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	<title>Reinterpretando el mapaUncategorized &#8211; Reinterpretando el mapa</title>
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		<title>Sevilla: ni canta ni baila, pero no se la pierdan</title>
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		<pubDate>Thu, 01 May 2025 20:19:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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<p>No recordaba que ya habían pasado cinco años (¡se dice pronto!) sin escribir en este blog. Pero aquí estoy de nuevo, escribiendo mientras preparo el equipaje para la inminente Feria de Abril de Sevilla. Esa ciudad, que huele a azahar y al fino derramado en las casetas, me ha recordado este espacio para hablar del mundo. El bullicio del Real de la Feria —con sus farolillos, caballos engalanados y el son de la música— cuenta decenas de historias. En Sevilla la primavera se vive de noche tanto como de día, y el tiempo se desvanece entre sevillanas y palmas.</p>



<p>Pienso en recorrer las calles efímeras del Real en el barrio de Los Remedios, un entramado de avenidas con nombres de toreros legendarios. Cada año, una nueva ciudad de casetas surge por una semana: arquitectura improvisada de lona y madera, llena de vida y tradición. A un lado se alza la portada majestuosa iluminada por miles de bombillas. Al otro lado, contrastando con las atracciones estridentes de la calle del Infierno, están las luces de la ciudad permanente: la silueta de la Giralda recortada contra el cielo violeta del atardecer y, un poco más lejos, la moderna Torre Sevilla insinuando que la ciudad sigue evolucionando mientras revive sus tradiciones.</p>



<p>La Feria nació en 1847 como mercado de ganado, iniciativa de un vasco y un catalán, y su primera edición se celebró en el Prado de San Sebastián. Pronto los comerciantes se quejaban de que los cantes y bailes interrumpían las negociaciones, y la feria mercantil acabó convirtiéndose en una fiesta popular. Con el tiempo se trasladó al barrio de Los Remedios (1973) y creció hasta rebasar el millar de casetas, perdiendo el ambiente rural para ser plenamente urbana, aunque jinetes y enganches evocan su origen agrícola.</p>



<p>Pienso en todo lo ocurrido en este largo paréntesis. El mundo cambió, hemos tenido pandemia, inundación y hasta apagón, pero la permanencia del efímero Real nos recuerda la continuidad de la vida. La Feria de Abril, tras aquellos silencios forzosos de hace un lustro, sigue brillando. Al compás de un pasodoble, Sevilla susurra que nunca es tarde para retomar el camino. Bajo la luna de abril y entre farolillos, este blog vuelve a cobrar vida al calor festivo de una ciudad que baila, sueña y no olvida.</p>
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		<title>Doce lugares para visitar en 2021</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Dec 2020 19:48:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Mazzorbo En el extremo norte de la laguna de Venecia, la isla de Mazzorbo es un pedazo de tierra olvidado camino de las muy célebres Burano y Torcello.  Un puñado de casas de colores, no tan vivos como en la isla vecina, dan la bienvenida a los viajeros que descienden del vaporetto en la Fondamenta [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Mazzorbo</strong></p>
<p>En el extremo norte de la laguna de Venecia, la isla de Mazzorbo es un pedazo de tierra olvidado camino de las muy célebres Burano y Torcello.  Un puñado de casas de colores, no tan vivos como en la isla vecina, dan la bienvenida a los viajeros que descienden del <em>vaporetto</em> en la Fondamenta di Santa Caterina, en cuyos dos extremos están el campanario desvencijado la iglesia de lo que fue un pueblo casi aislado en la laguna a cerca de una hora de navegación de la ciudad. El resto de la isla, de forma rectangular, lo pueblan los campos de cultivo tradicionales que le dan un ambiente tranquilo y rural desconocido entre las turistificadas calles de la Serenissima. La Strada del Cimitero, un delicioso camino entre olmos blancos a orillas de la laguna frente a las costas de Burano, con la que está conectada por un puente peatonal es ideal para el <em>pique-nique</em> frente a las tradicionales <em>briccole</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El Cementerio de Arlington</strong></p>
<p>Saludando a la capital americana desde el lado opuesto del inmenso Potomac, el cementerio de Arlington es el lugar de reposo de los héroes americanos y, pese a ser un atractivo turístico renombrado y de colosales dimensiones, el profundo respeto que infunde el lugar lo convierte en un espacio de reflexión y silencio. Además de la tumba de los soldados desconocidos, el memorial del presidente Kennedy o la conocida escultura de Felix de Weldon representando a seis marines izando la bandera de las barras y las estrellas sobre Iwo Jima, cualquiera de las praderas pobladas de lápidas de militares fallecidos siempre demasiado jóvenes será un buen lugar para recordar las cosas de verdad importantes, aunque este año nos haga menos falta.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Èze</strong></p>
<p>Con una vista privilegiada de la Costa Azul y de la península que ocupa el exquisito pueblo de Saint-Jean-Cap-Ferrat, donde veraneaba la familia Rothschild, la villa medieval de Èze domina desde su promontorio en la Grande Corniche, la carretera costera que une Niza y Mónaco, la parte más deseada de la costa francesa. Èze es un pueblo colgado sobre la montaña, de calles estrechas y muy empinadas, solo transitables a pie y con extrema precaución, que permanece impertérrito a los cambios incesantes que le rodean desde hace más de 1500 años y pasó la mayor parte de su historia bajo el dominio de los Grimaldi antes de integrarse en Francia. Uno de sus más ilustres visitantes, el filósofo Friedrich Nietzsche, que era un visitante habitual de la Riviera francesa, da nombre al escarpado sendero de montaña que une el pueblo con la playa, con un desnivel de 400 metros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La Biblioteca François Mitterrand </strong></p>
<p><strong> </strong>La segunda sede parisina de la Biblioteca Nacional francesa, la más importante del mundo junto con la del Congreso estadounidense, fue uno de los grandes proyectos de renovación de la capital que promovió el presidente Mitterrand, junto con la reforma del Louvre o la ópera de la Bastilla. El conjunto rectangular de cuatro torres de cristal dorado, diseñado por Dominique Perrault y que obtuvo el premio Mies van der Rohe, se abre al Sena por una inmensa escalera frente a la pasarela Simone de Beauvoir y el mítico puente de Bercy. El centro del conjunto lo ocupa un jardín formado por pinos adultos que se transplantaron desde uno de los bosques más bellos de la Normandía. A uno y otro lado, el 13º distrito de París, el más moderno de la capital, con su museo al aire libre inmensos murales, y el bohemio barrio de Bercy.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Sirmione</strong></p>
<p>En la provincia lombarda de Brescia, a mitad de camino entre la industrial capital y la romántica Verona, el pueblo de Sirmione es un tentáculo de tierra que se extiende dentro de la costa sur del lago de Garda. Su casco antiguo, en la estrecha lengua de tierra, recuerda de forma incesante a Venecia con el estilo de sus edificios y el trasiego de las barcas del lago. Su inónico castillo medieval, con los puentes levadiso y la dársena para barcos entre torreones, dan una imagen de cuento de hadas a pocos pasos de los lujosos balnearios de aguas termales y de la villa en la que Maria Callas pasaba sus vacaciones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Los dos Baarle</strong></p>
<p>Entre los Países Bajos y Bélgica, los pueblos de Baarle-Hertog y Baarle-Nassau no son municipios fronteridos sino que cabalgan sobre la frontera. Sin más interés que la propia curiosidad, la intrincada trama de la frontera -marcada por cruces en el suelo- que divide en mil pedazos al único núcleo urbano que constituyen los dos Baarle, con enclaves y un caprichoso trazado de la línea divisoria que hace que algunos edificios tengan dos puertas, una en cada país, o que la cafetería local pueda cambiar las mesas de lado para beneficiarse de la mayor libertad horaria del Estado vecino. Aunque no está lejos de Amberes ni de Róterdam y La Haya, y pese a no tener nada de especial, para un amante de las curiosidades geográficas la visita es más merecida que a cualquiera de las grandes ciudades de sus alrededores.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>El barrio europeo de Bruselas</strong></p>
