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Héctor Esteban

El francotirador

Cierra el único negocio de Valencia exclusivo para pagar por orinar

El único negocio que había en Valencia en el que había que pagar por orinar ha cerrado. La aventura ha sido efímera. El emprendimiento se ha dado de bruces con la dura realidad. La verdad es que un eurito por hacer pipí era un poco abusivo. Aquí os recuerdo el post que escribí cuando abrió la persiana Netoilet, la única excusa para que las esquinas del centro no fueran improvisados retretes. Bueno, la vida de este negocio fue el de una meada corta. En este post os recuerdo su historia:

 

“Pagar por mear. Así, a lo bruto. Perdónenme por la rebosante sinceridad pero es la pura verdad. A Valencia, justo al centro de la ciudad, ha llegado el primer establecimiento con una única razón social: cobrar por orinar. A euro el chorrito de pis. La urea es la esencia de este negocio. Como la flor en la floristería.

La antigua oficina de Bancaja de la calle Navellos (que puñetera es la vida), junto al Parlamento valenciano, se ha transformado en un bajo en el que el viandante apurado por aguas menores y mayores puede seguir su curso descansado y relajado a cambio de una moneda. El alivio a precio de ganga. Hace semanas que un servidor, cotilla por naturaleza, ya metió la nariz en el establecimiento porque le habían chivado que aquello iba a convertirse en un meódromo. Entre polvillo de azulejo escupido por la radial y cintas métricas dejé la huella de mi bota en el cemento de la entrada. El albañil maldijo en arameo por mi metedura de pata (nunca mejor dicho), “Eehh, estoo, ¿aquí no había un Bancaja?”, pregunté para salir del apuro. Me soplaron que aquello iba a ser un negocio pionero en la ciudad y quise comprobar in situ el espíritu emprendedor valenciano del que tanto alardea el Consell.

Pagar por orinar

El jueves por fin entré. “Hola, me meo”, dije. Un chaval muy simpático me cobró por adelantado el euro y me dio la factura antes de miccionar. Inmediatamente me señaló unos tornos (me quedé algo despagado porque no reflejaban la cuenta de la gente que había ido a orinar antes que yo) y entré en el baño de hombres. Limpios como una patena. Cada habitáculo con la pared de un color, con su papel, su cubito de la basura y el doble botón para tirar de la cadena (ya sabe, aquello de aguas menores y mayores). Quisquilloso que es uno sólo apunto un pero: la taza, para uno que se ha criado con el modelo gigante de Roca en casa de sus abuelos, un poco pequeña. Al salir, grifo inteligente para ahorrar agua, pila integrada en el mueble, jabón y secador de pared. Un lujo señores, un lujo. También hay servicio para mujeres y servicio de lactancia. Y si tiene usted un poco de suerte, miccionará con el hilo musical de los dos artistas callejeros que con acordeón (siempre me he preguntado por qué todo el que toca el acordeón termina por pedir dinero en la calle) y violín apuñalaban el “My way” de Sinatra.

Al salir y pasar por el torno otra vez, el dependiente me informó que por haberme gastado un eurito en pipí tenía derecho a un descuento de 50 céntimos si compraba algún artículo de la tienda. ¡Qué les parece! Esta es la segunda parte de la historia. Aprovechando el arrebato miccionador, el emprendedor que ha puesto en marcha en pleno centro el meódromo a un euro vende artículos de regalo con descuento. ¡La leche, es la leche!

La oferta fue irrechazable. La meada me iba a costar la mitad. Así que me puse a husmear por el meódromo-tienda. Entre guantes, bufandas, pulseritas, ambientadores, falleras de cartón y delantales con motivos valencianos tipo souvenir… me salió la vena titiritera y me compré un diavolo. Marcaba cuatro euros con cincuenta. Pero como soy un tipo despierto y había orinado con antelación me lo llevé a casa por cuatro euros (si primero compras el diavolo y luego te da por hacer pis la broma igual sale por cinco euros y medio). Dije buenas tardes y me marché aliviado además de con un diavolo amarillo medio euro más barato de lo que costaba.

La primera duda que me asaltó en la calle con la vejiga ya vacía fue cuánta gente tiene que entrar a orinar al día para hacer rentable el negocio. Supongo que el alquiler (desconozco si el local es en propiedad) de un bajo en la calle Navellos costará un riñón. Y cola, lo que se dice cola para ir al baño no había. A decir verdad, yo era el único cliente de la tienda.

Nadie puede negar que la calle tiene una alta frecuencia de paso. Desemboca en la plaza más emblemática de la ciudad, la de la Mare de Déu. Me imagino que los días de Ofrenda habrá muchas falleras en fila para miccionar en plena lucha con sayas y cancanes. Y los días de manifestación (cada día hay más) quizá haya un público potencial con un eurito en el bolsillo dispuesto a gastárselo en hacer pis. E incluso los días de pleno en Les Corts, con algunas de las protestas que se forman en los aledaños de la Cámara. ¿Pero el resto de la semana? El español no está acostumbrado a eso de pagar por hacer pipí.

Si les soy sincero hay una cosa que me duele en el alma. Ser limpio y pagar por orinar me cuesta más caro que a un diputado un café en la cafetería de Les Corts, que está a escasos metros de la tienda-meódromo. ¡No es justo! ¿Por qué a usted y a mí nos cobran 166 pesetas por orinar y a un diputado (usted y yo otra vez) le financiamos con dinero público un café?

En fin, el cabreo se me pasó después de darme cuenta de que un meódromo pone a Valencia en el mapa. Por fin somos europeos. Cosmopolitas y civilizados. Como en otros países, ya podemos pagar por miccionar y colaborar para que la ciudad esté más limpia y saludable. Por eso propongo la caza y captura a partir de ya de los meones furtivos de esquinas. Miccionar en la vía pública incumple al menos los artículos 6 y 77 de la ordenanza municipal de limpieza urbana a 75 euros la infracción, por lo que gastarse un euro no es un derroche.

P. D. La meada pagada me hizo volver a mi tierna infancia cuando los domingos por la tarde iba con mi madre a Barrachina, en la plaza del Caudillo-PaísValencià-Ayuntamiento, a comernos un bocadillo de longanizas a la plancha. Al bajar al servicio (cita obligada) siempre le dejábamos unas pesetillas a la persona que guardaba y limpiaba los cuartos de baño.”

 

Por Héctor Esteban

Sobre el autor

Periodista. Me enseñaron en comarcas, aprendí en política y me trastorné en deportes. No pretendo caer bien. Si no has aparecido en este blog, no eres nadie.


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