Cada minuto se realizan en el mundo más de 3,5 millones de búsquedas en Google. A nadie se le escapa que internet ha cambiado nuestro mundo y la forma que tenemos de acceder a la información. Ya sea porque buscamos un hotel, o porque queremos saber el tiempo que va a hacer mañana, cada vez recurrimos más a Google para buscar la información que necesitamos. Parece que todo está ahí: información, ocio, servicios o productos, todo lo que queremos se nos muestra a un solo clic del ratón o a un toque de la pantalla del móvil. ¿Y qué pasa con lo que no está, con lo que no aparece en internet? Sencillamente ni nos lo planteamos, porque todo parece estar ahí.
En internet no sólo hay cosas, también hay personas. ¿Alguna vez habéis tenido la curiosidad de “googlearos”? Es decir, de poner vuestro nombre y apellidos en la barra del buscador y ver qué es lo que sale. Seguramente muchos nos llevaríamos una sorpresa porque aunque creamos que nosotros no estamos en internet porque no tenemos ni siquiera redes sociales, vemos que aparece nuestro nombre en una multa de tráfico que nos pusieron hace años, o la clasificación de la última 10k en la que participamos. Da igual que tengamos o no página web, o que estemos o no en redes sociales, nuestro nombre aparece siempre por algún lado.
¿Y qué pasaría si las personas que tienen que contratarnos en una empresa buscasen nuestro nombre en internet antes de llamarnos para la entrevista? Ah, no, que ellos no lo hacen porque ya tienen nuestro currículum, ¿estamos seguros de eso?
Si nosotros queremos por ejemplo comprarnos un móvil, podemos leer la publicidad que cualquier compañía telefónica nos deja en el buzón de casa, o bien nos muestra en los anuncios de televisión. Pero no nos quedamos sólo con eso, ¿verdad? Antes de comprarlo buscamos en internet las características que tiene, si la cámara tiene más o menos megapixeles, comparamos diferentes modelos y leemos los comentarios que han dejado otros usuarios. Y lo hacemos porque queremos tener toda la información posible para no equivocarnos al decidirnos por un modelo u otro. Y encima, toda esa información es gratis y fácil de conseguir en internet.
Pues bien, si yo soy una empresa que tengo que contratar a una persona y tengo encima de mi mesa tu currículum y el de otras decenas de candidatos, ¿voy a renunciar a ver la información que encuentro de ellos en internet?
Y aquí es donde entra en juego lo que se conoce como reputación digital, que no es más ni menos que la imagen que alguien que no nos conozca se pueda hacer de nosotros en función de la información que encuentre en internet.
Esto tiene un importancia cada vez mayor según se recoge en el V Informe Infoempleo-Adecco sobre Redes Sociales y Mercado de Trabajo en España, el cual señala que el 88% de los reclutadores se fija en la reputación online del candidato antes de contratarlo.
¿Y cómo podemos hacer para que la información que aparece en internet sea la que nosotros queremos y la que más nos beneficie de manera profesional? Ahí entra en juego lo que llamamos marca personal. Tener un buen perfil de LinkedIn o de Facebook, cuidar los comentarios que hacemos en foros o tener un blog, son algunas de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para que cuando alguien ponga nuestro nombre en internet, la información que aparezca sea la que nosotros queremos, y no la que Google quiere.