<p>Aparentemente desolado el fin de semana, el barrio de Bruselas que acoge la mayoría de las instituciones europeas, a los dos lados de la Rue de la Loi, contrasta con el ambiente caldeado del centro histórico de la capital belga tanto como sus edificios de cristal de estilo internacional lo hacen con las exquisitas casas unifamiliares decimonónicas que ansían las familias de los funcionarios europeos en los márgenes de la Square Marie-Louise, un parque consagrado a su lago. Los juegos dominicales de los niños -en un inglés que no destaca en una ciudad francófona- en las calles frente al edificio Berlaymont, desde el que se gobierna la mayor democracia del mundo, se sustituyen el lunes por el trasiego de trabajadores y becarios.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Jersey City</strong></p>
<p>El <em>bridge and tunnel</em> con el que peyorativamente denominaban los neoyorquinos a sus vecinos de Nueva Jersey ha dejado paso en el frente costero de Jersey City a otro apodo: Wall Street West. A una sola parada de tren del World Trade Center, el barrio de Exchange Place se ha convertido en otro de los corazones en los que laten las finanzas estadounidenses. Las vistas increíbles del atardecer de Manhattan, las casas de ladrillos de Paulus Hook o el mítico reloj gigante de Colgate, hacen del Waterfront neojerseíta un interesante paseo a orillas del Hudson. El ferry que la conecta con el Brooksfield Place de César Pelli nos puede llevar de vuelta a la ciudad que nunca duerme en pocos minutos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Belfast</strong></p>
<p>Aunque en la isla de Irlanda es la ciudad de Dublín la que se lleva todas las miradas, la capital del Norte es una ciudad tranquila y curiosa, alejada del turismo que inunda a su homóloga meridional. Los murales que recuerdan tiempos pasados menos felices contrastan con la tranquilidad que se vive en las calles de la pequeña ciudad en la que el conflicto que ha padecido durante todo un siglo ha sido tan bien disfrazado en todas las heridas físicas que es casi imperceptible para el visitante. El mayor atractivo turístico de la capital norirlandesa es el museo dedicado al Titanic, que fue construido en un astillero de la isla, en el que se conserva el barco original -una pequeña replica del transatlántico- que emplearon los pasajeros irlandeses para embarcar en el buque durante su escala en Queenstown (ahora, Cobh).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Malmö</strong></p>
<p><strong> </strong>A la sombra de la vecina Copenhague, pero accesible desde ella por el puente que cruza el estrecho de Oresund uniendo Dinamarca con Suecia, la ciudad de Malmö es la hermana discreta -y barata- de la capital danesa. Su centro histórico, de pequeñas casas tradicionales del Báltico, en cambio, vence decisivamente a su ciudad gemela de la otra costa, además de estar mucho menos frecuentado. Cruzando el bello jardín cruzado por canales del castillo de Malmö nos conduciremos hasta el Turning Torso, el rascacielos retorcido de Santiago Calatrava que es icono de la ciudad, y al moderno barrio que se abre a sus pies, en la misma costa del estrecho de Oresund, cuyas aguas heladas desafían los locales lanzándose a nadar desde los espigones con la silueta imponente del puente en el horizonte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Girona</strong></p>
<p>Una de las más desconocidas de las pequeñas capitales españolas, la ciudad de Girona, es también una de las más sorprendentes. Las casas coloridas colgadas sobre el rio Onyar son el símbolo más reconocible de una ciudad de la que se habla más por el reciente conflicto político que por sus atractivos turísticos pero que, aun así, exhibe un curioso encanto entre lo provinciano y lo bohemio, que atrae a los artistas y profesionales de Barcelona en búsqueda de precios más bajos.  La trama metálica roja del puente Palanques Vermelles, diseñado por el mismísimo Eiffel, tiene que aparecer en cualquier fotografía de la ciudad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Fertilia</strong></p>
<p>En un extremo olvidado de la isla de Cerdeña, la región más olvidada de Italia, Fertilia es un barrio de la ciudad de Alguer -más conocida en España por ser teóricamente catalanófona, aunque nadie hable realmente la lengua de Ausiàs March-, constuido en 1936 bajo las ideas y el mandato fascistas para reubicar el exceso de población en la provincia peninsular de Ferrara y, más tarde, para albergar el éxodo italiano desde la Istria que se entregó a Yugoslavia. Su arquitectura y urbanismo son una representación perfectamente conservada -y de una clamorosa decadencia- de las teorías de la ciudad de los ideólogos fascistas.</p>
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		<title>Historias de la Rive Droite (IV): 16, rue Royale</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Nov 2020 20:07:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Los límites del París actual son los que trazó Napoleón III de la mano del barón Haussmann a mediados del siglo XIX, anexionando los pequeños municipios limítrofes con la capital y los dejó marcados en acero por el ferrocarril de Petite Ceinture, que rodeaba la ciudad y nos ha legado algunos de sus más bellos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los límites del París actual son los que trazó Napoleón III de la mano del barón Haussmann a mediados del siglo XIX, anexionando los pequeños municipios limítrofes con la capital y los dejó marcados en acero por el ferrocarril de Petite Ceinture, que rodeaba la ciudad y nos ha legado algunos de sus más bellos e insólitos lugares, desde el jardín elevado que sigue la antigua plataforma ferroviaria en el 12º distrito -la Coulée verte- a los paseos encajonados entre los taludes del viejo tren del 20º distrito. Allí, el antiguo borde de París, es hoy uno de los barrios de moda donde se aprecian los efectos de la gentrificación, que empieza a tomar la otrora muy popular <em>rue de Belleville</em>, una calle empinada que es icono del barrio con sus vistas lejanas de la Tour Eiffel, que se disfrutan mejor sobre la terraza del parque que corona la colina a la que el barrio da nombre.</p>
<p>Pero el barrio <em>hipster</em> que se consolida en ese alejado extremo de la ciudad fue un pueblo de obreros y artesanos que crecía en la periferia de una urbe en auge tras las grandes transformaciones del Segundo Imperio, cuando se construía el mito del París romántico y la más bella ciudad del mundo. A esa idea contribuyó tanto la renombrada construcción ordenada por un emperador envidioso de los parques londinenes del Parc des Buttes-Chaumont, un jardín increíble formado por colinas alrededor de un lago, cruzado por dos puentes -uno de ellos diseñado por el mismísimo Eiffel-, como la discreta invención, a pocos pasos de allí de un anónimo pastelero de Belleville: el <em>macaron</em> parisino, un dulce tan exquisito como difícil y delicado.</p>
<p>Pese a su origen humilde, el <em>macaron</em> de Gerbert, aquel anónimo pastelero, se ha convertido en un icono de la alta repostería francesa, pero no fue en la colina de Belleville sino sobre los adoquines más elegantes de la capital, a pocos pacos del Louvre, el corazón del barrio más exclusivo y -entonces, como ahora- el centro del <em>savoir-faire</em> francés. Allí el fuego de un <em>afortunado</em> incendio arrasó la panadería que Louis Ernest Ladurée había abierto unos años antes, llevándole a convertir su discreto local del 16, rue Royale en la primera pastelería Ladurée, cuya decoración encargó al pintor Jules Chéret que se inspiró en las técnicas de la Capilla Sixtina. Nació así la catedral del <em>macaron</em>, con su inconfundible fachada verde y sus letras doradas que adornan la homogeneidad pétrea de París desde 1871, y desde allí se expandió por el resto de la ciudad sirviendo sus conocidas creaciones, que tratan como auténticas joyas de mil sabores dispensadas en cajas que llevan el nombre de Napoleón III.</p>
<p>Cruzar la rue Royale, con su pavimento azarosamente caótico y su tráfico incesante es una experiencia más romana que parisina, no solo por el peligro mortal de atropello sino, sobre todo, por la visión a un extremo del imponente obelisco egipcio de Luxor y, al otro, de la fachada neoclásica de la Madeleine, que se diría más propia del mismo Campo Marzio. Pero el ejercicio de atrevimiento lo merece si es para visitar Maxim’s, otro mítico local parisino que desde finales del siglo XIX atiende en sus mesas a lo más granado: desde Toulouse-Lautrec hasta Maria Callas, pasando por Eduardo VII o su actual propietario, el diseñador Pierre Cardin. Entre aquellas paredes a la par elegantes y sobrecargadas, al gusto art-déco que reinaba en 1926, se sirvió por primera vez al público parisino la famosa tarta de manzana que por error inventaron las hermanas Tatin en su albergue del Valle del Loira, y que el célebre Curnonsky descubrió en uno de sus viajes.</p>
