Hace ya una semana que colgó su enlace en Facebook, pero el mensaje de mi compañera de promoción Lourdes García Esteve me sigue saltando a la cabeza (se nota su sensibilidad con los más pequeños, por algo es el ‘alma mater’ de la web Roda la bola, uno de los mejores espacios en la red para hacer planes con niños en Valencia). Revivo la imagen, sonrío, imagino el instante y me lleva a pensar cuántos preciados y mágicos instantes de nuestra vida nos perdemos hipnotizados con la puñetera pantallita sin ver todo lo que pasa a nuestro alrededor. Sé que me repito, una vez más, pues algo parecido ya se contó aquí, en la entrada ‘Los absorbidos’, pero creo que la escena de la amiga Lourdes hace que merezca la pena volver sobre el tema. Reproduzco aquí el mensaje que colgó en Facebook y que describe el mágico instante vivido con su hijo. La enorme grandeza de las pequeñas cosas…
“Mi hijo me contaba sus cosas”, una llamada al móvil, eso que tantas y tantas veces nos ha pasado a todos (y la hemos contestado), y el mágico efecto de la simple acción de colgar: “Sus ojos se abrieron como platos, me dio un abrazo enorme”. Un auténtico tesoro que queda para siempre en nuestra memoria por el simple hecho de colgar un teléfono. Lo contrario hubiera sido estar atento a algún marrón del trabajo, interrumpir un instante mágico con esos genialmente locos enanos, perderse algunas de esas palabrejas únicas o construcciones verbales tan imposibles como tiernas. Lo contrario hubiera sido perderse un tesoro irrepetible y único por el simple hecho de seguir hipnotizados por nuestro smartphone.
El otro día, alguien también me hizo pensar en la calle. Andaba yo enfrascado en mi móvil. Una vez más… Estaba en el viejo cauce del Turia. Mis hijos jugaban en unos columpios cercanos. Lo cierto es que me había estado deleitando ya un rato largo con sus carreras, sus sonrisas, sus fantasías con que el tronco de un pino cercano cobraba vida, sus espontáneas y fáciles amistades con un par de niños que jugaban al lado, apenas con intercambiar un par de frases (bendita confianza que tanto hemos perdido los mayores). Pero en el instante en el que llegó ÉL, yo andaba hipnotizado por el móvil. Revisando mis correos pese a estar librando (¿por qué, qué necesidad hay de ello?). Y apareció Gabriel, un mendigo, con un brik de vino y un perro con una cadena por correa como compañeros. Y me soltó su lección…
“¿En qué trabajas?”. Con esta pregunta directa empezó su conversación. Fue su único interrogatorio. Luego me empezó a contar su vida. O mejor, las últimas horas de ella. De cómo aquella noche había dormido en un banco del Carmen. De cómo le habían robado la bici. De cómo la resaca estaba matándole (“menuda borrachera cogí anoche”). De cómo a pesar de ello no soltaba el brik de vino. De cómo hacía unos días había avisado a la policía al encontrarse una serpiente en el césped del viejo cauce, algo que no sé si ocurrió realmente o estaba sólo en su alcoholizada mente. De cómo esa noche igual optaba por dormir debajo de un puente. Hasta que llegó su lección…
– Y a ver qué ceno esta noche. Y sin embargo, soy feliz… ¿Sabes por qué?
– Pues tiene mérito. ¿Por qué? (le contesté yo).
– Porque no tengo móvil