“Sin dinero y sin futuro,
ésta es mi generación.
Muchos años de estudio,
sin ningún valor”
Generación 80, Scooters (1986)
El batería de The Who, Keith Moon, era uno de los seres musicales más maravillosos que nos ha brindado el devenir de la humanidad, además de una de las personas con más querencia a las sustancias estimulantes (o no) que ha parido el Rock. En una de las giras norteamericanas del grupo, allá por 1973, mientras se enfrentaba a Won’t Get Fooled Again en California, acabó desplomado sobre bombos, cajas y timbales. Después de unos minutos de incertidumbre, volvió a la carga, pero, definitivamente, perdió la consciencia, ante la atónita mirada de un respetable, mucho más sorprendido, todavía, cuando al valiente de Pete Townshend no se le ocurrió otra cosa que acercarse al micrófono y preguntar si había algún batería en la sala dispuesto a seguir con el concierto. Profesional, muy profesional. Dicen que la cola de voluntarios que se formó llegó a Nueva Inglaterra, y, efectivamente, un privilegiado imberbe de 19 años se convirtió, durante varios minutos, en la entidad humana y no humana más feliz del planeta.
Por lo visto, antes del concierto, el buenazo de Moon había decidido venirse arriba a partir de la mezcla de un buen tanganazo de brandy y una docena de dosis de sedante para caballos (repárese en el detalle del brandy). Años después, con Moon ya fallecido, sus compañeros de banda recordaban que, antes de la peculiar ingesta, alguien le advirtió de que con una pequeña dosis sería suficiente. El batería respondió: “Yo soy Keith Moon“. Sonrió, saludó a la concurrencia, y tras soltar el equivalente en inglés al “agárrate a la brocha, que me llevo a la escalera”, hizo los honores. Esto viene a confirmar que Keith Moon era un tipo optimista. Al menos, eso aparentaba en sus alocadas apariciones sobre el escenario o en muchas de las desternillantes entrevistas que figuran en videotecas y hemerotecas. No sabemos si, en privado, sobre todo en los años en que luchaba contra sus dependencias, la cosa andaba por otros derroteros.
La gente que se parte la cara por la música en esta tierra se divide en dos bandos (bueno, en muchos más, pero en lo que nos concierne hoy, en dos): los optimistas y los pesimistas. Unos estiman que hacía mucho tiempo que el asunto no bullía con tanta intensidad creativa. Otros, que las cosas siguen sin estar para tirar cohetes; que nos hemos visto en otras iguales y no hemos salido de pobres. Bueno, realmente, en lo de no salir de pobre es posible que todos nos pongamos de acuerdo. Incluso también en lo de que la repercusión en el público de toda esa efervescencia e incontinencia editora dista mucho de ser la ideal para que, realmente, pudiéramos hablar de que vivimos en una sociedad normalizada culturalmente.
Nosotros tratamos de vivir del realismo, pero también es cierto que, en ocasiones, nos gusta dejarnos llevar por cierto espíritu, llamémosle, eufórico-efusivo. Por eso nos lanzaremos a afirmar sin miramientos que, afortunadamente, con más o menos aceptación popular, o más o menos glamour, la ciudad de Valencia sigue viviendo muchos fines de semana de directos de altura y buenas vibraciones, en lo que a figuras locales se refiere (ya saben que es de lo que nos gusta surtirnos); y el próximo es uno de ellos, y de él hemos decidido extraer dos citas que, como muchas otras, contribuyen a embadurnar de dignidad y prestancia la agenda valenciana. Las dos tendrán lugar en la sala Wah-Wah, y reunirán a cuatro formaciones que, desde aquí, facturan sonidos de diversa procedencia y objetivos, pero de similar buena cosecha.
Con Wild Fishing (Absolute Beginners, 2012), Soledad Vélez abrió una brecha en los corazones de muchos de los habituales de nuestra escena musical. Su obsesiva forma de entender los senderos del folk más salvaje y áspero hicieron que pronto fuera comparada con mitos de la talla de PJ Harvey o Patti Smith. Su segundo álbum, Run With Wolves (Absolute Beginners, 2013), no ha hecho más que sumar adeptos a una causa, la de esta chilena afincada en Valencia, que ha bajado, todavía más, la intensidad de la luz, para tratar de intimidarnos con su penetrante y vibrante registro, e invitarnos a adentrarnos, con algunas treguas intermedias, en febriles túneles embadurnados de blues hiriente, a partir de piezas correctísimamente ejecutadas y registradas. Si no sabes de qué hablamos, pégale una oída a On Fire o Keep Walking. Ahora, tras haberse pateado países como Chile, México, el Reino Unido y Portugal, anda presentando su nueva criatura, y este viernes 17 es la fecha elegida para tratar de sorprendernos con un derroche de desparramante ímpetu sonoro, en compañía de su inseparable Jesús de Santos.
Abrirá la velada, no obstante, Tvnnel, el proyecto en solitario de Tono Inglés, que vive por y para las sonoridades electrónicas de los 80. Un complemento perfecto para una noche no apta para amantes de lo simple.
La segunda de las citas tendrá lugar un día después: este sábado 18. En ella, Reno desgranarán en directo su trabajo homónimo, editado por La Viejita Música. De ellos ya hablamos largo y tendido. Poco más podemos añadir. Sergio Sanisidro, Manolo Tarancón, Cristian Costa y Alejandro González Panxi han cocinado un disco tan transparente en sus influencias, como arrollador y atractivo en su esencia. Pocos de los temas de Reno podrían ser calificados de relleno en una colección liderada por composiciones como Selección natural, Espiral o Velocidad.
Junto a ellos, otro cuarteto que ha evolucionado de manera sorprendente desde que, hace poco más de 3 años, comenzara su andadura, y no muchos fueran los que apostaran por su supervivencia a largo plazo. Integrado por Raúl Tamarit, José Antonio Novoa El Joven, Vicente Vila Metralla y Sergio Domingo, Los Radiadores lleva camino de convertirse, en unos años, en una de las bandas con más carisma de nuestra escena, si el sendero emprendido sigue desarrollándose en las circunstancias y filosofías adoptadas por la formación.
Raúl y compañía se están dejando los dedos presentando Manual de supervivencia, su primer disco largo, editado por Bonavena Música, tras aquella primera avanzadilla titulada Bienvenido (Flor y Nata, 2011). Día a día, Los Radiadores siguen afilando su desmesurada pasión por las guitarras más hirientes, claramente herederas de las leyendas españolas con más garbo de los 80. Un registro de voz más que peculiar, y una ambientación cruda y áspera se encargan del resto, e invitan a la evasión. Con ellos, sin duda, brindaría el gran Keith Moon después de ver su prestancia en directo. Va por él, ¿no?
Así que, recuerden, desde el pesimismo más realista, o el optimismo más eufórico no olviden consumir cultura y, si es cercana y de calidad, mejor que mejor. Por regla general, no se arrepentirán.