<p>Menos peligro conlleva seguir la acera impar de la calle, hacia el imponente templo que la preside, pasando por la discreta y relajante Cité Berryer, uno de los pasajes más elegantes de París, antes de bordear totalmente la columnata de la iglesia hacia las modernas vidrieras que Christian Biecher diseñó para modernizar la primera tienda de Fauchon, fundada en 1886 por un joven Auguste que empezó su carrera como mercader ambulante por las calles de la capital, hasta convertir su marca como <em>traiteur</em> en un emblema de la gastronomía gala, llevando sus platos hasta a bordo de los A-380 de Air France, pero que yo frecuentaba con gusto más modesto por sus <em>brioches parisiennes</em>, esos exquisitos panes dulces de los que se dice -es apócrifo- que María Antonieta mandó comer a los pobres en tiempos de hambruna.</p>
<p>Aunque allí me temo que, por ahora, nos encontraremos una persiana cerrada, porque hasta los mitos centenarios vencen, y la epidemia no ha hecho distingos, como no los hizo la Revolución con esa reina cuyos restos guillotinados -como los de Robespierre u Olympe de Gouges- reposaron durante décadas  en la Chapelle Expiatoire, a pocos pasos de la elegante y viva rue Royale.</p>
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		<title>Historias de la Rive Droite (III): 101, Champs-Elysées</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Nov 2020 18:14:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Ahora que no podemos viajar es más fácil imaginar la inmensidad del mundo antes del avión, cuando dar la vuelta al mundo en ochenta días era una hazaña digna de la ficción. Los viajes de entonces tenían otro carácter, el de un romanticismo aventurero que me causa fascinación. Acabando el siglo XIX, Jules Verne era [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ahora que no podemos viajar es más fácil imaginar la inmensidad del mundo antes del avión, cuando dar la vuelta al mundo en ochenta días era una hazaña digna de la ficción. Los viajes de entonces tenían otro carácter, el de un romanticismo aventurero que me causa fascinación. Acabando el siglo XIX, Jules Verne era -como yo- miembro de la Sociedad Geográfica parisina, que es la más antigua del mundo, y en sus lecturas en aquellos salones del boulevard Saint-Germain imaginó a mi personaje de ficción favorito: Phileas Fogg, que de haber existido habría llegado a la capital francesa en octubre de 1872, sin más equipaje que una bolsa de viaje y un chubasquero.</p>
<p>Pero el viaje improvisado de un británico excéntrico como Fogg estaba lejos de las costumbres del momento. Ahora viajamos en aviones <em>low cost</em> atestados en los que cuesta encontrar hueco hasta para el abrigo y, sin embargo, entonces los privilegiados que podían descubrir el vasto mundo lo hacían acompañados de todo un cargamento. Ahí encontró su oportunidad un joven Louis Vuitton que destacaba por sus virtudes como artesano cuando en 1852 la emperatriz Eugenia de Montijo, la dama de moda, le encargó un baúl para su equipaje que la deleitó causando tal revuelo que Vuitton se puso a fabricar sus piezas de viaje forradas del primigenio damero marrón -el famosísimo monograma con sus iniciales lo creó su hijo Georges en 1896, después de su muerte- y a venderlas en su primera tienda del Marais.</p>
<p>Entonces estaba todavía en obras el boulevard Haussmann, la gran avenida que da dirección a las históricas Galeries Lafayette, con su magnífica cúpula, icono de la burguesía francesa decimonónica que representa la popularización del buen vivir, bajo la que décadas después llegó a cantar la mismísima Édith Piaf como artimaña publicitaria, y a las bellísimas galerías Printemps, que están unos cientos de metros más abajo, rivalizando con la imponente estación de Saint-Lazare y la robusta iglesia neoclásica de la Madeleine que fue concebida por el mismísimo Napoleón para ser un templo griego que honrara a sus ejércitos, pero acabó dedicada al culto católico.</p>
<p>Es en ese punto de los Grandes Bulevares donde empieza el pluscuamperfecto 8º distrito parisino. Frente a la columnata de la fachada del templo napoleónico se abre la vista del obelisco egipcio que preside la Place Concorde, el primer hito de los magníficos Campos Elíseos. Si la amplia avenida adoquinada a la que le cantaba Joe Dassin rivaliza por ser la más bella del mundo es, en parte, gracias a la familia Vuitton. Allí, en el número 70, abrió en 1914 la primera de sus grandes tiendas. Fue su hijo -y nieto del fundador- Gaston, el creador de la mítica bolsa de viaje Keepall que ya es un icono universal, quien decidiera mudarse al edificio que dos décadas antes su padre encargó al arquitecto Charles-Henri Besnard, discípulo del célebre Viollet-le-Duc de la aguja de Notre-Dame, de un robusto <em>art-déco</em>: es el 101, Champs-Élysées, la catedral de la <em>Maison</em>, donde vende todas sus creaciones y acumula arte y diseño de algunas de los creadores más afamados del siglo XX; pese a que ahora tenga que rivalizar con el museo vítreo que Frank Gehry diseñó para exhibir la colección de la Fundación Louis Vuitton, junto al divertido Jardin d’Acclimatation.</p>
<p>La mayor tienda de la casa francesa, con una fachada presidida por el reconocible monograma de su fundador y la bandera tricolor adaptada al nombre de la firma, hace las veces de faro de los Campos Elíseos por el torreón que se levanta sobre la esquina con la <em>avenue George V</em>, frente a la histórica <em>brasserie</em> Fouquet’s -la más exquisita de París desde 1899-, destacando así frente a la homogeneidad <em>hausmanniana</em> que reina a lo largo de la avenida. Es como si de algún modo marcara el vértice del triángulo dorado que forman esas dos vías y la conocida <em>avenue Montaigne</em>, el otro extremo de la geometría del lujo parisino que hizo florecer Christian Dior al instalarse en el palacete del número 30, devenido otro hito de la historia parisina, a pocos metros de la primera tienda de Hermès.</p>
<p>Ese triángulo del exceso y la frivolidad -para algunos- y del arte y la elegancia -para otros- es uno más de los <em>clichés</em> de París, con sus terrazas con vistas a la Tour Eiffel como la de Chez Francis, sus hoteles exquisitos frecuentados por celebridades mundiales -desde el clásico Plaza Athenée que sirvió de cantina a los soldados americanos en la Liberación, hasta el George V donde se alojaban los Beatles- o su Teatro de los Campos Elíseos, cuyas paredes escucharon estrenos de Stravinsky. Y, por supuesto, el Grand Palais con su impresionante cúpula de vidrio que desafía a su hermano menor, el Petit Palais, construidos para la Expo de 1900 pero conservados sin un uso definido y que el desnortado Le Corbusier quiso derribar pese a su extraordinaria belleza, bajo la excusa utilitarista, la misma que -sin embargo- sirvió para conservar una Tour Eiffel que horrorizaba en sus inicios. Quizás en la idea misma de conservar lo bello solo por serlo radica la esencia de París.</p>
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		<title>Historias de la Rive Droite (II): 88, avenue Foch</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Oct 2020 17:27:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Siglo y medio antes de Instagram, la emperatriz Eugenia de Montijo era la influencer de los bailes de la Tullerías. La dama española conquistó a Napoléon III, que besaba el suelo por el que pisaba la granadina, tanto como conquistó a las señoras de París. Era la sensación de una ciudad desde la que se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siglo y medio antes de Instagram, la emperatriz Eugenia de Montijo era la <em>influencer</em> de los bailes de la Tullerías. La dama española conquistó a Napoléon III, que besaba el suelo por el que pisaba la granadina, tanto como conquistó a las señoras de París. Era la sensación de una ciudad desde la que se gobernaba la mitad del mundo y en la que se insinuaba que era ella, una española, la que decidía los destinos de los franceses.</p>
<p>Quizás por eso el barón Georges E. Haussmann, prefecto del Sena durante el Segundo Imperio, jurista y padre del París de los bulevares y la arquitectura armoniosa que hoy conocemos, la temiera y la quisiera honrar, no sé si a partes iguales. La anécdota cuenta que cuando Haussmann fue a palacio a presentar el plano de su famosa reforma interior  de París, expuso a Eugenia de Montijo que una de las vía principales de la nueva ciudad, partiendo de <em>l’Étoile</em>, la plaza mundialmente conocida que alberga el Arco del Triunfo que conmemora las batallas del primer Napoleón, llevaría en su honor el nombre de <em>avenue Impératrice</em>. La aristócrata, indignada, ante tal afrenta le espetó que no era lo suficientemente ancha para una emperatriz y trazó a lápiz dos líneas. Ahí siguen hoy, en la piedra de los muros de París, convertidas en la calle más ancha de la ciudad.</p>
