{"id":186,"date":"2020-08-12T21:06:06","date_gmt":"2020-08-12T19:06:06","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.lasprovincias.es\/reinterpretandoelmapa\/?p=186"},"modified":"2020-08-12T21:40:19","modified_gmt":"2020-08-12T19:40:19","slug":"marrakech-o-el-diablo-que-viste-de-saint-laurent","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.lasprovincias.es\/reinterpretandoelmapa\/2020\/08\/12\/marrakech-o-el-diablo-que-viste-de-saint-laurent\/","title":{"rendered":"Marrakech (o el diablo que) viste de Saint-Laurent"},"content":{"rendered":"<p>Un d\u00eda lluvioso de invierno, de esos extra\u00f1os en el S\u00e1hara marroqu\u00ed, Yves Saint-Laurent y su marido Pierre Berg\u00e9 llegaron por primera vez a Marrakech, la capital monumental de un Marruecos apenas independiente. Con sus calles todav\u00eda sin asfaltar, las casas del color rojo de la arena del desierto casi no deb\u00edan destacar en el paisaje de una ciudad que guardaba las esencias magreb\u00edes de la memoria del modisto, no en vano un <em>pied-noir\u00a0<\/em>nacido en el Or\u00e1n franc\u00e9s.<\/p>\n<p>Me gusta imaginar c\u00f3mo debi\u00f3 ser la llegada del padre de la <em>haute couture\u00a0<\/em>moderna al hist\u00f3rico hotel La Mamounia, entonces todav\u00eda una sobria \u2013pero lujosa- casa de hu\u00e9spedes en un antiguo palacio real del siglo XII desde el que se lleg\u00f3 a gobernar Al Andalus, convertida hoy en el hotel m\u00e1s exquisito de \u00c1frica. A pesar de su precio, que dobla al de cualquiera de los inmensos resorts pentaestrellados del barrio concebido para los turistas en la periferia de la urbe, un viaje a Marrakech obliga a alojarse al menos un par de noches en las habitaciones por las que pasaron Winston Churchill, Charles de Gaulle o Charlton Heston, y deambular por las salas en las que toc\u00f3 Maurice Ravel.<\/p>\n<p>Si todav\u00eda queda algo de la vida marroqu\u00ed del siglo XX que nos ense\u00f1\u00f3 Michael Curtiz en Casablanca, est\u00e1 entre las paredes de La Mamounia, aunque el sue\u00f1o se rompe al poner un pie en la calle. La realidad fuera de los muros de aquel oasis del pasado es otra: la <em>Ciudad Roja\u00a0<\/em>se est\u00e1 convirtiendo en algo a mitad de camino entre el parque tem\u00e1tico y el mercadillo callejero, una sensaci\u00f3n que nos acompa\u00f1ar\u00e1 en todo el viaje, en cada esquina, en la que un taxista ilegal nos ofrecer\u00e1 sus servicios, un tendero \u2013o un traficante- su mercanc\u00eda, y alg\u00fan buscavidas intentar\u00e1 que nos fotografiemos con sus maltratados camellos o monos del Atlas, la misma especie que vive a cuerpo de rey en Gibraltar, a cambio de unos pocos <em>dirhams<\/em>. Pero aun con sus sombras, Marrakech es un espect\u00e1culo para los sentidos que merece la pena conocer.<\/p>\n<p>Pasamos frente a la mezquita Koutoubia, s\u00edmbolo de la ciudad, cuyo minarete recuerda irremediablemente a Sevilla, porque fue en \u00e9l donde encontraron la inspiraci\u00f3n para la Giralda. Y digo pasamos, que no visitamos, porque como todos los templos isl\u00e1micos en Marruecos, la entrada nos est\u00e1 vedada a los que no somos musulmanes. Eso s\u00ed, nada puede impedirnos escuchar at\u00f3nitos la llamada a la oraci\u00f3n desde cualquier rinc\u00f3n de la Medina, el centro hist\u00f3rico declarado patrimonio mundial por la UNESCO, que es el mejor ejemplo que se conserva de ciudad \u00e1rabe, con sus calles sinuosas, sus edificios encerrados hacia s\u00ed para hacer la vida en los patios, alejados de las miradas indiscretas y su renuncia al espacio p\u00fablico.<\/p>\n<p>El Marrakech hist\u00f3rico es la ciudad m\u00e1s privada del mundo, sin una sola calle digna de ser llamada principal, sin un lugar de encuentro, con la \u00fanica excepci\u00f3n de la m\u00edtica plaza Yamaa el Fna, puerta de la urbe, atestada a cualquier hora del d\u00eda o de la noche de sus puestos con toldos verdes donde se puede comer y beber casi cualquier cosa, si es que el est\u00f3mago de uno resiste una falta de higiene que no se esconde y que resulta inaceptable para el est\u00e1ndar occidental. Una verdadera l\u00e1stima que nos obliga a probar la deliciosa cocina marroqu\u00ed en lugares como la terraza de Chez Chegrouine, cuyo \u00e1tico en una azotea frente a la plaza nos ofrece una atalaya inmejorable del trasiego incesante de una ciudad viva como pocas. Mejores vistas, aunque un ambiente m\u00e1s globalizado \u2013con ese occidentalismo mal intentado tan evidente en Marruecos-, nos ofrece el Caf\u00e9 Argana, en mitad de la plaza, tristemente famoso por haber padecido un atentado terrorista en 2011.