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Arturo Checa

Chips & Tuits

'Her' no es ciencia ficción

Basta andar por la calle y comprobar cómo hay zombis con los ojos atados a los pies que no serían capaces ni de reconocer a sus padres si se cruzaran con ellos. Viajo poco en metro o autobús, pero los periódicos, libros y conversaciones animadas han dejado paso a pantallas centelleantes, inmensos auriculares que convierten en autistas sociales a sus propietarios y chismes mudos e insensibles en manos y dedos que más que teclear acarician. La oscarizada ‘Her’, premio al mejor guión original para Spike Jonze, no es una historia de ciencia ficción. No es una fábula futurible o de posible aparición. Es real, actual y palpable. Los enamorados de su móvil son (¿somos?, la epidemia es global…) legión. Aquello de un individuo atónito con su smartphone, atrapado entre apps, suspirando por las actualizaciones, cegado por sus whatsapps, idiotizado por los megas o los bytes es hoy más real que nunca.

Eso cuenta básicamente ‘Her’, la relación de amor que se establece entre Theodore, un tipo normal, y Samantha, su seductor sistema operativo. Una especie de Siri pero a lo bruto. Aunque quizás lo que de más miedo no sea la autoesclavitud en la que nos hemos sumido, la de verte más de una vez al día sacando el móvil del bolsillo para acariciar lujurioso su pantalla, para dos segundos después darte cuenta de que no sabes qué ibas a mirar, para dos segundos más tarde darte cuenta de que apenas un minuto antes habías hecho justamente lo mismo. Y así todas las horas del día. Eso asusta, pero casi más lo de que le ocurra a TIPOS NORMALES. Lo describió fantásticamente bien el Aviador @mikel_labastida en ‘Amores que matan’, con un párrafo tan magistral como el que sigue: 

Theodore no es un ser aislado, ni un raro marginal. No. Theodore forma parte de una sociedad que ha convertido la autosuficiencia en un valor, que contempla como virtud el hecho de no necesitar a nadie, que da palmadas en la espalda a quien nunca muestra síntomas de flaqueza. Vamos, de la misma sociedad que hemos construido usted y yo. O, al menos, en la que nos ha tocado vivir.

No hace falta hoy un ‘The Walking Dead’ real en nuestro mundo. Ya lo tenemos entre nosotros. Basta otro paseo por el metro. Ya lo dijo el gran Zígor Aldama

Ahí está ella. Con un libro. Como un bicho raro en medio de una familia de zombis cibernéticos. La excepción que cumple la regla de la deshumanización del ser humano

O si no, no hay que remontarse más que a hace dos semanas. El día D. El día de la hecatombe de whatsapp. El día de la hecatombe de whatsapp y de Telegram saturado al mismo tiempo de todos los ‘whatasapperos’ que huían despavoridos de whatsapp al no poder comunicarse por mensaje. Estoy seguro de que por las calles había gente con pánico en la cara. Mirando el móvil como si acabaran de recibir la noticia de que alguien se ha muerto. ¿Y ahora cómo me comunico?, quizás se preguntaran. Como si ya no existiera el SMS. Como si ya no existiera la llamada telefónica. Como si ya no existieran los timbres de la casa, aquellos mismos que tocábamos de niños para preguntar “¿puede bajar Manolito a chutar la pelota a la persiana del garaje?“. Sin whatsapps ni tantas mierdas.

Casi como las nuevas generaciones. Con 12 años ya soban el móvil. Con dos años, abren, cierran y cambian de sitio aplicaciones del iPad. De esto soy yo testigo a diario en mi casa. El otro día, llevando a mi hijo al colegio, una mocoseta salía por la puerta del centro con un trasto que yo no sé si era un móvil enorme o una tableta pequeña, pero se la veía ensimismada y absorta en ella. Y entonces me acuerdo de mis tardes de verano en Piqueras del Castillo, un remanso de paz en mitad de Cuenca. Sin móviles. Sin teléfonos. Hasta sin cabina. Pelándose las rodillas en la calle. Hablando con los amigos de puerta en puerta. Como cada noche, cuando el primero que acaba de cenar iba a casa del más cercano. Y juntos, iban a buscar al siguiente. Y juntos, al siguiente. Y así, en mi casa, en las que más tarde se solía cenar, el comedor acababa pareciendo una pequeña escuela infantil, con una docena de niños sentados y aguardando hasta en los brazos de los sillones. Igualico que hoy con el whatsapp. Cercano. Humano.

Nos hemos convertido en drogadictos de la tecnología. Si nos falla algo cibernético, nos entra el mono, la ansiedad, una indescriptible sensación de pánico. ‘Her’ se queda corta

Por Arturo Checa

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abril 2025
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