<p><em>Avenue Foch</em>, como el republicanismo rebautizó a la vía, con sus inmensos paseos de tierra para conducir a los caballistas de otro tiempo al <em>bois de Boulogne</em> y quizás al hipódromo de Longchamp que da nombre a la <em>maison</em> de marroquinería de lujo, es la espina dorsal de un distrito, el 16º, que embelesa con su simétrica belleza haussmanniana balanceándose entre el turismo desbordante de los Campos Elíseos y la ciudad más ignota, discreta pero impresionante, que esconde las mejores vistas de la Tour Eiffel tras las escaleras de <em>avenue Camoens</em>, la que pasa corriendo bajo el Castel Béranger o la que cruza en metro sobre el puente Bir-Hakeim sin girarse a mirar.</p>
<p>En esas calles se escuchaba cantar a la Callas cuando vivía en el número 88 de <em>avenue Foch</em>, en el palacete alquilado a Louis Renault que compartía con su esposo Aristóteles Onassis, al que conoció en la terraza del Hotel Danieli de Venecia, en plena <em>Riva degli Schiavoni,</em> quizás el único lugar del mundo que mejora las vistas del Trocadero. Aquella plaza, casi mística, que -por cierto- roba el nombre de una isla gaditana tomada por los Cien Mil Hijos de San Luís, completa el paseo arbolado que lleva el nombre de la soprano griega abriéndose entre los muros neoclásicos del Palais Chaillot, donde se proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos solo ocho años después de que Hitler se fotografiara en su universalmente famosa balconada, frente a la omnipresente Tour Eiffel que es símbolo de la ciudad.</p>
<p>El <em>Sezième</em> es un distrito habitado por parisinos pero salpicado de nuevos ricos de todo el mundo. En <em>avenue Foch</em>, a pocos pasos de la casa de la Callas, pernoctan en sus estadías en la ciudad desde los Grimaldi monegascos hasta los Obiang ecuatoguineanos, pasando por la familia real marroquí. Para nuestra fortuna, ellos se dejan ver poco en los bancos de Parc Manceau, en el brunch del <em>Chalet des Îles</em>, o en el afterwork de moda del <em>Sir Winston Churchill</em>. Aún así, los vividores de las tiranías lejanas prefieren las calles impolutas por las que deambulan los <em>bourgeois </em>escandalizados de la canción de Mika, que pasó su infancia en el barrio, entre las exposiciones de arte contemporáneo del Palais de Tokyo y los conciertos de la Maison de Radio France, porque en ellas se respira la libertad que no permiten a sus ciudadanos.</p>
<p>Quizás algún día les ilumine, como le hace al mundo, la réplica de la Estatua de la Libertad de la <em>île aux Cygnes</em> regalada por francoestadounideses para celebrar el centenario de su Revolución solo tres años después de que la original hiciera el viaje contrario hasta Nueva York. En aquellas calles, como <em>rue Raynouard</em>, donde vivía Benjamin Franklin mientras negociaba la independencia de su país, a pocos pasos de la puerta trasera por la que Honoré de Balzac escapaba de los numerosos acreedores que le esperaban en su casa, ya no hay emperatriz, ni es 1943… ¡y que nadie lo olvide!</p>
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		<title>Historias de la Rive Droite (I): 31, rue Cambon</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Oct 2020 10:28:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[No imagino a Mademoiselle Chanel frecuentando las noches caldeadas de los antros más escandalosos de Pigalle, ni ocupando una mesa en la primera fila del Moulin Rouge, ni mucho menos bajando a los sótanos de los bares del Marais. Y, sin embargo, vivió casi toda su vida en la Rive Droite, la margen derecha del [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No imagino a <em>Mademoiselle</em> Chanel frecuentando las noches caldeadas de los antros más escandalosos de Pigalle, ni ocupando una mesa en la primera fila del Moulin Rouge, ni mucho menos bajando a los sótanos de los bares del Marais. Y, sin embargo, vivió casi toda su vida en la <em>Rive Droite</em>, la margen derecha del Sena, entre los catorce (de veinte) distritos del norte de París.</p>
<p>La dama de la moda reinventó la marinière, la clásica blusa a rayas azules y blancas inspirada en los militares que popularizó en las playas normadas de Deauville, cuando ya pasaba sus noches entre las sabanas de la suite del tercer piso del Ritz en la que vivió desde los años 20 y hasta su muerte, incluso cuando los nazis tomaron París y requisaron el hotel, donde escribía Hemingway y donde muchos años después Diana Spencer empezó su último viaje, huyendo de los periodistas hasta que encontró su fatídico accidente bajo Place de l’Alma, donde hoy la recuerda una replica a tamaño real de la llama de la Estatua de la Libertad.</p>
<p>Desde la magnífica suite de Chanel en el hotel más lujoso de Occidente tenía una vista completa de Place Vendôme, que más que una explanada es el joyero del mundo, no porque en ella se pueda comprar las piedras y metales preciosos más exclusivos, sino por su impoluta perfección arquitectónica que envuelve al transeúnte y lo asciende a la gloria de París. No en vano, en la plaza solo destaca un elemento, la Columna que preside su centro coronada por una estatua en atuendo de general romano de un Napoleón omnipresente en un barrio donde solo le hace sombra la Juana de Arco de un brillante dorado de la Place des Pyramides, a la que da nombre una de las más célebres batallas del Emperador.</p>
<p>Es fácil imaginar a Coco salir cada mañana del Ritz y encaminarse hacia su <em>atelier</em> en el 31, rue Cambon. Si hay una dirección mítica en la historia de la moda es esa, más que ninguna otra. Y es que, aunque en la historia de Gabrielle brilla la excentricidad de vivir en un hotel de lujo tras abandonar su palacete del Faubourg-Saint-Honoré, frente al Palacio del Elíseo, donde la visitaba Picasso y componía Stravinsky, la de la Maison Chanel pasa por ese elegante tramo de calle de edificios haussmannianos donde estableció su primera boutique (primero en el 21, luego ya en el 31), antes de abrir las de Deauville y Biarritz y donde hoy la marca sigue atendiendo a sus clientes.</p>
<p>En aquel rincón de rue Cambon, Chanel construyó su imperio de la <em>haute couture</em> y parte de la historia del mundo contemporáneo, que guarda en su 2.55 y huele a Nº 5. En sus desfiles, en los que se sentaba en la escalera <em>art déco</em> que daba acceso a la parte privada de la boutique para ver las reacciones del público, su ya mítico <em>tweed gansé</em> -como el del vestido rosa de Jacqueline Kennedy en su más fatídico día- chocaba tanto como a principios de siglo lo hizo su idea a de vestir a las mujeres con la facilidad con la que lo hacían los hombres. Quizás es algo que forma parte de la esencia de París, como le pasó a Bizet, a Hugo, o a Monet, los artistas que marcar el curso de la historia nunca son bien recibidos a la primera.</p>
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		<title>Niágara o la naturaleza mágica de neón</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Sep 2020 16:56:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[El interior del Estado de Nueva York es para un europeo casi como el Far West, alejado de nuestro lado del mundo, apartado de cualquier ruta turística y totalmente desconocido, solo familiar por las referencias en alguna película los burócratas de Albany, la capital estatal, o a ciudades como Siracusa, donde se celebra la renombrada [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El interior del Estado de Nueva York es para un europeo casi como el Far West, alejado de nuestro lado del mundo, apartado de cualquier ruta turística y totalmente desconocido, solo familiar por las referencias en alguna película <em>los burócratas de Albany</em>, la capital estatal, o a ciudades como Siracusa, donde se celebra la renombrada Feria estatal, que a nosotros nos evoca irremediablemente más a Sicilia que a Norteamérica. Más allá de la curiosidad y del recordatorio constante de que la familia Simpson vive una ficción muy realista, no hay nada al norte del Bronx que merezca casi una decena de horas de viaje… Nada, salvo una cosa: las cataratas del río Niágara, uno de los más impresionantes espectáculos naturales del planeta.</p>
