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Sònia Valiente

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La generación perdida


Hoy, martes,  19.542 alumnos valencianos -no quiere dejarse ninguno- comienzan a sudar. Y sin poniente. Se enfrentan a la antigua selectividad. Nunca una PAU fue tan temida. Diferentes collares para la misma prueba eterna, estresante, maratoniana. A la presión normal de por sí –¿la recuerdan?- se une la desesperanza de un futuro más que incierto, negro. Y de un presente con rescate. Bancario -o como quieran llamarlo pero rescate al fin y al cabo- que traslada a los jóvenes la sensación de que ya no hay cabida para ellos en un país inmerso en una crisis moral en que todo se fue a la mierda.

Ella recuerda cuando hizo su selectividad.  Han pasado 18 años. Y le parece ayer. En su línea, sacó una de las notas más altas de su instituto, pero entonces no lo sabía. Estaba aterrada. Es una sensación de inseguridad que no le ha abandonado nunca al someterse a un examen. Físico, moral o intelectual. A pesar de los años y de su aparente indolencia, jamás olvidó que los demás tienden a diseccionar, a juzgar. Pero ese miedo es generalizado y difícil de manejar. De ahí el terror de los estudiantes: la incertidumbre, la falta de madurez para enfrentarse a esa prueba en particular, y a la vida, en general. Son niños. De 18 años pero bebés al fin y al cabo. Ella siempre ha mantenido, medio en serio medio en broma, que es una crueldad obligar a decidir a esas edades lo que se va a ser durante el resto de la vida. Aunque bien mirado, la crisis ha ocasionado que casi ninguno de todos esos jóvenes acabe ejerciendo de aquello que ha estudiado. Alguna ventaja tenía que tener este desastre: las decisiones vitales ya no son  irreversibles.

Según un informe de la consultora Círculo de Formación, el 82% aún no ha decidido en qué se matriculará. Total, para qué. Mejor no hacerse ilusiones. Para empezar, la nota media tiene que superar el 5,5 para optar a la ayuda del Ministerio. Ninguna tontería teniendo en cuenta el aumento desproporcionado de las tasas. Por no hablar de conseguir la nota soñada para alimentar el espíritu y, de paso, la vocación.  Ésta sí que es la generación perdida y no la de Hemingway. Pero como decía un arquitecto que se veía obligado a recoger naranjas para ir tirando, en el magnífico programa Societat Anònima, de Canal 9, “la educación es algo que no te podrá quitar nadie nunca”. Y es una gran verdad porque ese patrimonio que garantiza la educación pública forma parte del aprendizaje de la vida. Y pasar por la Facultad es una experiencia que jamás se olvida. A pesar de los pesares, de los sudores fríos de los alumnos para aprobar, y de los sudores de los padres por pagar, la etapa que van a vivir, es una de las más hermosas que ella recuerda. La de asomarse al mundo de la madurez con los ojos de un niño y con la única responsabilidad de aprender.

 

PREMIO AL MEJOR BLOG PERIODÍSTICO DE LA COMUNIDAD VALENCIANA

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