aire al señalar cómo es que el rey lo sabía e indicó que Urdangarín se apartara de Noós y su hija, casada con éste, no. Es la gran duda del auto. La que ha estado flotando desde el principio y la que haría, si la Constitución no lo impidiera, que el rey fuera escuchado como testigo.
Demasiada duda como para asegurar que el fiscal se equivoca recurriendo o que la infanta debe ser juzgada por aprovechada. Dudas que empañan la bonita historia de buenos y malos que nos hemos fabricado.