<p>Salvo que viajemos en helicóptero desde Manhattan, algo mucho más abordable de lo que puede parecer, el viaje hasta las cataratas desde Europa –al menos, por el lado americano- empezará en el desvencijado aeropuerto de LaGuardia de Nueva York en un minúsculo avión regional que nos conduce hasta Búfalo, la segunda mayor ciudad del Estado. Esta urbe, con una población equivalente a Bilbao pero ignota para nosotros, destaca por su bello <em>skyline </em>que reluce sobre el anaranjado atardecer del Oeste neoyorquino, y en el que reina su magnífico ayuntamiento, una joya de la arquitectura <em>art-déco </em>de proporciones descomunales.</p>
<p>Dejando atrás Búfalo y siguiendo la costa del lago Erie, que separa Estados Unidos y Canadá, el viaje por carretera es breve hasta Niagara Falls, las dos ciudades gemelas del mismo nombre a ambos lados de la frontera, a caballo entre Nueva York y Ontario, separadas por el río y unidas por sus cataratas. Antes de seguir hay que decir que el Niágara no es un río. No uno al uso, al menos. Se trata de una parte breve del gigante sistema hidrológico de los Grandes Lagos, a veces considerados como un mar de agua dulce por su tamaño continental, y que están conectados tanto con la bahía de Hudson como con el océano Atlántico a través del río San Lorenzo, que desemboca en Québec.   El Niágara es, en definitiva, un pequeño canal que conecta dos de los lagos, el Erie y el Ontario, de algo menos de sesenta kilómetros, pero con un impresionante caudal que multiplica por doce al del Sena a su paso por París. Eso explica el hipnótico espectáculo de las tres cataratas, por las que caen millones de litros a cada segundo</p>
<p>La visita a las cataratas hay que empezarla por el lado estadounidense, sobre las isla de la Cabra (Goat Island), que, a diferencia del lado canadiense, es un paraje natural protegido aunque dé más la imagen de parque público. Desde el extremo de la isla llamado Terrapin Point es donde mejor se aprecia lo que nos espera. Las toneladas de agua fría vertiéndose medio centenar de metros hacia abajo a gran velocidad que salpican incluso a los que se alejan decenas de metros de la orilla forman la catarata de la Herradura (Horseshoe Falls), conocida también como Canadiense por estar casi íntegramente del lado norte de la frontera que marca el río. Los setecientos metros de la catarata, solo parcialmente apreciables por la neblina que se crea de forma permanente ante tal cantidad de agua chocando la roca, construyen un muro blanco infinito en constante movimiento. No hay nada más que hacer que apoyarse en la barandilla y ver, oler y sentir el agua fluyendo.</p>
<p>Puede que ante el esplendor de las Horseshoe, todo lo demás nos sepa a poco. Pero hay que seguir hasta las cataratas Americanas, mucho más ligeras aunque rocosas y con un innegable poder letárgico. Los pequeños puentes peatonales que unen la isla de la Cabra con la ínfina isla Luna nos acercan al río cuando todavía está calmado y solo empieza a apreciarse cómo tímidamente gana velocidad y fuerza, para desembocar en la bella y escondida catarata del Velo de Novia –el nombre lo dice todo-, por un lado, y en la enorme catarata Americana por el otro. Los rápidos que se disfrutan sobre la isla Verde  (Green Island) parecen nada al lado del golpear del agua contra las rocas del lado americano del lecho bajo del río.</p>
<p>Aunque sea el más natural de los dos márgenes, el entretenimiento en el lado estadounidense no se limita a contemplar el agua cayendo, aunque solo eso baste para justificar el viaje. Además del casinos de estilo Las Vegas y los hoteles y tiendas que pueblan la ciudad, alrededor de las cataratas hay todo un mundo de atracciones: la popular <em>Maid of the Mist</em>–los barcos que parten desde ambos lados de la frontera hasta posarse en las remolinadas aguas bajo las cataratas-, la torre de observación con espléndidas vistas de las tres cataratas y las pasarelas de madera dispuestas en la parte más baja junto al agua como las de <em>Cave of the Winds</em>.</p>
<p>Agotados los planes del lado neoyorquino del Niagara, nos disponemos a cruzar a pie o en coche el Rainbow Bridge –que recibe este nombre por los bellos arcoíris que casi permanentemente se aprecian desde su plataforma cuando los rayos del Sol cruzan la neblina de las cataratas-. Como europeos acostumbrados a las virtudes del Acuerdo de Schengen, asistimos con curiosidad a las colas para cruzar una verdadera frontera, con exhaustivo control de pasaportes y las preguntas de rigor –además de un curioso <em>Duty Free</em>&#8211; en una zona tan transitada y entre dos ciudades gemelas, aunque los agentes bilingües del lado canadiense se tomen su trabajo con menos sobriedad y exigencia que sus colegas fuertemente armados del lado americano.</p>
<p>Ahora sí, <em>Welcome to fabulous Niagara Falls! </em>Un amigo me dijo una vez que el Niagara Falls de Ontario es el equivalente canadiense a Las Vegas y no se equivocaba. Una sucesión de hoteles de lujo –en el sentido norteamericano del término, no se vayan a pensar-, de restaurantes y salones de juegos, con carteles luminosos de todas las formas y colores nos saluda deslumbrándonos con sus neones. No sé si Las Vegas, pero quizás sí un algo más decadente Reno nos acaba de acoger en su apogeo ochentero.</p>
<p>Que no os engañe mi frívola descripción del lado canadiense de las Cataratas del Niágara. Aquí hemos venido a disfrutar del espectáculo natural y el curioso acompañamiento no lo desmerece, sino que lo adereza de otro espectáculo distinto: el del <em>american way of life </em>en estado puro. Por eso en mis visitas a Niagara Falls he seguido el mismo ritual, trabajado en un arduo ejercicio de seleccionar la mejor habitación de hotel y la mejor mesa de restaurante, considerando que aquí <em>mejor </em>no es el superlativo de buena calidad, sino de buenas vistas de las cataratas.</p>
<p>Mi experiencia y mis facultades de geógrafo señalan al Sheraton on the Falls como el lugar donde dormir, por lo que no os recomendaré otro, siempre teniendo la cautela de reservar una de las suites de las plantas altas con vistas a las dos cataratas. A pesar de no ser el hotel más cercano a las más llamativas Horseshoe, es el único desde el que se aprecian los juegos de luces que cada noche se proyectan sobre las cataratas a la vez que se lanzan fuegos artificiales desde el lado americano.</p>
<p>Siguiendo la misma máxima, el restaurante Massimo’s, en una de las plantas altas del hotel, es posiblemente el mejor sitio para cenar en la ciudad, pese a servir una cocina impresentable para decirse el mejor restaurante italiano de Canadá. Es una lástima que por la noche no se aprecien las vistas que sí podremos disfrutar durante el día desde el sencillo Queen Victoria Place, en una agradable casa de estilo victoriano junto al río, quizás antes o después de haber visitado, a pocos pasos de allí, la gran atracción del lado canadiense: la <em>Journey behind the Falls</em>, donde el descenso en ascensor y luego en escaleras nos conducirá hasta un balcón al pie de la enorme Horseshoe, primero, y luego el a un túnel excavado en la roca para abrir una ventana tras la catarata.</p>
<p>La experiencia sensorial del rumor ensordecedor del agua cayendo delante de ti merece acabar mojado hasta el tuétano a pesar del denigrante chubasquero de plástico amarillo que –confieso que por mera vanidad- me niego a usar a pesar de la evidencia de lo inexcusable del chaparrón. Pero quizás la ducha de agua helada del Niagara debiera formar parte de la experiencia de este lugar, uno de esos pocos del mundo donde todo el mundo, hasta los locales, son boquiabiertos turistas. Antes de marchar, camino de Toronto –la metrópolis del Canadá anglófono apenas dista una hora de allí-, y previo un alto en el camino en Niagara-on-the-Lake, un bello y tranquilo pueblo de elegantes casas y jardines en la costa del lago Ontario, hay que girar por última vez la mirada hacia el arcoíris de las cataratas y respirar hondo para sentir la magia de la naturaleza hasta entre las luces de neón.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Marrakech (o el diablo que) viste de Saint-Laurent</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Aug 2020 19:06:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Un día lluvioso de invierno, de esos extraños en el Sáhara marroquí, Yves Saint-Laurent y su marido Pierre Bergé llegaron por primera vez a Marrakech, la capital monumental de un Marruecos apenas independiente. Con sus calles todavía sin asfaltar, las casas del color rojo de la arena del desierto casi no debían destacar en el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un día lluvioso de invierno, de esos extraños en el Sáhara marroquí, Yves Saint-Laurent y su marido Pierre Bergé llegaron por primera vez a Marrakech, la capital monumental de un Marruecos apenas independiente. Con sus calles todavía sin asfaltar, las casas del color rojo de la arena del desierto casi no debían destacar en el paisaje de una ciudad que guardaba las esencias magrebíes de la memoria del modisto, no en vano un <em>pied-noir </em>nacido en el Orán francés.</p>
