El Museo de América
Aunque no solo de pan vive el hombre tampoco lo hace de iglesias y monumentos. Por ello una mezcla adecuada para cada uno es imprescindible.
La fortuna de que mi acompañante conociese a una ilustre profesora que “milita” en el Museo de América en Madrid con dedicación y entusiasmo, me ha permitido, de hecho hay que decir nos ha permitido, ilústranos especialmente de parte del contenido visible y expuesto de una colección de piezas de diferentes etapas de la colonización española en América.
¿Contenido visible? Si. Quizás si multiplicamos las aproximadamente 3000 piezas expuestas por 5 o 6, nos quedaríamos cortos de cuanto guarda el almacén del Museo que está situado en el principio de la Ciudad Universitaria, tras unas vallas oxidadas que cercan una torre de altura considerable de factura “farera”, con plataforma de tarta inútil rematando su cúspide, cuyo destino es una incógnita dejada, como otras , por el otrora alcalde Gallardón hoy ejerciente del Ministerio de Justicia.
El acceso es cómodo y un semicírculo de mástiles, huérfanos hoy para otras tantas banderas de homenaje aéreo a dignatarios, supongo, que visitan “la casa”, nos da la bienvenida.
Nuestra amable e ilustrada amiga nos acompaña en un recorrido que señala– en medio del vacío humano de un museo que merece estar lleno- las diferentes etapas en las que han dividido, casi estratificado, la aventura iniciada por Colón y desarrollada por miles de compatriotas que marcan un tiempo en el que España era un Imperio dónde en efecto el Sol no llegaba a ponerse.
Me detengo con interés en las escenas que reproducen la Sevilla que es el centro mercantil naval por excelencia de la época, veo al virrey del Perú y noto la viveza de los colores que contrasta con la frialdad rica de la plata del Potosí e imagino la angustia de los tripulantes y pasajeros del galeón Nuestra Señora de Atocha hundiéndose frente a La Florida o el de “Las Mercedes” frente a San Diego.
El Museo es una muestra viva que nos embarca en una aventura intelectual que permite recorrer con los descubridores y los “civilizadores” una América que es nutrida por la sangre y el semen de españoles que devienen en castas por su mezcla con los habitantes.
Nada que ver con los ingleses que no solo disponían, por cierto, de corsarios al servicio de la corona inglesa.
De Alaska a Filipinas, de Los Ángeles a la tierra del Fuego los reyes españoles se hacían traer muestras de todo cuanto había en sus territorios.
Aquí Iglesias, castillos y haciendas podrían dar cuenta del “derroche” de miles de kilos de oro y plata.
Esa de contemplar la minuciosidad de los cartógrafos y marinos españoles contorneando a plumilla, costas y baldíos, cabos e islas en una suerte de trabajo a plumilla que no ha mejorado en mucho la precisión de satélites de hoy.
¿No está usted muy entusiasmado con ese Museo? No, no lo estoy. Me queda mucho por ver y entender y de agradecer por nuestra parte, la parte de mi amiga y la mía, por haber tenido el privilegio de contar con una guía especial que conoce, vive y participa del Museo haciendo del mismo una obra palpitante que lo aleja del pasado.
Una pena el vacío humano de visitantes. Vale la pena para poder recuperar un poco el orgullo de ser español de cualquier rincón de la Península que muchos nos han quitado.
Mañana hablaré, para variar, de recetas y así mi promesa de no caer en exceso en la política, en la corrupción, en las escenas de espionaje al estilo de Mortadelo será cumplida. Buenos días.