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Sònia Valiente

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Forzar el olvido


Ha vuelto impactada de Berlín. Por muchas cosas. Por la ciudad, bellísima, cosmopolita, refulgente, eternamente en obras. Por su prisa en llegar al futuro ya en los 60, aunque sea a un futuro naïf, como de cómic, con su reloj del mundo en Alexanderplatz y su torre de comunicaciones. Todo un alegato de vanidad tecnológica cacareado al mundo capitalista. Y por su espíritu de superación y su capacidad de rendir un tributo al pasado, aleccionador, respetuoso. Se ha borrado toda huella del pasado. Destruido el búnker de Hitler en la ciudad de Berlín para evitar que se convierta en un lugar de peregrinaje turístico como lo es el Check Point Charlie del que echan pestes los berlineses y al que denominan con sorna el Disney World del muro. Razón no les falta. El Check Point Charlie no era más que una de las múltiples aduanas que separaba el Berlín occidental del oriental en los tiempos del muro. Ciudad que fue dividida en cuatro partes entre los aliados tras la II GM.

No queda nada original allí. Sólo un cartel que advierte que “está usted abandonando el sector americano”. Allí, a mayor gloria del turista, han colocado unas fotos de los dos últimos guardias, americano y soviético, que estuvieron aquella noche de 1989 en aquellas minúsculas garitas y se han colocado actores, cual soldados, con banderas de EEUU que cobran 2 euros la foto. El resto del viaje en el tiempo que pudo realizar fue mucho menos circense, la verdad, y mucho más doloroso. Se ha eliminado todo símbolo, estatua, nombres de calles. En eso, no les tembló el pulso. Sólo el edificio de Hacienda, en el que casualmente se reunió Montoro con su homónimo alemán durante su estancia de vacaciones, deja entrever la ferocidad, también en la arquitectura, del régimen nazi. Su dureza impenetrable, sus rejas. No deja indiferente a nadie la East Side Gallery, ese muro en la parte occidental decorado como un museo al aire libre. Que queda como recuerdo, decorado sí, de la intransigencia humana. Sin decorar, en cambio, la topografía del terror, donde convergen dos horrores en el tiempo pero en el mismo lugar. Un centro de detención de la Gestapo donde se torturaba a los presos antes de derivarlos a los campos de concentración. En esa misma zona, se levantó –qué cosas- el muro. Apenas 30 años median entre las dos barbaries.

Pese a todo, es como si a Berlín le molestase el turismo. No sabe. Es sólo una sensación. Es difícil encontrar un tourist info y ni un sólo cartel que indique cómo llegar al campo de concentración de Sachsenhausen, a unos 30 kilómetros de la ciudad. Sólo hay que tomar un metro y un tren de cercanías. Pero ni una indicación en inglés. Ni un cartel en el mismo pueblo del campo. Han respetado la memoria pero en voz queda. Como para no despertar las susceptibilidades de los vecinos, de los berlineses.

De ahí, que el memorial del Holocausto, centenares de bloques en una explanada gigantesca, en un lugar de obligado paso le parezca una genialidad. Porque aunque muchos tengan prisa por olvidar no les quedará más remedio que responder a las preguntas de las generaciones venideras. Con todo, también en eso los alemanes nos sacan ventaja. Ella no imagina una exposición reconciliadora, con audioguías y fotos de las víctimas de ambos bandos en el Valle de los Caídos. Una cosa es el respeto y otra cosa forzar el olvido.

 

PREMIO AL MEJOR BLOG PERIODÍSTICO DE LA COMUNIDAD VALENCIANA

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julio 2012
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