<p>Me gusta imaginar cómo debió ser la llegada del padre de la <em>haute couture </em>moderna al histórico hotel La Mamounia, entonces todavía una sobria –pero lujosa- casa de huéspedes en un antiguo palacio real del siglo XII desde el que se llegó a gobernar Al Andalus, convertida hoy en el hotel más exquisito de África. A pesar de su precio, que dobla al de cualquiera de los inmensos resorts pentaestrellados del barrio concebido para los turistas en la periferia de la urbe, un viaje a Marrakech obliga a alojarse al menos un par de noches en las habitaciones por las que pasaron Winston Churchill, Charles de Gaulle o Charlton Heston, y deambular por las salas en las que tocó Maurice Ravel.</p>
<p>Si todavía queda algo de la vida marroquí del siglo XX que nos enseñó Michael Curtiz en Casablanca, está entre las paredes de La Mamounia, aunque el sueño se rompe al poner un pie en la calle. La realidad fuera de los muros de aquel oasis del pasado es otra: la <em>Ciudad Roja </em>se está convirtiendo en algo a mitad de camino entre el parque temático y el mercadillo callejero, una sensación que nos acompañará en todo el viaje, en cada esquina, en la que un taxista ilegal nos ofrecerá sus servicios, un tendero –o un traficante- su mercancía, y algún buscavidas intentará que nos fotografiemos con sus maltratados camellos o monos del Atlas, la misma especie que vive a cuerpo de rey en Gibraltar, a cambio de unos pocos <em>dirhams</em>. Pero aun con sus sombras, Marrakech es un espectáculo para los sentidos que merece la pena conocer.</p>
<p>Pasamos frente a la mezquita Koutoubia, símbolo de la ciudad, cuyo minarete recuerda irremediablemente a Sevilla, porque fue en él donde encontraron la inspiración para la Giralda. Y digo pasamos, que no visitamos, porque como todos los templos islámicos en Marruecos, la entrada nos está vedada a los que no somos musulmanes. Eso sí, nada puede impedirnos escuchar atónitos la llamada a la oración desde cualquier rincón de la Medina, el centro histórico declarado patrimonio mundial por la UNESCO, que es el mejor ejemplo que se conserva de ciudad árabe, con sus calles sinuosas, sus edificios encerrados hacia sí para hacer la vida en los patios, alejados de las miradas indiscretas y su renuncia al espacio público.</p>
<p>El Marrakech histórico es la ciudad más privada del mundo, sin una sola calle digna de ser llamada principal, sin un lugar de encuentro, con la única excepción de la mítica plaza Yamaa el Fna, puerta de la urbe, atestada a cualquier hora del día o de la noche de sus puestos con toldos verdes donde se puede comer y beber casi cualquier cosa, si es que el estómago de uno resiste una falta de higiene que no se esconde y que resulta inaceptable para el estándar occidental. Una verdadera lástima que nos obliga a probar la deliciosa cocina marroquí en lugares como la terraza de Chez Chegrouine, cuyo ático en una azotea frente a la plaza nos ofrece una atalaya inmejorable del trasiego incesante de una ciudad viva como pocas. Mejores vistas, aunque un ambiente más globalizado –con ese occidentalismo mal intentado tan evidente en Marruecos-, nos ofrece el Café Argana, en mitad de la plaza, tristemente famoso por haber padecido un atentado terrorista en 2011.</p>
<p>Pasear por la medina marraquechí es una experiencia controvertida, como casi todo en esa ciudad, que debe empezar en el zoco. Este mercado infinito, donde perderse es fácil hasta para el mejor explorador, con cientos de pequeñas tiendas cuyos propietarios esperan en la puerta la llegada del incauto europeo para venderle desde lámparas de aceite y babuchas hasta camisetas falsas de los equipos de fútbol más renombrados, es la catedral para los que disfrutan del regateo –un <em>placer </em>que, sin duda, no comparto, hasta el punto de resultarme insufrible tener que negociar cada vez- al que hay que ir para conocerlo, pero sin tener pretensión de comprar nada.</p>
<p>El afortunado que consigue guiarse entre las decenas de puestos de especias y comida local, ropa típica, alfombras, lámparas y <em>souvenirs </em>de toda clase, o quizás quien se haya perdido entre todo ello y haya decidido seguir los caminos sin concierto –desechando educada pero cautelosamente las reiteradas ofertas de ser guiado por un marroquí que, solo en el mejor de los casos, espera una propia a cambio- podrá llegar al Zoco de los Tintoreros, con sus telas de mil colores colgando por todas partes que genera la espectacular estampa de otro tiempo, o al de los curtidores, con su peculiar olor y sus bañeras de cal.</p>
<p>Conviene no dejar caer la noche en el zoco y con los últimos rayos del Sol anaranjado e intenso que ilumina Marrakech, podemos buscar la sombra alargada de los estípites de las palmeras de La Palmeraie o el azul intenso de las fachadas del antiguo taller del pintor francés Majorelle, en el jardín que lleva su nombre. Este oasis urbano lleno de cáctus y especies exóticas existe todavía gracias al empeño de Saint-Laurent y Bergé por protegerlo, cuando las autoridades locales querían derribarlo para dar paso a un hotel. Hoy alberga el Museo Bereber, sin duda menos interesante por su contenido que por el lugar en que se encuentra.</p>
<p>Frente al museo, la Villa Oasis, una de las últimas casas de la célebre pareja en la capital del desierto, es famoso por ser uno de los palacetes más bellos del continente, pero su visita está lamentablemente restringida a los invitados más privilegiados de la fundación del modisto. Sin embargo, a pocos pasos de allí, en la misma calle que lleva el nombre de Yves Saint-Laurent, su museo de piedra y ladrillo rojos, verdadera joya de la arquitectura contemporánea magrebí firmada por los jóvenes franceses Olivier Marty y Karl Fournier, da la bienvenida a todos los visitantes bajo un enorme letrero del archiconocido monograma del diseñador.</p>
<p>Si el edificio del museo, con sus contrastes de colores y materiales y su deliciosa iluminación ya merece por sí mismo no solo una visita sino un viaje hasta Marrakech, su colección de piezas del creador del esmoquin femenino -con especial atención a las inspiradas en Marruecos-, fotografías, carteles, pinturas y objetos de la vida del modisto lo convierten en un destino <em>incontournable</em>.</p>
<p>La cena, en el barrio de Guériz, se la dejamos a la cocina italiana de La Trattoria, un restaurante conocido por servir la mejor gastronomía transalpina del país del Atlas. Para las copas, en un país musulmán donde el alcohol para los nacionales, nos tendremos que conformar con las salas <em>kitsch </em>del Casino de Marrakech, las mesas discretas de los bares de los hoteles internacionales, como el Bar Churchill de La Mamounia o el genial ático del Hotel La Renaissance, con vistas nocturnas a la Medina, o los locales llenos de luces y espejos que frecuentan saudíes y emiratíes en las avenidas Mohammed V y Hassan II, donde se agolpan los resorts turísticos más impersonales.</p>
<p>Pero la noche marraquechí que se dice que enamoró a Saint-Laurent es otra, la de las calles oscuras del centro y las luces parpadeantes de la plaza Yamaa el Fna, la del aire fresco que contrasta con la sequedad ardiente del ambiente del día, que se siente en la garganta al respirar. Es la noche en la que no hay turistas, ni mercaderes, ni traficantes… Y es que si el Marruecos que se recreó alrededor del Rick’s Café ya no existe, al menos podremos imaginar aquel al que Yves escandalizó con su vida y con su <em>Libération</em>, que hoy le abraza como icono turístico con la diabólica hipocresía de quien, a la vez, le tiene por pecador y por delincuente.</p>
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		<title>&#8216;The Alpine job&#8217;: de Turín a Ginebra sobre el glaciar del Mont Blanc</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Aug 2020 12:27:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Escribieron los cronistas de su época que Cavour, el artífice de la unidad de Italia desde su puesto de primer ministro del Piemonte, nunca pronunció una palabra de italiano y nunca puso un pie al sur de Florencia. Era turinés, pero hablaba francés y miraba hacia ese norte que en el horizonte de su ciudad [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Escribieron los cronistas de su época que Cavour, el artífice de la unidad de Italia desde su puesto de primer ministro del Piemonte, nunca pronunció una palabra de italiano y nunca puso un pie al sur de Florencia. Era turinés, pero hablaba francés y miraba hacia ese norte que en el horizonte de su ciudad está dibujado por las cumbres perpetuamente nevadas de los Alpes, entre las que reina la visión clara del Mont Blanc, montaña por la que discurre la frontera entre ambos países.</p>
