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Arturo Checa

Chips & Tuits

Cromos 1.0, o la joya de la plaza Redonda

Hay cosas que la tecnología jamás podrá cargarse. Igual que la televisión no acabó con el cine, ni el vídeo mató a la ‘estrella de la radio’, así como tampoco internet acabará con la prensa de papel (Dios me oiga)… Los tentaculos de la dictadura 2.0, aunque muy presentes no llegan a todas partes. Lo comprobé el pasado domingo, con mis dos churumbeles de la mano, una pistola de dardos de gomaespuma en uno de los bolsillos traseros de mi pantalón, un tremendo puñado de ilusión a la chepa y la sensación de estar regresando a zancadas a mi anhelada infancia, aquella en la que mi abuela Felicitas hacía tortillas de patata de hasta tres dedos de grosor, aquella en la que nunca acababan “las largas tardes de sol”.

El apasionante vieja y la palpable prueba de que la tecnología no todo lo puede ocurrió en el cruce de la calle San Vicente con la plaza Mariano Benlliure de Valencia. El billete de ida lo llevaba mi hijo mayor en la mano. Un fajo de ilusión en forma de cromos. “¡Que no son cromos, que son cartas”, que diría él. Así que perdón, CARTAS de Invizimals, una fiebre de proporciones incomensurables entre los más pequeños y una ruina para los bolsillos paternos (pero qué poco precio tiene ver sus ojillos de alegría cuando le sale un nuevo ‘Xtractor’, un ‘Chupacabra’ o un ‘Dragón de acero’).

Y allí, en aquellos maravillosos diez metros de acera en el corazón de Valencia, en ese cruce de los sueños infantiles, a tiro de piedra de la singular plaza Redonda, se alza el Reino de los Cambiadores de Cromos. Allí no hay móviles, ni whatsapps, ni zombies mirando a pequeñas pantallas brillantes, ni zumbiditos y pitidos por doquier. Allí no existe el 2.0. Es el mundo del destierro de la tecnología. Este es el reino de los Cromos 1.0.

En el cruce de San Vicente y Mariano Benlliure, los niños se asaltan por la calle para cambiarse cromos, se cogen de la mano al identificar en el taco del otro un Invizimal largamente buscado, el último fichaje de la Liga o la última evolución de un Pokemon. ¡Cuánto tiempo sin escuchar aquel “¿cambias?” que oía yo en el patio de los Agustinos, con cromos de la Liga, los Pitufos o Willie Fogg en mi poder. Aquí los niños, la gente, se tocan, se miran a los ojos, se comunican cara a cara, sin chips, tuits ni tuentis de por medio. Aquí los padres vuelven a ser niños, comprueban con anhelo infantil la lista de los números de los cromos para cerciorarse de que el ‘monstruito’ que ha elegido su hijo no está entre los cromos que ya posee. Intentan que su pequeño complete ‘su’ colección, aunque en el fondo se ha convertido también en la suya: en la colección del padre-niño.

En el Reino de los Cambiadores de Cromos, adultos y enanos se arremolinan en torno a tacos y tacos de pequeños papeles (¡¡papel, que infamia para la Dictadura 2.0!!), se dejan caer en el suelo, tachan con boli o lápiz (¡¡con boli o con lápiz en la época de las tablets!!) los tesoros con los que van completando su particular universo. Se intercambian los tacos. Se tocan. INSISTO. Se tocan, establecen contacto físico, humano y cercano.

En la hora larga que yo y mis churumbeles rondamos por ahí, no vi ni un sólo móvil en manos de nadie, no observé que nadie hablara por su smartphone ni enviara mensaje alguno. No se oían pitidos tecnológicos. Sólo ‘¿cambias?’, ‘lo tengo’, ‘no lo tengo’ y decenas de pequeños tesoros pasando de mano en mano. Ni por mail ni por whatsapp. DE MANO EN MANO.

Hay cosas que la tecnología jamás podrá cargarse. Una de ellas es el Reino de los Cambiadores de Cromos. Y tantas, y tantas, y tantas… pese a muchos gurús que se empeñen en ello. 

Por Arturo Checa

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