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Carlos Pajuelo

Pajuelo: la chispa

DIARIO DE UN ENCIERRO (DÍA 6)

DIARIO DE UN ENCIERRO (DÍA 6)

Lo haré más corto, me digo a mismo o mejor lo haré como me salga y así me garantizo la libertad de expresión y asumo la tontería de pensar que soy más libre.

Por eso cuento algunas cosas inventadas para distraerles a ustedes en estos tiempos de zozobra y nerviosismo a flor de piel.

Casi todo es una cuestión de actitud. Sepan ustedes que he dejado de dar saltitos y hacer posturitas, porque esta mañana en un momento de descuido me he visto en escorzo y no estoy para esas gilipolleces.

Decididamente la posibilidad de presentarme al concurso de belleza senior la he desechado (empleo esta palabra “senior” porque mi amigo Rafael de Elche me dijo el otro día que no soy viejo sino senior y entonces lo digo aquí para que se sepa).

Mientras me afeitaba, algunos pijos lo llaman rasurarse; yo lo respeto como liberal socio demócrata que soy debo respetarlo, digo que mientras me afeitaba al estilo de Clint Eastwood o sea con navaja de afeitar – lo he tenido que dejar enseguida y pasarme a la maquinilla de usar y tirar- porque si me descuido me degüello al tratar de extirpar unos pelillos en la curva internomandibular o sea en la intersección de la mandíbula y el cuello (lo escribo así sin incorporar la sarta de interjecciones malsonantes que he expedido al sano aire de mi baño y además porque me suena más científico).

¿Dónde estaba?

¡Ah, sí” que mientras me salvaba de desangrarme, he oído que han suspendido el festival de Eurovisión y mi alma se ha llenado de sano gozo por España!

¿Por qué?

Yo he visto la bandera de mi país por los suelos y eso no se puede consentir que dirían los muy constitucionalistas. Si. Desde que la racial minifaldera Massiel trinaba con su” La, La” y daba gracias a todo prácticamente, no nos hemos comido una rosca en materia de votos y eso que TVE nos preparaba tres meses antes dándonos la tabarra con la cancioncita que alguien había elegido.

Cada uno debe alegrarse con lo que tenga a mano, en estos días de desasosiego donde pululan más perritos que moscas.

¿Dónde coño estaban esos perritos?

Pido perdón a mis amigos y amigas que tienen mascotas porque no me refiero a esas que yo ya sabía que existían; me refiero a los otros.

¿Qué otros?

Yo que sé si no sabían que existían cómo voy a dar razón de ellos. No me pregunte cosas imposibles por favor. Sigo.

Tras haberme salvado de desangrarme y con el alma presta me coloco un desayuno continental de “per si acas” (por si acaso) llega la hambruna.

La hambruna puede llegar no por desabastecimiento sino porque al estar confinados (suena mejor que encerrados, que es más carcelario) puede darnos por comer más.

Lo digo porque he acudido a una bolsa de madalenas pequeñas que me había guardado para un placer solitario, único que queda tras desaparecer el resto por mandato orgánico, cuando me he encontrado con la funda y sobre ella un solo ejemplar magdaleniense que enhiesto coronaba el plástico como una provocación.

Por un momento he tenido un amago de dignidad y orgullo español, pero, tranquilos, me la he zampado con cierta gula rozando la lujuria.

Ahora pienso en un escondite para esas madalenas grandes de hermosas curvas que al sumergirse en la leche desplazan a ambos lados la nata antigua y que me recuerdan a mi abuela y a mi madre cundo con mi babero me preparaba para ser un colegial devenido en aprendiz de gánster.

¿Desvaría usted D. Carlos me podría preguntar un antiguo alumno?

No. Lo tengo escrito en algún libro mío.

¡Ah! No lo he leído.

Y antes de que el alumno citado ponga pies en polvorosa. como aconsejaría cualquier psicólogo de tres al cuarto y nada que ver con mi psicóloga de cabecera Anabel, le endilgo lo siguiente para reforzar mi y su memoria histórica (la del alumno y no la de la psicóloga)

Ostras ya llevo 600 palabras.

Rápido Carlos antes de que te quiten la palabra.

Sobre los años 50, años arriba o abajo, a las entradas de la ciudad de Valencia existían los llamados fielatos y cuando entrabas a la ciudad venías a pagar una tasa de consumos y estaban los fieles guardianes llamados consumeros que vigilaban y perseguían en algún caso a las señoras o señores que procedentes de Tavernes Blanques (a la sazón meca del embutido local a precios muy interesantes).

Bien. En ese contexto mi señora madre- hábil maestra forjada en los entresijos de la hambruna de post guerra civil y su tiempo

desafortunado para muchos, ideó que debía vestirme con el babero de los salesianos que estaban y están al final de la Calle Sagunto, próximo al fielato y me colocaba una bolsa de colegio, tipo mochilita, y me subía al tranvía 24 y ella, unos asientos más atrás me vigilaba – cuidaba- bajábamos en Tavernes y compraba a modo embutido( perdón me acuerdo del tocino del cocido entre pan blanco de estraperlo, pero esa es otra historia) Ella lo guardaba en un pequeña bolsa y en mi mochilita el resto

Volvíamos y bajábamos en una parada que había frente a la hoy gasolinera, entonces era de los hermanos Ripoll, que no sé ahora.

La estrategia era digna del actual CNI (antes de que entrara Iglesias) Andábamos, digo y ella se detenía en el fielato y yo pasaba sin que el consumero me dijera nada. Era un niño que volvía de un colegio Era el principio prometedor de un gánster en Valencia, pero nada.

Aquello se truncó cuando un consumero nos persiguió…Ostras estoy en la palabra 900 y pico. De esta me dan de baja en el blog por ansioso.

Eso si prometo contar como quedó todo. ¡Ah! Si yo hubiera vivido en USA y en el tiempo de la Ley Seca.

Hasta mañana…a lo mejor.

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Por Carlos Pajuelo

Sobre el autor

Profesor emérito Universidad, escritor , publicitario y periodista. Bastante respetuoso con los otros. Noto la muy mayoría de edad física. Siempre me acuerdo de aquello de "las horas hieren y la última mata" y para aquel que trate de averiguar que significa esto ; cada uno que crea y piense lo que quiera


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