<p>Turín es la ciudad italiana <em>perfecta</em>, una hija privilegiada de una familia algo destartalada. La ciudad más moderna, la más rica, la más limpia. Una bella dama que no teme estar a la sombra de su vecina Milán, la capital económica de la nación, pero no la industrial. Ese título le corresponde a la urbe piamontesa aunque sea por haber visto nacer y haberle prestado su nombre a la FIAT, que en sus años dorados inundó el mundo de coches fabricados en pleno centro de Turín.</p>
<p>La elegancia de la ciudad se ve en sus calles adoquinadas y sus plazas porticadas, también en sus clásicos cafés y hasta en su moderna estación de Porta Susa, una digna nueva compañera de las por lo general impresionantes estaciones italianas a la que algún día, si la eterna polémica política lo permite, llegará la alta velocidad desde el otro lado de los Alpes. Y es que Turín es la puerta de los Alpes. La gran cordillera europea acaba –o empieza- allí, aunque la ciudad está en plena llanura aluvial del largo río Po: la Padania.</p>
<p>Un viaje a través de los Alpes o tiene que empezar a los pies de la Mole Antonelliana, el increíble monumento que es símbolo de Turín. La inmensa catedral civil de la ciudad, con la altura de un rascacielos moderno y la forma de un templo, es uno de los edificios más bellos y sorprendentes del mundo, con los casi ciento setenta metros que alcanza la aguja sustentada sobre su inmensa cúpula, que hoy alberga un museo nacional dedicado al cine italiano. Lo más impresionante sería el ascensor colgado solo de cables que recorrer la cúpula al aire para ascender a la aguja, de no ser porque una vez arriba son las vistas del Mont Blanc las que toman el relevo y nos sirven de guía en nuestro viaje.</p>
<p>Hecha la visita de cortesía a la Mole, como si fuera un tributo a los dioses antes de la aventura, es momento de coger el coche y salir de Turín buscando los Alpes. Y, aunque  a riesgo que acabar arrestados no podamos hacerlo como los protagonistas de <em>The Italian Job</em>, al menos rendiremos tributo a los personajes de Collinson siguiendo sus pasos. Nuestro camino hacia las montañas pasa por la pequeña pero monumental ciudad de Ivrea camino de Aosta, la capital de la región francófona de Italia a la que da nombre y que conserva unas ruinas romanas francamente bien conservadas.</p>
<p>Cruzar los valles alpinos con el intenso verde y el blanco de los picos, en coche por sus carreteras serpenteantes es un verdadero placer para los sentidos que hace que las vistas compensen por mucho la lentitud del viaje. Desde Aosta podríamos desviarnos por una carretera de montaña que tras unas cuatro horas de viaje a través de Italia y Suiza nos conduciría a las afueras de Zermatt, posiblemente el único pueblo europeo donde están prohibidos los coches, y al que solo se puede llegar en tren. Este curioso lugar, uno de los más exclusivos de los Alpes hasta el punto de degradar a Sankt Moritz o Davos casi a la vulgaridad, es famoso por dos cosas: su tranquilidad impertérrita y el Cervino. Y es que la famosa montaña con su icónica silueta –representada en las chocolatinas Toblerone- y las vistas increíbles a los Alpes más profundos desde Zermatt bien merecen el viaje.</p>
<p>Pero obviaremos por esta vez el desvío y seguiremos el camino corto desde Aosta hasta Courmayeur, la localidad italiana a los pies del macizo del Mont Blanc y la última antes de la frontera. Ese pequeño pueblo, con la típica imagen de los núcleos surgidos en las carreteras fronterizas, no tendría ningún interés salvo para los esquiadores de no ser porque de allí parte el trayecto en varios teleféricos que tras tres o cuatro horas de viajes y paradas nos va a llevar hasta Francia a través de la lengua helada de la montaña más alta de Europa.</p>
<p>Subir al teleférico que nos va a llevar hasta los casi 4000 metros sobre el nivel del mar es lo más parecido al alpinismo que una persona corriente, sin entrenamiento, va a poder hacer en su vida. Tras una primera parada a mitad de camino, donde en verano todavía hay verde y el resto del año es todo blanco, llegamos tras una media hora de ascensión hasta Punta Helbronner, el vértice del lado italiano –o no, porque las fronteras de toda la zona están en disputa entre Francia e Italia- de nuestra visita. A la salida de la cabina se abre a nuestros pies un horizonte infinito de hielo, kilómetros blancos e inmaculados, tan gélidos como bellos: los del Glaciar del Gigante, sobre el que podríamos pasear bien pertrejados y acompañados de expertos, en los tour que organizan las agencias locales.</p>
<p>Por el momento, nos quedamos en la estructura futurista de acero y cristal que apenas destaca entre el hielo y la neblina, concentrados en andar despacio pese a lo atractivo de todo lo que nos rodea porque el mínimo sobreesfuerzo a esa altitud produce un notable mareo a los que no estamos acostumbrados a la alta montaña. Un lugar turístico como ese no puede no contar con su restaurante, su bar y hasta su tienda de souvenirs, pero será mejor tomar un ascensor que nos baje unos cientos de metros hasta un túnel peatonal excavado en la montaña que nos conduce al Refugio Torino.</p>
<p>El refugio de alta montaña inaugurado en 1952 es uno de los mitos de los Alpes y un icono del montañismo. Es propiedad del Club Alpino Italiano y –salvo para nosotros y los demás turistas- es una base imprescindible para las ascensiones desde la vertiente occidental italiana de la cordillera. Es un refugio y, como tal, un lugar sobrio, en el que reina la frugalidad y las habitaciones son compartidas, salvo una de ellas, la 31, que hay que reservar con antelación y que no ofrece un confort excesivo dada la ubicación. Ni siquiera el agua de la ducha está garantizada. Pero claro, ningún hotel urbano con todas las comodidades nos ofrece la visión increíble de la terraza del bar del Torino.</p>
<p>Cruzar las fronteras en la Europa de Schengen ha perdido todo su romanticismo a favor de la –muy celebrada- comodidad. En el macizo del Mont Blanc, donde las discrepancias de jurisdicción tienden a ser irrelevantes, es hasta invisible. De vuelta en Punta Helbronner, tomaremos un telecabina que en un viaje de algo más de cinco kilómetros sobre el glaciar –al que llaman acertadamente mar de hielo- que dura casi una hora y nos va a conducir hasta Francia. Al otro lado nos espera la Aiguille du Midi, uno de los picos más altos de los Alpes, con 3842 metros. Se trata de la montaña más alta del mundo a la que se puede ascender de forma enteramente mecanizada. Las vistas desde la Aiguille du Midi, en la vertiente norte, son impresionantes: alcanzan desde Suiza a Italia y Francia, y en ellas reinan los 4810 metros del Mont Blanc, en cuyo macizo los encontramos. Una instalación turística muy singular denominada <em>Pas dans le Vide</em>(Paso al Vacío), que consiste en una caja de cristal colgada de la montaña, hará las delicias de los amantes de las fotografías, por si no fuera bastante con los túneles excavados en hielo que permanecen hasta en verano y la increíble atmósfera del lugar.</p>
<p>Tras explorar todos los rincones y vistas desde el pico más popular del lado francés, el descenso se hace de nuevo en teleférico, hasta el pueblo de Chamonix-Mont-Blanc, famosa estación invernal de los esquiadores. Si disponemos de tiempo, valdrá la pena para en las estación intermedia a admirar la lengua de hielo blancoazulado y recorrer unos cientos de metros sobre la nieve, sin alejarnos en exceso. Ya en el valle, Chamonix es un pueblo singular dedicado en exclusiva al turismo y que merece un paseo agradable entre sus casas típicas de la montaña. Desde allí, son infinitas las opciones para continuar nuestra excursión alpina, siendo los más impresionantes el recorrido en el tren cremallera del Mont Blanc y el trenecito de Montenvers, que nos lleva al pie del glaciar y a un curioso bar de hielo.</p>
<p>La transición a la realidad en el descenso hacia lugares menos fríos y tortuosos nos llevará hasta Annecy, un pueblo de la Saboya francesa conocido como la Venecia de los Alpes –es sabido que cualquier lugar con canales recibe ese sobrenombre-. Sus casas pintorescas, su lago y sus pequeños canales entre edificios medievales generan un ambiente delicioso si se puede visitar en un día tranquilo, en el que no esté colonizado por los grupos de turistas que llegan en autocar.</p>
<p>Solo unos pocos kilómetros más allá, menos de una hora en coche, llegamos al fin de nuestro viaje en Ginebra, la capital de la Suiza romanda, famosa por sus relojerías, sus bancos y sus organizaciones internacionales. La ciudad, que alberga la sede europea de las Naciones Unidas –famosa en España por la cúpula de Barceló que decora la principal de sus salas- es una urbe pequeña pero elegante, donde se echa en falta la vitalidad de la cercana Lausana –la capital olímpica-, y es fácil caer en el aburrimiento.</p>
