No hablo íbero. Ya me gustaría, que una es aficionada a aprender cosas inútiles y tan contenta. Pero no. Ni sé ni tengo intención de estudiarlo en breve, si es que hay alguien que sepa descifrarlo.
Quizás es porque, para usar lenguas muertas, prefiero el latín que ni está enterrado ni es ajeno a mi hablar cotidiano. No digo yo que vaya por la calle y en lugar de acordarme de la profesión materna del ciclista que afeita los bigotes a Whisky de un frenazo, le espete un “¡vervex, filii canis est!”. No llego a tanto, aunque ¡por Tutatis! que lo tengo que probar. Lo digo porque el latín es la base de todo lo que usted lee en esta página. Incluido el valenciano que, de cuando en cuando, asoma.
El íbero no me da juego. ¿Con quién hablo yo íbero, si me pongo? ¿Con un antepasado, llamándole por güija a cambio revertido? A cambio, hablo valenciano y, para disgusto de muchos, eso me ha permitido entenderme en catalán y en italiano.
Supongo que ahora es cuando dicen que si he podido es porque no es valenciano sino catalán impuesto por las hordas catalanistas. No les quito la razón pero es el mismo que me permite hablar con Ana, que me elige los mejores tomates del mercado bajo un ibérico “això és pata negra, dels que a tu t’agraen”; con la señora Amparo que siempre me pregunta “¿cóm estàs, bonica?” antes de elegirme la bajoqueta, o con Conchín, que vende pollos asados muy cerquita y nunca le falta un “¿com està ta mare?”.
El caso es que toda esta polémica me suena tan forzada, inconveniente, inoportuna, arcaica y barriobajera que solo puedo pensar que tiene una finalidad electoral. Ay, soy así de madrastrablancanieves. Le pregunto al espejito mágico y me dice: “tú eres la más lista” (que para eso lo subvenciono). Y luego apunta: “seguro que ya has pensado que todo esto no es gratuito”. Pues sí. A mí me suena a movilización de las bases anticatalanistas para anclarse a puerto cuando la barca está a punto de zozobrar. Y el espejo sonríe y dice, por lo bajini: “eres la peor de las malas del Reino”. Y le doblo el sueldo.