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Sònia Valiente

#animalsocial

Pedir perdón

Viendo una de esas series tontorronas a la hora de la siesta escucha una frase que le hace sonreír. Y pensar. Es la serie Entre fantasmas. Una serie delirante, en la que la protagonista siempre va impecable, ajustada, luciendo un melonar envidiable y convenientemente maquillada. En una de esas, una de las muchas almas en pena que pueblan la serie que la protagonista produce le espeta: “Llámame raro si no quiero perdonar a quien me mató”. En cualquier otra circunstancia habría quedado hilarante, pero en esa serie no. Todo es luz y los problemas se resuelven con buena voluntad. Le van a disculpar por la referencia tan poco docta pero la reflexión le gusta. Tanto, que se levanta del sofá como por un resorte y se pone a escribir. No envidia la vida de Melissa Gordon en la ficción. Todo el tiempo persiguiendo fantasmas, viviendo la vida de otros y tratando de solventar los problemas de todo el mundo. Le recuerda a la vida de un community manager, en crisis de reputación permanente, porque no para en casa, y cuando está anda como ausente, en pleno trance. La buena noticia es que ella puede poner el modo avión para que su smartphone deje de atormentarla durante unos minutos y a Melissa, el tormento le viene de serie. Aunque para compensar, Melissa tiene un marido paramédico que le cura el estrés. De una inyección. Y lo que haga falta. En la vida real -ante tanta ausencia, cárnica y mental- el macizo de marras habría dejado hace muchas temporadas a la pobre community. Y por whatsapp.

Pero se pone seria. Y vuelve al tema del perdón. Algo que siempre le ha fascinado. Lo aprendió desde niña. Y también el poder de quien perdona sobre el que ha herido, ofendido. Su padre era un hombre duro y, a veces, injusto. De pequeña, aún lo recuerda, le pegó un grito por unas pulseras energéticas, ya ven, y la envió al cuarto sin cenar. No hacía nada malo. Sólo molestaba enredando y haciendo preguntas incómodas. Al cabo de unos minutos, alguien llamó a la puerta. Era su padre. Pidió permiso. Entró. Y se disculpó. Le dijo lo que ya sabía: que le había hablado mal en público. Entonces no fue consciente de su hito. Estaba entrando, de algún modo, en la madurez. Era la primera vez que un adulto le pedía disculpas. No tendría más de seis años. Y, claro, se comportó como una niña. Se sintió poderosa. Y no le perdonó. Porque el perdón es un acto de generosidad infinita. Años después entendería cómo su padre le había regalado una lección vital. A pedir disculpas siempre que una se equivoca. A aceptarlas siempre que el daño no sea irreparable, sencillamente porque quien las pide se envaina el orgullo. Y porque quien tiene la facultad de perdonar es, como en la maravillosa novela de Gala, el dueño de la herida.

Y eso es algo que muchas organizaciones y consumidores no entienden. Cuando se ha dañado la confianza es algo muy complicado de restablecer. Lo ha visto últimamente en los boicots a productos y a programas de televisión. En las que unos y otros actúan como niños utilizando twitter como amplificador de su soberbia.

 

PREMIO AL MEJOR BLOG PERIODÍSTICO DE LA COMUNIDAD VALENCIANA

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julio 2012
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