Nos hemos convertido en una sociedad donde solo sabemos hacer parches para problemáticas que requieren acciones más intensas y profundas. Por ejemplo, en educación creemos que cambiando cuatro asignaturas y el tema de los aprobados vamos a mejorar. Nadie se atreve a enfocar el grave problema de fondo y es que hasta qué punto nuestros representantes políticos son las personas adecuadas para ello. Desde luego personalmente no lo creo, pues muchas veces son más sus intereses partidarios y de poder los que les tienen atadas las manos y los pies. Podemos hablar también de la alimentación en el país, un país que presume de cocina mediterránea y que ve incrementar la obesidad infantil año tras año. ¿De qué más presumimos? De la sanidad claro, así se nos da la fuga de profesionales a otros países europeos donde se les trata de modo más digno. También presumimos de educación y tenemos a nuestros centros en barracones y a las universidades con la espada de Damocles de ni siquiera cubrir los gatos mínimos de personal. Pero no pasa nada solucionamos la sanidad y la educación con elevadas dosis de temporalidad y precios bajos en los salarios.
No quiero seguir la lista que sería interminable sino más bien hacer una reflexión de la poca capacidad que tenemos de profundizar en los temas y llegar a acuerdos que sean estables en el tiempo. Y al final si no lo hacemos el que sale perdiendo no es el político que tiene su dosis de televisión y ego garantizada sino el ciudadano que ve como la herencia social que deja a sus hijos cada vez es peor. Necesitamos una regeneración política y un verdadero cambio social. Estaría bien que la digitalización nos ayudara a los ciudadanos a poner más en valor nuestras ideas y no la versión de nuestras ideas que hacen en la política. Seguramente mejoraría la educación, la sanidad, la justicia, la seguridad ciudadana y muchas otras variables que componen nuestro modelo de bienestar. Aunque igual ahora deberíamos llamarlo modelo de malestar.