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María José Pou

iPou 3.0

Silvia

Hoy Silvia sería una adolescente. Quién sabe si como los que reclaman una educación mejor con un libro en la mano o como los que creen que la violencia es un modo aceptable cuando lo demandado es justo. A Silvia no le dieron opción de elegir un camino u otro. La mataron con seis años en Santa Pola. La mató lo que para algunos era una violencia justificada.

Ayer, con tanta preocupación por lo sucedido en torno al Luis Vives, apenas nos fijamos. Eso y la convicción de que ETA está acabada hicieron que miráramos de soslayo a una madre llamando “hijos de puta” a los etarras que la desgarraron una tarde de agosto. Pero, aunque para ella siga vigente, su testimonio es el fósil de una prehistoria superada, aquella en la que el fin justificaba los medios. La patria vasca y la victoria a cambio de la vida de Silvia y de Toñi, esa madre que ayer se presentaba ante los asesinos como un espectro.

No hay patria que valga la vida de Silvia ni la de Toñi. Ni fin, ni proyecto político ni estrategia militar ni reivindicación histórica. Nada justifica ese sufrimiento. Ni es cuantificable ni se puede resarcir.

Por eso es tan importante formar a las nuevas generaciones en la no violencia y en el diálogo como vía de resolución de conflictos en democracia.

Se impone negociar, conversar, pactar y escuchar. Y de todos esos verbos, el más importante es el último. El diálogo no es una yuxtaposición de monólogos: “yo presento mis reclamaciones y, a partir de ahí, que digan lo que quieran”. No. Dialogar es estar dispuesto a renunciar a una parte de lo demandado y a contemplar otras posiciones como aceptables.

La vía democrática también es aceptar límites, esas normas sin las cuales viviríamos en el caos. El caos que, con mayor o menor fortuna, evitan las fuerzas de Seguridad. Las mismas que detienen a los asesinos de Silvia, que los llevan ante la Justicia y a quienes debemos el final de la banda armada.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.