Cuando Carme Chacón asumió la cartera de Defensa estaba embarazada de siete meses. Eso hizo que viéramos una imagen infrecuente: una mujer pasaba revista a las tropas y lo hacía en estado de buena esperanza. Mucho se le reprochó aquello pero a mí me pareció el mejor modo de normalizar la maternidad en el ámbito laboral.
No lo tienen fácil las mujeres que deciden tener un hijo y hacerlo compatible, no ya con un trabajo, sino con una carrera ascendente. Si el machismo nos hizo creer que nuestro lugar estaba en el espacio privado, cuando rompimos con eso lanzó el infundio de que la maternidad era un freno profesional. Parecían decir «que trabajen, sí, pero no que manden».
Es algo que siempre me ha sublevado. Los hombres, por lo general, no solo se dejan el traje de padres en casa sino que además pretenden que las mujeres también lo hagan. Y si no lo hacen, que desechen cualquier pretensión de triunfar en el mundo laboral.
No es ése el camino de la igualdad pero menos aún el de una sociedad capaz de conciliar. De hecho es el quid de la cuestión. No conciliamos porque seguimos compartimentando a las personas en trabajadores, consumidores, contribuyentes, electores o padres de familia.
El ser humano es una unidad y, si es padre, lo es siempre. También dentro y fuera de la oficina, por eso debemos luchar por conseguir que el trabajo no impida el desarrollo integral de la persona, incluida su condición de padre o de hijo. Normalmente se hace al revés, se intenta impedir que la vida privada entorpezca el trabajo, como si éste fuera más sagrado que su familia.
Es cierto que hay abusones que usan al niño de excusa en su absentismo pero esos sinvergüenzas no pueden servir de coartada a patronos salvajes.
Por eso me alegra que Rajoy haya escogido a la madre de Iván para ser su mano derecha. Solo espero que Soraya no anteponga una reunión a un rato de juegos con él. Ni que Rajoy se lo pida.