<\/p>\n<p>Pasear por la medina marraquech\u00ed es una experiencia controvertida, como casi todo en esa ciudad, que debe empezar en el zoco. Este mercado infinito, donde perderse es f\u00e1cil hasta para el mejor explorador, con cientos de peque\u00f1as tiendas cuyos propietarios esperan en la puerta la llegada del incauto europeo para venderle desde l\u00e1mparas de aceite y babuchas hasta camisetas falsas de los equipos de f\u00fatbol m\u00e1s renombrados, es la catedral para los que disfrutan del regateo \u2013un <em>placer\u00a0<\/em>que, sin duda, no comparto, hasta el punto de resultarme insufrible tener que negociar cada vez- al que hay que ir para conocerlo, pero sin tener pretensi\u00f3n de comprar nada.<\/p>\n<p>El afortunado que consigue guiarse entre las decenas de puestos de especias y comida local, ropa t\u00edpica, alfombras, l\u00e1mparas y <em>souvenirs\u00a0<\/em>de toda clase, o quiz\u00e1s quien se haya perdido entre todo ello y haya decidido seguir los caminos sin concierto \u2013desechando educada pero cautelosamente las reiteradas ofertas de ser guiado por un marroqu\u00ed que, solo en el mejor de los casos, espera una propia a cambio- podr\u00e1 llegar al Zoco de los Tintoreros, con sus telas de mil colores colgando por todas partes que genera la espectacular estampa de otro tiempo, o al de los curtidores, con su peculiar olor y sus ba\u00f1eras de cal.<\/p>\n<p>Conviene no dejar caer la noche en el zoco y con los \u00faltimos rayos del Sol anaranjado e intenso que ilumina Marrakech, podemos buscar la sombra alargada de los est\u00edpites de las palmeras de La Palmeraie o el azul intenso de las fachadas del antiguo taller del pintor franc\u00e9s Majorelle, en el jard\u00edn que lleva su nombre. Este oasis urbano lleno de c\u00e1ctus y especies ex\u00f3ticas existe todav\u00eda gracias al empe\u00f1o de Saint-Laurent y Berg\u00e9 por protegerlo, cuando las autoridades locales quer\u00edan derribarlo para dar paso a un hotel. Hoy alberga el Museo Bereber, sin duda menos interesante por su contenido que por el lugar en que se encuentra.<\/p>\n<p>Frente al museo, la Villa Oasis, una de las \u00faltimas casas de la c\u00e9lebre pareja en la capital del desierto, es famoso por ser uno de los palacetes m\u00e1s bellos del continente, pero su visita est\u00e1 lamentablemente restringida a los invitados m\u00e1s privilegiados de la fundaci\u00f3n del modisto. Sin embargo, a pocos pasos de all\u00ed, en la misma calle que lleva el nombre de Yves Saint-Laurent, su museo de piedra y ladrillo rojos, verdadera joya de la arquitectura contempor\u00e1nea magreb\u00ed firmada por los j\u00f3venes franceses Olivier Marty y Karl Fournier, da la bienvenida a todos los visitantes bajo un enorme letrero del archiconocido monograma del dise\u00f1ador.<\/p>\n<p>Si el edificio del museo, con sus contrastes de colores y materiales y su deliciosa iluminaci\u00f3n ya merece por s\u00ed mismo no solo una visita sino un viaje hasta Marrakech, su colecci\u00f3n de piezas del creador del esmoquin femenino -con especial atenci\u00f3n a las inspiradas en Marruecos-, fotograf\u00edas, carteles, pinturas y objetos de la vida del modisto lo convierten en un destino <em>incontournable<\/em>.<\/p>\n<p>La cena, en el barrio de Gu\u00e9riz, se la dejamos a la cocina italiana de La Trattoria, un restaurante conocido por servir la mejor gastronom\u00eda transalpina del pa\u00eds del Atlas. Para las copas, en un pa\u00eds musulm\u00e1n donde el alcohol para los nacionales, nos tendremos que conformar con las salas <em>kitsch\u00a0<\/em>del Casino de Marrakech, las mesas discretas de los bares de los hoteles internacionales, como el Bar Churchill de La Mamounia o el genial \u00e1tico del Hotel La Renaissance, con vistas nocturnas a la Medina, o los locales llenos de luces y espejos que frecuentan saud\u00edes y emirat\u00edes en las avenidas Mohammed V y Hassan II, donde se agolpan los resorts tur\u00edsticos m\u00e1s impersonales.<\/p>\n<p>Pero la noche marraquech\u00ed que se dice que enamor\u00f3 a Saint-Laurent es otra, la de las calles oscuras del centro y las luces parpadeantes de la plaza Yamaa el Fna, la del aire fresco que contrasta con la sequedad ardiente del ambiente del d\u00eda, que se siente en la garganta al respirar. Es la noche en la que no hay turistas, ni mercaderes, ni traficantes\u2026 Y es que si el Marruecos que se recre\u00f3 alrededor del Rick\u2019s Caf\u00e9 ya no existe, al menos podremos imaginar aquel al que Yves escandaliz\u00f3 con su vida y con su <em>Lib\u00e9ration<\/em>, que hoy le abraza como icono tur\u00edstico con la diab\u00f3lica hipocres\u00eda de quien, a la vez, le tiene por pecador y por delincuente.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un d\u00eda lluvioso de invierno, de esos extra\u00f1os en el S\u00e1hara marroqu\u00ed, Yves Saint-Laurent y su marido Pierre Berg\u00e9 llegaron por primera vez a Marrakech, la capital monumental de un Marruecos apenas independiente. 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