De los tres preceptos revolucionarios, libertad, igualdad, fraternidad, solo el primero manda en Occidente.
La fraternidad hace mucho que la dimos por perdida. Parecía lo prescindible; si había que sacrificar a alguna, era ésta la que perdía. Creímos recuperarla con el boom de la solidaridad pero la crisis ha hecho trizas todo, también ese sueño de un mundo más fraterno.
Así, el debate del siglo XX se produjo entre las otras dos. La libertad individual que los liberales ponen por encima del control estatal y los neoliberales extremos, por encima incluso de la justicia social, y la igualdad, que la izquierda considera el faro que les guía a costa, si es necesario, de la libertad personal.
Lo estamos viviendo de nuevo con la gestión del declive económico. El mercado todo lo engulle y los gobiernos sudan sangre para equilibrar los deseos del Minotauro hambriento y las necesidades de los más desfavorecidos. A favor del primero, sin duda.
En España lo hemos vivido más que nunca con un gobierno instalado en la igualdad como idea fuerza. Con su propio Ministerio y su presencia inequívoca entre los avances logrados por Zapatero.
Por eso sorprende que la igualdad no se asimile siempre y para todo. Uno de los lugares imprescindibles es la presencia del ciudadano ante la ley. Todos los ciudadanos somos iguales ante la Ley. Aunque seamos terroristas internacionales confesos.
No lo digo ahora por Bin Laden. Lo digo por el principio general. Por la cantidad de voces que dan por hecho que, siendo él, está justificado todo. Es la diferencia entre el siglo XX y el nuestro. Entonces se juzgó a los carniceros del Holocausto. Hoy, se les arroja al mar. Y todos aplaudimos.
Hoy nos indignamos cuando conocemos el caso de un español en el corredor de la muerte. Ser español le indulta a nuestros ojos. Pero aplaudimos una acción criminal contra un asesino. Ser yihadista le condena ante el mundo. Égalité.