Hace dos semanas que nos dejó el mago Gabriel García Márquez. Y 15 días después aún siguen resonando en el mundo y en las redes sociales la fabulosa magia juntando letras del maestro colombiano. Aunque los fabulosos misterios de Macondo, las joyas oníricas y fantasiosas de los gitanos de Melquíades y la deliciosa combinación de realidad, fantasía y literatura en estado puro de sus obras nunca nos dejará. La red sigue plagada de maravillas que recuerdan a Gabo. Pero también es cierta una cosa: hace mucho tiempo que matamos a Gabo. Hace mucho tiempo que los seres humanos acabamos sepultando la cultura a un oscuro rincón de nuestras vidas. Y hace mucho tiempo que, por desgracia, niños, jóvenes, adultos y ancianos enterramos ese maravilloso mundo de los libros.
Que la cultura es un mundo ruinoso, en lo que a la economía se refiere, lo constatan continuamente las cifras. Basta teclear unas cuantas palabras en la red para bajarse gratis cualquier obra que esté en la actualidad en el escaparate de una librería. Una piedra en la tumba de Gabo y de la literatura.
Que los niños hace tiempo que ven más tele que tienen un libro entre sus manos (si es que alguna vez, en la sociedad reciente, fue al revés), es una verdad tan irrefutable como lamentable. Mucho hablar de los derechos de la infancia, pero no movemos un dedo por hacer que la infancia disfrute del derecho de deleitarse con las maravillas de la literatura. Una piedra en la tumba de Gabo y de la literatura.
Que el periodismo de calle, suela gastada, historia bien contada y lenguaje cuidado, para no sólo informar al lector, sino deleitarlo y hacerle disfrutar con la forma además de con el fondo (eso que tan a menudo está tan mal visto como es el periodismo literario, o la literatura de no ficción), ese periodismo que tanto amaba, practicaba y pregonaba García Márquez, que ese periodismo hace tiempo que está moribundo, por desgracia es otra despampanante y trágica verdad. Que ese mismo periodismo sigue deslumbrado con los focos cegadores de internet, el futuro 2.0 y los contenidos digitales, enterrando esa libretilla y ese lápiz como voraces armas informativas que tanto amaba Gabo, eso tampoco nadie (por desgracia) lo puede negar. Una piedra en la tumba de Gabo y de la literatura.
Que un simple viaje en el autobús, en el metro o un paseo por cualquier plaza pública sirven para ver un libro (o ninguno) en alguna mano furtiva, y una dictadura de móviles hipnotizantes, tabletas engatusadoras y un mundo de chips, tuits y cero páginas con olor a libro (ese maravilloso olor a libro). Una piedra en la tumba de Gabo y de la literatura.
Que los medios de comunicación de INFORMACIÓN general languidecen en cuanto a audiencia mientras los periódicos deportivos y las revistas del corazón, que entretienen e informan de cosas triviales como deportes o braguetas, pero que no lucen en su máximo esplendor el máximo escalafón del derecho a la información que representan los medios generalistas, es otra patada a la cultura. Y otra piedra en la tumba de Gabo y de la literatura. Hoy todos lloramos a Gabo. Pero hace tiempo que ponemos piedras sobre su obra, su persona y, por ende, encima de toda la literatura y de la cultura.
Obras son amores y no buenas razones.