Hay muchas cosas de Estados Unidos que no me gustan. El tener la sensación de estar en un estado policial cuando vas por la calle, la hipocresía de considerarse una sociedad puritana y tener sin embargo uno de los níveles de infidelidad mayores del mundo (aunque aquí tampoco estamos para mirarnos el ombligo) o la prepotencia con la que tratan a otros países del mundo, como si fueran los Padres del Universo. Aunque, bueno, en realidad lo son… Pero hay otras muchas cosas por las que admiro a Estados Unidos, por las que los envidio como país. Cosas como lo unidos que están como nación pese a ser cada estado de su padre y de su madre. Cosas como la forma en que sienten su himno y su bandera. Se me eriza la piel cuando oigo a un estadio entero cantar el himno, aunque jueguen dos equipos archienemigos, ese mismo instante en que aquí en España se lía el pitorreo padre en el campo, los abucheos y la madre que parió a todos los que van, por ejemplo, a la Copa de un Rey que ni sienten ni quieren. Para eso quédense en casa, que estarán más agustito, oigan… O como mucho el tremebundo ‘laaa laaa laaaaaa laaaaaa’ coreando los acordes, penita de país que no es capaz ni de sentarse a hablar para poner una letra… Pero a lo que iba, que me lío…..
Y admiro a Estados Unidos por cosas como el homenaje que le han brindado a Juez, un perro pastor alemán de Nueva Jersey, policía durante siete años junto a su compañero Michael Franks y que hace unos días tuvo que ser sacrificado en una clínica veterinaria por una enfermedad que le estaba segando la vida. Y así, como se ve en las fotos que acompañan a estas líneas, se le despidió.
Decenas de policías se cuadraron a su llegada. Lo saludaron como a un compañero más el día de su despedida. Igual que otros tantos pastores alemanes, serios, marcialmente quietos, honrando a su compañero. Varios vehículos patrulla hicieron sonar sus sirenas a su llegada. Dentro de la clínica de San Francisco, donde fue sacrificado, el personal sanitario aguardaba también firme, cuadrado, deseando ver a un héroe de su comunidad. A las espaldas de Juez, la mujer y la hija del agente Franks lloraban desconsoladas mientras su querido amigo avanzaba hasta la camilla (vivía con ellos en casa). El propio Michael aguantaba a duras penas las lágrimas mientras llevaba de la correa Juez. De su boca, el brazo protector con el que Juez entrenaba, la mayor de las recompensas para él.
A Juez le dieron el homenaje de un policía más, responsable de casi 300 actuaciones policiales: intervención de drogas, persecución de sospechosos por las calles, desfiles cívicos en su ciudad… Un ciudadano y un profesional como otro cualquiera al que se honró como tal en su último adiós.
Juez fue policía hasta agosto del año pasado. Entonces se le detectó la enfermedad de Cushing, que comenzó a causarle sangrados, hemorragias internas y pérdidas de pelaje. El pastor alemán empezó a recibir un tratamiento. Mejoró de su dolencia, pero seguía tremendamente débil. Sólo tres meses después, el mal se extendió por todo su cuerpo. Unos tumores en el hígado y en los testículos fueron la antesala de que ya no había nada que hacer por la vida de Juez, el instante en que sus amos supieron que había que optar por la decisión más dura que pueda tomar el amo de una mascota.
Otro ejemplo admirable de Estados Unidos: en apenas unos meses, la comunidad de Jersey recaudó los 13.000 dólares necesarios para costear antes la última operación necesaria para intentar que Juez siguiera entre ellos. No fue posible. El tenaz perro dejó hasta de comer. Y sus amos, con el dolor en el alma, supieron que había llegado el momento de decirle adiós.
Y así hizo su último paseo hasta la camilla de la clínica veterinaria. Entre la admiración de sus compañeros, caninos y humanos. Mirando a un lado y a otro, como se le ve en las fotos, con una mezcla de cariño, emoción, ternura y hasta se diría que miedo. Con el orgullo sincero reflejado en los rostros de los policías, ciudadanos y sanitarios que lo veían pasar. Así se despide a un héroe. A ver si aprendemos.