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Héctor Esteban

El francotirador

El mejor regalo de los Reyes Magos

Mis padres decidieron antes de separarse que mi hermano y yo estudiáramos en los Escolapios. A tres kilómetros de casa. Éramos pocos los chicos del extrarradio, de barrios catalogados como obreros, en aquel colegio de la calle Micer Mascó, una zona en la que se concentra parte de la clase media-alta de la ciudad. Al margen de ser los dos únicos niños de padres separados en el centro religioso incluso antes del fallido golpe de Estado de Tejero, éramos reconocibles también por ser los únicos en lucir pantalón corto y calcetines altos hasta los días de frío siberiano (mi madre zanjaba aquellas eternas discusiones con el odioso: así estáis más guapos)

El camino de vuelta del colegio a casa nunca fue igual. A veces me recogía mi madre en un destartalado Mini Cooper (fruto del reparto de bienes tras el divorcio) abollado por delante y por detrás tras ser emparedado por dos Seat 131 en la avenida del Cid de Valencia. Recuerdo aquel día de mi cumpleaños en que mi madre metió a ocho niños en el coche y acabamos empujándolo porque se estropeó a mitad de camino a casa. Cambió el Mini por un Renault 8 blanco (con esa ventanilla de doble hoja), y finalmente mi hermano David y yo disfrutamos de la comodidad de un Supercinco (versión mejorada del Renault 5).

En la primera fila, el segundo por la izquierda entre Cremades y Climent. Año 1981, Clase 2ºC EGB

Los días que no volvíamos en coche, peregrinábamos desde el colegio hasta la vieja estación de madera por la orilla de Viveros. Un camino que mi hermano y yo hacíamos junto a mi compañero Óscar Carbonero. Conocimos todo tipo de trenets: desde los verdes con asientos de madera y luminarias gigantescas hasta unos azulones más modernos con un pito ensordecedor. Bajábamos en la parada de Tránsitos, donde todavía llegamos a sacar el billete en aquella estación redonda de piedra con techado de tejas y escalera de caracol. La última etapa de estudiante en el colegio se cerró con BUP y COU. En esa época, y ya con pantalón largo, hacía el trayecto a casa andando en compañía de tipos como Víctor Luengo (el único estudiante de EGB capaz de machacar en la canasta del patio porticado), Vicente Revert y David Recasens. Ambos se quedaban en sus portales antes que yo, que afrontaba sólo el peligro de ser atracado por las antiguas huertas de Marchalenes.

Si la vuelta del colegio nunca era igual, hay una cosa que nunca cambió. Mi destino siempre era la casa de mis abuelos maternos. Ubicada en la avenida Peset Aleixandre (antes Onésimo Redondo). Hoy cierro los ojos y con la palma de la mano todavía puedo palpar cada rincón de aquel piso. El papel de las paredes, el tacto de la fina madera de la mesa, el sonido del botón de UHF de aquel televisor sin mando. El chirriar de la puerta metálica del armario del baño en el que mi abuelo guardaba unos frascos que rellenaba con colonia a granel. La despensa de mi abuela. El cuarto de los zapatos. Hasta el ruido que hacía el ascensor al parar y abrirse la puerta mientras yo buscaba el frío de la pared de aquella habitación del fondo en la que se dormía con almohadón de plumas.

Mi abuelo se llamaba Eduardo García Alarcón. Era corredor de seguros. Acabó ofreciendo pólizas tras tener que malvender parte de su patrimonio en Chiva por cosas que nunca me contaron (asuntos de mayores, decían). Por eso se trasladó a Valencia, hizo borrón y la cuenta nueva fue exitosa. La gente de bien siempre remonta.

Tenía el despacho en casa. En la primera puerta a la derecha. Allí, sobre un archivador de color verde aceituna, perfectamente doblado por la mitad, había siempre un periódico. Mi abuelo tenía la (in)sana costumbre de comprar casi todos los días del año la prensa.

Yo iba a casa de mis abuelos a merendar. Mi ‘abuelita’ Virtudes (el diminutivo perdura en las nuevas generaciones), excelente cocinera, siempre nos embutía con magdalenas caseras gigantes (con ese azúcar quemado por encima), mantecados, bollos suizos, cruasanes, bizcocho… acompañado siempre de unos obligados cuadraditos de chocolate.

Pero antes de darme al dulce, siempre había una parada obligada en el despacho de mi abuelo. Iba a por mi tesoro. A por ese ejemplar de periódico que descansaba doblado sobre aquel archivador verde. Cogerlo me hacía feliz. Mientras me comía los bollos devoraba el diario. Los lunes, la Hoja del Lunes, y el resto de de los días LAS PROVINCIAS. Empecé a amar el periodismo entre bollos y Barrio Sésamo. Si alguna vez no había periódico, la tarde ya no era la misma.

Mi abuelo Eduardo

Mi abuelo no llegó a verme estudiar Periodismo. Falleció un año y medio antes de que empezara la carrera. Todavía recuerdo aquella llamada minutos antes de las ocho de la mañana de mi tío a casa para decirle a mi madre que “el padre” había muerto. Fue la primera vez que fui consciente de que no vería a alguien nunca más. Lloré a mares. La tarde noche de antes todavía le pude dar un beso. En el recibidor de su casa, bajo el dintel de aquella puerta que todos los días atravesaba para buscar el periódico. Yo llegaba de una tarde de discoteca y él se iba al hospital a pasar su última noche vencido por el cáncer.

Mi abuelo murió al amanecer del Día de Reyes. De un día como el 6 de enero de hace 23 años. Se marchó sin saber que me hizo el mejor regalo de mi vida: ser periodista

Gracias abuelo.

Por Héctor Esteban

Sobre el autor

Periodista. Me enseñaron en comarcas, aprendí en política y me trastorné en deportes. No pretendo caer bien. Si no has aparecido en este blog, no eres nadie.


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