La actualidad de esta semana viene marcada por el juicio. No sé si el final o uno de ellos pero sin duda el juicio más esperado por todos, a tenor de las propias declaraciones.
Los contrarios a Camps, deseando verle en el banquillo; los fieles, ansiando que acabe la pesadilla. Y el resto de ciudadanos anhelando, por qué no, pensar en otra cosa en la Comunidad Valenciana. Una comunidad ahíta de corruptelas, de supuestas o de reales, de chupópteros, parásitos y sanguijuelas que nos dejan sin recursos y envenenan la convivencia.
Desde hace años he visto a unos valencianos enfrentados a otros a cuenta de lo que han hecho o han dejado de hacer nuestros gobernantes o sus opositores. Y, sinceramente, me da rabia. Me enfada que las relaciones entre amigos, familiares o conocidos se vean enrarecidas porque uno ve en un partido la personificación del Mal y el otro, su contrario. Vivimos instalados en el reproche.
Es imposible salir adelante con una sociedad fragmentada de esta forma, pero la política valenciana lleva años asentada sobre el enfrentamiento visceral, sobre las patadas en la ingle al contrario y sobre el espectáculo victimista o sanguinario. Y ya está bien.
La semana que hoy empieza debería ser el punto final de esa fractura que no ha traído nada bueno para el presente y el futuro, pero dudo de que así sea. Parece más rentable seguir con el dedo acusador o con los brazos en cruz del martirio. Esta Comunidad necesita superarlo para crecer. No me refiero a crecer económicamente -que también- sino, sobre todo, moralmente.
La cooperación es más rentable que el enfrentamiento y más en tiempos de crisis. Pero no se puede cooperar desde la sospecha eterna hacia el otro. Por eso urge que todo quede desinfectado: si ha habido falta o delito que se aclare; quienes estén implicados, que se aparten y quien se comprometa a partir de ahora que sea impoluto y honesto. Que ya es hora.