LA OTRA ESPAÑA
Pese a que muchos de nosotros hemos crecido con el oído lleno del concepto de las dos Españas, algunos pensadores han dado en investigar y han coincidido en la existencia de una masa muy densa e importante en número de compatriotas que ocupa una franja bajo el nombre de “la mayoría silenciosa”, una denominación que tuvo éxito en Estados Unidos.
Quizás esta mayoría fuera LA OTRA ESPAÑA.
Fue el espacio que ocupó Ciudadanos de una parte y otros se adhirieron a lo que se ha dado en llamar Podemos, un poco en la sombra denominativa de Obama en su momento con “We can”. Nosotros podemos.
Con este espíritu reflexivo recomiendo al lector que sea objetivo y se pregunte si ese espacio al que me refiero existe todavía y, en efecto hay otra España que trata de convivir con las otras dos.
Tal vez sí. Yo he tenido la suerte de encontrar jóvenes entre 22 y 49 años (a estos últimos los califico así desde mi perspectiva de mi propia y provecta edad) y he mantenido con ellos conversaciones sobre el estado del país y los cambios que se van produciendo.
¿Otra España que la que nos cuentan los medios y, a través de ellos, los políticos enzarzados entre sí en un nudo gordiano?
Sí. La hay.
La del descontento callado, la del espíritu lleno de incertidumbre, la de la crisis de la igualdad y la que no termina de entender, por ejemplo esa lucha justa por la separación de sexos que larva la necesidad de la igualación de deberes y derechos de ellas y ellos; esa necesidad evidenciada de confusión sexual y esa adicción a la enseñanza temprana de la sexualidad, que llena la cabeza de quienes todavía tienen edad de jugar.
Esos cambios, a los que hablaban conmigo, les daba una mezcla de risa, incomprensión e ira por los recursos que el Estado pone en manos de ese Ministerio, llamado de Igualdad en vez, decían, de dedicarlos a la toma de medidas para paliar problemas como el paro, que en muchos casos conduce a planteamientos de abandono, consumo de drogas o al alcoholismo, a fuerza de días y semanas sin hacer nada, sin ocupación.
Abjuran de los políticos, a los que acusan de “confinamiento” ideológico e interesado, dejando de lado los verdaderos problemas de un sector muy amplio de jóvenes que alcanza cuotas de paro que sobrepasan con mucho la de los países a los que nos comparamos cuando se llenan la boca de llamarnos europeos.
Según el último Eurostat, España es el país con más paro juvenil (30,6)5 y casi dobla la media de la UE (15,5 %), se refiere siempre a jóvenes hasta los 25 años, frente a Alemania y la Republica Checa, que es del 6%.
Esta realidad afecta a una parte muy importante de más de los 7 millones de jóvenes entre 15 y 29 años censados 2021.
¿Qué hacemos?
Nos dan discursos para anunciarnos medidas, y entre tanto la ociosidad y la relajación de los contenidos educativos y la exigencia van menguando. Y menguan tanto que nos olvidamos, al parecer, de incluir parte de la historia de la otra España, la historia de un patrimonio cultural que para sí quisieran muchos. No quiero caer en el cliché del Imperio donde no se ponía el Sol porque de inmediato surge el término facha como desprecio a lo que fue cierto y es parte de nuestra identidad.
Yo tengo un talante neuromusical que no es más que la tendencia, me digo a mí mismo, a llevar en la cabeza canciones, textos, melodías que yo luego soy incapaz de darle voz y tono, o sea, no sé cantar. Podría haberlo dicho así de simple, y dejarme de intentar inventar lo de “neuromusical”.
¿A qué viene esto? Al hecho de que al decir la otra España, me acuerdo del grupo Mocedades, que ya se ha disuelto y sus componentes andan alguno cantando por ahí en solitario y muy bien, por cierto.
Resulta que, al dar el titular a la columna, se me llena la cabeza de la música y parte del texto de una canción de ese grupo musical que se llamaba así: “La otra España” es la que huele a caña, tabaco y brea; y con todo eso me doy cuenta de que en estos momentos ese viento reivindicativo de lo mal que lo hicimos en América es una patraña.
Comparémonos con los ingleses, los holandeses, etc.
Y ahí, con ese mismo hecho, estaríamos en condiciones de valorar nuestra presencia en aquel continente americano que ahora juega a despreciarnos y a exigirnos solicitar el perdón.
Perdón. ¿por qué?
Y la respuesta aquí ha sido –ojo al dato- entre otras cosas, acometer reformas educativas tendentes a borrar nuestra historia como país, y algunos grupos de matiz diverso lo aceptan.
Estamos en un lío. Dentro y fuera de las fronteras y con el bolsillo vacío. ¿Qué farem? ¿Farem foc o fugirem?