<p>Si nuestra intención no es dedicarnos a las compras ni a las operaciones financieras, siempre podremos pasear por el borde del bello lago Léman hasta el monumento más reconocible de Ginebra: el Jet d’Eau (literalmente, <em>chorro de agua</em>) o recorrer las calles de su pequeño centro histórico en búsqueda de la famosa Place du Bourg de Four, para tomar unas copas, o llegar hasta la mítica Brasserie-Restaurant de l’Hôtel-de-Ville, para degustar su fondue de quesos suizos entre su curiosa decoración de sombreros militares. Si es en febrero, claro, podremos acercarnos al Salón del Automóvil, el más famoso del mundo, donde se presentan cada año las novedades más llamativas del sector, para buscar un coche para nuestro próximo viaje.</p>
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		<title>Ibiza: la puerta del cielo</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2020 11:30:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Víctor Soriano</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde el extremo de cabo de Sant Antoni, que separa Dénia y Jávea, se alza tímida en los días claros la silueta de Ibiza, la más célebre de las islas del Mediterráneo, a menos de cien kilómetros de la península. La media hora de avión o las dos horas de barco que la separan de la tierra firme parecen un viaje interdimensional, sobre todo cuando se recorren en invierno y quedan atrás los atascos y el cielo gris de la gran ciudad para desembarcar en la magia de la bella isla de dos caras: la tranquilidad más abrumadora y la noche más agitada.</p>
<p>Y es que si la Ibiza que todo el mundo tiene en mente es la de las noches de Pachá, en las que se presentan al mundo las últimas novedades musicales, esa no es más que la guinda del mito de la isla <em>hippie </em>convertida en uno de los destinos más exclusivos del mundo, no por el lujo excesivo que reina en Cannes o en Puerto Banús, sino por el aire relajado y el <em>art de vivre </em>a la ibicenca. A mí, en cambio, Ibiza me recuerda a los madrugones para coger el vuelo de las 7 y a tener la sensación de ser el único de la isla que llevara corbata: al ver el amanecer aterrizando sobre las Pitiusas solo se me ocurre un <em>je ne veux pas travailler</em>.</p>
<p>Las mañanas, que en la isla son un tiempo indeterminado entre el alba y el mediodía, empiezan en Cappucino, la cafetería que reina en la marina de Ibiza, con unas vistas inmejorables de Dalt Vila, el promontorio que alberga el centro histórico de la capital insular, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Al cruzar el puerto y pasar frente al muelle del que parten casi con la frecuencia del metro los pequeños <em>ferries </em>que unen la ciudad con Formentera, el horizonte de casas blancas colgadas sobre la colina partida por la muralla medieval se va acercando dando paso a un entramado de callejuelas, plagadas de pequeñas tiendas de <em>souvenirs </em>y ropa siempre blanca –no en vano, por algo lo llamamos estilo ibicenco- y algunos bares.</p>
<p>Allí, en una esquina, el Hotel Montesol, cuya cafetería es un clásico lugar de encuentro del empresariado local, separa el Paseo Vara de Rey, el bulevar de una ciudad que aún se ve capital de su pequeña parcela, con sus caciques y sus intrigas, de un centro histórico devoto del turismo de masas, que escala sus intrincadas cuestas hacia el Baluard de Santa Llúcia, uno de los mejores miradores del Mediterráneo. En el descenso por el borde del castillo, hacia el Baluard de Sant Pere y la Plaça del Sol, junto a los árboles de un coqueto parque se puede tomar un cóctel, una sangría de cava o un vino balear en S’Escalinata, uno de esos sitios pequeños y de apariencia cutre que pueblan toda la isla, pero con precios algo exagerados y con una parroquia compuesta por peninsulares y extranjeros de todo el mundo vestidos de verano y a los que el móvil nunca parece importarles.</p>
<p>El turismo de <em>balconing </em>más asentado en Mallorca apenas conquista en Ibiza los resorts de la playa de En Bossa fuera de la temporada en la que los frecuenten los DJ más renombrados. En agosto, los yates llegan de Saint-Tropez o Portofino y antes de partir hacia Porto Cervo o Antibes, rodean la isla en búsqueda de lo que los menos afortunados hacemos en moto o en un coche lo más descapotado posible: para recorrer Ibiza prefiero una Vespa o un Citröen Méhari al más lujoso de los deportivos. Tomar la carretera fuera de la ciudad, pasando por alguno de los celebérrimos mercadillos <em>hippies </em>de la isla –muy venidos a menos- es cierto que exige en temporada alta algo de temple frente al denso tráfico, pero si hemos llegado hasta aquí no es para ver el Hard Rock Café del centro.</p>
<p>Hacia el Oeste, por el siempre atascado camino hacia el aeropuerto, nos podemos desviar a las Salinas, donde se recolecta la mundialmente famosa sal de Ibiza, en las bellísimas lagunas rojas de ese apéndice de la isla. Allí, la Platja des Cavallet, un arenal todavía natural que recuerda a la mítica Pampelonne, es un sitio ideal para los amantes de las jornadas más tradicionales junto al mar. Quien prefiera las calas, en cambio, tendrá que alejarse un poco más de la ciudad, hasta Cala Bassa, con su particular <em>beach club</em>, siempre ambientado, con aguas de color turquesa caribeño y un bellísimo atardecer, como el que también se disfruta en la Platja del Comte, frente a la isla de Sa Conillera, más popular gracias al Sunset, un local con pocas pretensiones.</p>
<p>Ibiza en todavía una isla mucho más natural y rural de lo que espera el turista, sorprendido al paso de un rebaño de ovejas en cuanto se adentre en el centro de la isla. Esa naturaleza se aprecia con facilidad con un breve paseo vespertino hasta la Cala d’Hort, donde el Sol se esconde bajo la isla de Es Vedrà, en una espectacular imagen de postal con la península Ibérica saludando al fondo. Los menos amantes de la naturaleza más viva o los que no soporten el calor veraniego entre senderos, preferirán sin duda el atardecer del Café del Mar, en el paseo marítmo de Sant Antoni de Portmany. Este mítico local, famoso por ser un mirador al crepúsculo más famoso de Occidente, exige una visita aunque solo sea por el hecho de haber estado en él: merece la pena llegar temprano y coger alguna mesa donde salpiquen las olas si el mar está algo agitado.</p>
<p>La concurrencia del Café del Mar contrasta con un norte de la isla casi inhóspito al forastero, sin playas de acceso sencillo ni lugares concurridos, más allá de la Cala Saladeta o la cueva visitable de Can Marçà. El recorrido entre Sant Antoni y Sant Joan de Labritja, en el extramo opuesto, permite si se hace en barco apreciar la belleza de la costa escarpada y laberíntica y, si se hace por tierra, conocer la Ibiza rural e incluso abandonada, en sitios como Sant Llorenç de Balàfia, donde los hoteles de lujo dan paso a las casas rurales y los agriturismos. Allí unos israelíes regentan el restaurante La Paloma, templo vegetariano de la ruralidad ibicenca y que –claro está- es de mis preferidos en la isla, aunque también sirvan carne. Se trata de un conjunto destartalado de mesas y sillas cada una de un origen distinto dejadas caer sobre un campo de frutales y cítricos de una informalidad de tal grado que solo se puede conseguir planificándola. Algo así como el pequeño lujo de ser (o parecer) hippy en su isla.</p>
<p>Hacia el extremo de la isla, el recorrido continúa por Cala Xarraca, muy accesible desde tierra y por eso muy concurrida, hasta la colección de bellos rincones solo accesibles desde el mar entre el curioso Faro des Moscater y su pintura a rayas, hasta el de Punta Grossa, en el extremo oriental de la isla, desde donde se divisa el polémico islote de Tagomago, siempre entre disputas por su propiedad. Las abandonadas playas de Aigües Blanques, cuyo nombre todo nos dice, nos despiden en la vuelta a la realidad, que pasa por la vuelta al aeropuerto pasando por el núcleo turístico sin ningún interés de Santa Eulària des Riu y, de nuevo, por las atascadas periferias de la capital insular.</p>
<p>Pero hasta allí, al pie de la pista del aeropuerto, viendo los aviones despegar de vuelta a la realidad del continente a pocos metros sobre el suelo, en la Platja de Es Còdols, la luz del Sol de la tarde mediterránea, el azul turquesa del mar, el verde intenso de la montaña y los duros acantilados nos piden que miremos hacia el horizonte espléndido de la isla mágica una vez más, una última antes volver.</p>
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