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Carlos Pajuelo

Pajuelo: la chispa

LA VENTOSIDAD DETONANTE

La ventosidad detonante
Es el caso que dos familias se han enzarzado, el pasado fin de semana, a puñetazo limpio en un spa de
Caldea por un pedo que uno de los asistentes gasificó en el vestuario de hombres junto a otro que,
de la otra familia, lo recriminó por haberse aliviado
públicamente, sin recato alguno, e incluso, se diría,
con cierto ánimo exhibicionista.
El hombre parecía mostrarse orgulloso de su
pedo.
Este orgullo me trae a la memoria a una dama
que entrada en años era propicia a la “pedorreta”
familiar y objeto de risas entrañables entre los suyos, ya que ella, tras el alivio, solía decir “fica-li un
llaçet”.
Que digo yo que al releer el texto anterior quizás
alguno piense que esto no es propio de un marco
como este. Discrepo obviamente y eso lo digo
porque primero es una noticia que ha producido
un altercado y por otra parte supone una reflexión
sobre cuál debe ser el límite de una intimidad que
natural, frecuente, y que de no darse puede producir algún importante dolor de tripa por retención de
gases, producto efímero de la ingesta alimenticia.
Así pues, tras esta justificación periodística sobre un hecho real, me doy permiso, junto con el editor, para la continuidad.
Y allí en el vestuario del spa, sigo con la historia,
se imbricaron en una discusión que fue elevando
el tono llegando a eso que se ha dado en llamar “a
mayores”, y de ahí, de trifulca verbal, derivó en algún empujón, leve primero, más brusco después y
finalmente a tortazo limpio y allí fue, se ve, todo “a
calzón caído”, de tal suerte que los empleados del
citado spa no pudieron calmar a ambas familias que
había generalizado el intercambio de improperios y
golpes, teniendo que intervenir “la fuerza pública”
con resultado de algún detenido y algún rostro ligeramente abultado.
A mí eso me produce dudas. Las dudas nacen de
la prueba.
En este caso sería las declaraciones de uno u
otro portavoz familiar. No fueron cogidos con las
manos en la masa.
La masa probatoria había sido diluida en la atmosfera protectora del benéfico spa por lo que,
supongo, la denuncia se sustanció solo por las evidencias del malentendido; ni siquiera el acusado de
aliviarse pudo presentar documento médico alguno
que le permitía y justificaba su necesidad de ventosearse allí donde la urgencia del caso le pillase
y más, digo yo por mi cuenta aquí, si el condumio
hubiese sido abundante en col o judías de El Barco
con chorizo, que propician, dicen, importantes nubes de gas interno digestivo. Cosas de la digestión y
de la vida misma que, en muchas ocasiones, o casi
siempre, discurre por orillas distintas al momento
político, por ejemplo.
Como me queda, gracias al editor, espacio me
remito a mí mismo cuando hace más de 40 años,
que no es moco de pavo, publicaba un sucedido con
igual cariz en un libro de cuentos de nombre “Quince cortos” – flor de un día de vanidad y gloria efímera gracias a mis amigos-y que dio al traste con
una potencial historia de amor.
“Olor a Aurora” lo titulé. Era la historia de una
muchacha que andaba enamorada de un vecino
que compartía frecuentemente el ascensor de un
edificio para militares, que se hicieron en su época, y que cruzaban miradas con ligero aire progresivamente romántico ante la observación de los
vecinos de ascensor que intercambiaban miradas
comprensivas.
Allí estaba naciendo un nuevo amor, evidente.
A veces, coincidían a solas y se decían algunas
cosas. Uno de esos días, después de comer bien
la niña Aurora, hija de un comandante, notó su
estómago removido por unas lentejas con chorizo
de Pamplona- procedente, por cierto, y aunque no
venga al caso de un “pelota” del militar que buscaba un pase de pernocta- y viajando a la sazón en
compañía del joven en el ascensor no pudo reprimir un enorme, un gran y sonoro pedo que llenó el
camarín del lento y viejo ascensor, de una atmosfera que rozaría al sulfuro de hidrógeno, el de los
huevos podridos.
La hija del comandante se dio la vuelta, se enfrentó roja como un tomate maduro a la pared de
madera del artefacto y casi lloró de vergüenza, se
encerró en casa y más tarde se supo que el comandante había solicitado y obtenido un destino lejos
de aquel edificio.
Sin duda, este es un ejemplo más del cómo una
ventosidad natural del ser humano puede servir
para acabar en la comisaria o truncar un naciente
amor: al amor de un ascensor.
Es la vida misma.

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Por Carlos Pajuelo

Sobre el autor

Profesor emérito Universidad, escritor , publicitario y periodista. Bastante respetuoso con los otros. Noto la muy mayoría de edad física. Siempre me acuerdo de aquello de "las horas hieren y la última mata" y para aquel que trate de averiguar que significa esto ; cada uno que crea y piense lo que quiera


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