LA EMPANADILLA
Mientras avanzaba por el pasillo portando sendas empanadillas de contenido desconocido y de número sin aclarar, Doña Carmena da un traspiés, se enreda en si misma y recae porque parece ser que ya se había caído alguna que otra vez; tantas que alguien solicita una investigación por si detrás hay una cierta violencia de genero.
La alcaldesa, de apariencia entrañable, es acero inoxidable en su alma política y no se casa con quien no quiere.
Antes de converger en la columna con Errejón, me lanzo a dar noticia de que a determinadas edades el caerse forma parte de lo cotidiano; las roturas de cadera están a la orden del día y son frecuente origen de complicaciones hospitalarias. Doy mi más cálida enhorabuena a la alcaldesa por haberse torcido el pie solo y no romperse la cadera, digo yo. Por otra parte, la noticia del asunto no hace mención del final gastronómico de las empanadillas surtidas.
En ese acto empanadillero se había concitado una cita con el semi exiliado líder Errejón al que tenía poco hablado y poco visto- según ha confesado la accidentada.
Supongo, no lo tengo confirmado porque no estaba allí en el pasillo o en la sala donde aconteció el domestico accidente, que ese desprendimiento corporal dio píe a que el joven y prometedor-hasta hoy- político ejerciera amable y cortésmente a ayudar a levantarse o a trasladar a un sofá a la herida y aquel gesto propició una casta escena del sofá, en la que se entregaron, tras una primera cura, al dulce ejercicio de la conspiración. Bellísimo.
El flechazo político entre la añosa Sra. Carmena y el imberbe- no por edad, ni circunstancia conocida en lo humano y social, sino porque, lo habrán notado, el barbilampiño dispone de un verbo sutil, razona bien e incluso, al razonar hábilmente, llega a ser entendido por poco que el personal no sepa del marasmo político en el que estamos inmersos.