Ocurrentes son. Hay que reconocerlo. De hecho, si aún fuera fumadora me apuntaría al Club de Fumadores por la Tolerancia solo por poder patalear contra leyes invasivas de la intimidad con un grupo de gente capaz de cantar a lo Conchita Velasco “no te quieres enterar ye ye, que no me dejas fumar, ye ye ye ye”.
Estoy con ellos en eso. En su privacidad, cada uno que haga lo que quiera. Y que no se metan las autoridades. Yo me enveneno con triglicéridos y no consiento que nadie me venga a chistar. Por cierto, hasta ahora nadie ha planteado que se financie con dinero público un tratamiento para dejar de comer grasas como se hace con el tabaco.
Ahora bien, todo lo que defiendo su opción en su casa, defiendo la mía en el espacio compartido. Y eso incluye los pasos de cebra en plena calle donde tengo que aguantar el humo de quien fuma a mi lado.
En los lugares por los que tengo que pasar, ya me pueden cantar cancioncitas de los sesenta que ni bajando del cielo Pavarotti conseguirán convencerme. Será que en mí se cumple la máxima de los conversos, esto es, que los ex fumadores somos más reacios al humo ajeno que los no fumadores. Tiene su explicación: si hicimos el esfuerzo de dejar el tabaco para ganar en salud ¿por qué hemos de perderla por culpa de quienes no son capaces o no quieren superar su adicción?
Lo pensaba el otro día en el Bioparc. Sentada en una cafetería frente a la maravilla de elefantes, jirafas y grullas coronadas, me vino de pronto todo el humor de un cigarro a mi derecha y el del un puro a mi izquierda. Tengo que decir que me asombré. Supongo que estará permitido y justificado porque es un espacio semiabierto pero me pareció no solo molesto sino impropio del lugar. Eso no es naturaleza, salud y cuidado ambiental. Y menos en un espacio tan familiar y lleno de niños.
Por eso estoy con el gobierno vasco en su decisión de endurecer la ley. Los parques deberían ser espacios libres de humo. Y los parques zoológicos, más.